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La Noche de las Corbatas: la advertencia de la dictadura en Mar del Plata

Fue el silencio lo que le confirmó a Marta García de Candeloro que su esposo había fallecido. Antes de ese instante, había escuchado los gritos de Jorge durante horas, provenientes de su celda, mientras los represores lo torturaban en la sala de máquinas del antiguo radar de la Base Aérea de Mar del Plata.

Escuchó los quejidos agónicos y su voz. Luego, de repente, ya no escuchó nada. “Se oyó un grito desgarrador, penetrante. Aún lo conservo en mis oídos. Nunca podré olvidarlo: fue su último grito y de golpe el silencio”, relataría después.

Hubo carreras. Alguien buscó alcohol para reanimarlo, pero fue en vano. Jorge Roberto Candeloro, un abogado laboralista de Mar del Plata de 36 años en aquella noche de 1977, había muerto.

Tras llevarse el cuerpo, un represor le gritó a Marta que se lo habían llevado “de paseo” y que volverían. “Es mejor que pensés a ver si sabés algo”, la amenazó, exigiéndole que “cantara”.

Marta no tenía información que ellos no supieran. Sabía que su esposo era abogado, que defendía a trabajadores, que el 13 de junio de 1977 la Policía Federal los había secuestrado a ambos en Neuquén —donde vivían— y que diez días después los trasladaron a Mar del Plata.

El abogado laboralista Jorge Candeloro junto a su esposa, Marta García. Ambos fueron secuestrados y torturados, ella también fue violada. Escuchó a su marido agonizar y morir, y años después declaró en el Juicio a las Juntas

Sabía que el lugar se llamaba La Cueva. Y que cuando llegaron los primeros abogados, los represores pronunciaron una frase que se volvería el nombre no oficial de lo ocurrido esa semana: “Esta es la Noche de las Corbatas. Ahora la Justicia somos nosotros”.

El terror bajo tierra

A mediados de los setenta, cualquier visitante que llegara a Mar del Plata por la Ruta 2 podía ver, al costado del camino, el acceso a la Base Aérea Militar y, entre pinos y eucaliptos, la estructura metálica que sostenía las antenas. Nada parecía fuera de lo común. El terror estaba oculto bajo tierra.

En los cimientos del viejo radar funcionaba La Cueva desde mayo de 1976, dos meses después del golpe. El coronel Pedro Barda, jefe del Grupo de Artillería de Defensa Aérea 601, había solicitado al comodoro de la Base el espacio para que sus tropas descansaran durante las patrullas.

Lo que el comodoro cedió fue algo muy distinto: una construcción subterránea a la que se llegaba tras recorrer 1.500 metros desde la entrada, acondicionada como centro clandestino de detención, con una sala de tortura en la antigua sala de máquinas, seis celdas, cocina, baño y una línea telefónica.

El responsable operativo era el suboficial principal de la Fuerza Aérea Gregorio Rafael Molina. El jefe efectivo era el teniente Fernando Cativa Tolosa, que dormía en el Casino de Oficiales pared de por medio con los detenidos y desde allí organizaba secuestros y sesiones de tortura. Los carceleros no usaban nombres reales: eran Charly, Papi, Mario, Pan de Dios, Pibe, Walter, Colorado, Chancho. Nadie quería ser identificado.

Los abogados fueron retenidos en el centro clandestino de detención La Cueva, un espacio subterráneo que dependía de la Fuerza Aérea (Carlos Bozzi)

Los detenidos llevaban capuchas de fieltro negro con un número visible al frente. Su identidad quedaba reducida a ese número. No podían quitarse las capuchas bajo ninguna circunstancia, salvo para ir al baño, y entonces los guardias se encapuchaban para no ser reconocidos. La tortura llegaba de noche. Durante el día, los guardias golpeaban a los prisioneros por aburrimiento, para intimidar o por sadismo.

Abogados de los trabajadores

Quienes llegaron a La Cueva entre el 6 y el 13 de julio de 1977 no eran personas cualquiera. Eran, en su mayoría, abogados laboralistas. Profesionales que habían dedicado su carrera a representar a obreros en conflictos laborales, que conocían la Ley de Contrato de Trabajo mejor que nadie y que habían ganado juicios a empresas grandes y poderosas.

Ninguno de ellos tenía vínculos con la lucha armada. Ninguno era militante orgánico de organización alguna. Lo que los unía era su oficio y su código: defender a los más desprotegidos.

El más conocido era Norberto Centeno, de 50 años, reconocido en el país y en foros internacionales como uno de los principales especialistas en derecho laboral latinoamericano. Había sido uno de los coordinadores del anteproyecto de la Ley de Contrato de Trabajo sancionada en 1974, una norma que regulaba los efectos de la huelga, protegía a la mujer embarazada y mejoraba las condiciones ante un despido. Un mes después del golpe de marzo del 76, la dictadura modificó y recortó esa ley.

Raúl Hugo Alais, Salvador Manuel Arestín y Tomás José Fresneda también eran abogados laboralistas. Camilo Ricci era socio de Alais. Carlos Bozzi era socio de Fresneda. Jorge Candeloro, ya muerto para cuando llegaron los otros, había sido el primero en caer.

Una cadena de secuestros

La primera víctima fue Jorge Candeloro, secuestrado junto a su esposa Marta García el 13 de junio de 1977 en Neuquén por la Policía Federal, a pedido del GADA 601. Diez días después los trasladaron a Mar del Plata. Llegaron a La Cueva muy golpeados. Ese primer día, Marta escuchó los gritos de su marido en la sala de tortura. Luego le tocó a ella. Les aplicaron picana eléctrica y los asfixiaron con bolsas. Marta fue violada dos veces por Molina durante los días de cautiverio.

Norberto Centeno, principal redactor de la Ley de Contrato de Trabajo, fue secuestrado y murió a consecuencia de la tortura. Tenía 50 años.

El 28 de junio, mientras torturaban a Marta, trajeron a Jorge para que fuera testigo de su sufrimiento. Desde la mesa donde lo ataban, Jorge gritó: “¡Querida, te amo! ¡Nunca pensé que podrían meterte a vos en esto!” Los represores se enfurecieron y comenzaron a aplicarle picana con más saña. Lo mataron esa misma noche.

El 6 de julio llegaron Raúl Alais, Salvador Arestín y Norberto Centeno. Alais padecía sinusitis y rogaba a los guardias que lo dieran vuelta porque atado boca abajo se ahogaba. Lo golpearon y le repitieron hasta el cansancio que era un cobarde.

Arestín llegó bañado en su propia sangre por un corte profundo en el cuero cabelludo, había perdido los anteojos en el secuestro y no veía nada. Alguien le suturó la herida sin anestesia. Centeno, el más grande de todos, no entendía qué estaba pasando ni quiénes lo habían secuestrado. Para confundirlo, los represores le decían que eran integrantes de Montoneros y le cantaban la Marcha Peronista. Durante toda esa noche se escucharon sus quejidos agónicos.

Al día siguiente, deshidratado por las descargas eléctricas, Centeno pidió agua. Marta sabía que la combinación de agua con la energía que queda en el cuerpo después de la picana puede provocar un colapso. El corazón de Centeno no resistió. Marta escuchó que arrastraban su cuerpo por el pasillo y percibió el golpe del cadáver contra la puerta de su celda.

Entre el 7 y el 8 de julio llegaron Carlos Bozzi y Tomás Fresneda, su esposa Mercedes Argañaraz —embarazada de cuatro meses—, Néstor García Mantica, su esposa María Esther Vázquez, José Verde y su esposa. La tortura física de Tomás Fresneda lo afectó también mentalmente: deliraba, veía guardias en su celda cuando no los había. En un momento se quitó la capucha frente a los represores, una acción considerada una falta gravísima. Lo apalearon con listones de madera.

La pista falsa que apuntó a Montoneros

La desaparición de los abogados conmocionó a Mar del Plata. La comisión directiva del Colegio de Abogados se reunió una hora y media después del secuestro de Alais y Ricci y se declaró en sesión permanente. Pidió una audiencia con el jefe militar de la subzona, coronel Pedro Barda, quien los recibió y dijo que no sabía nada mientras sus tropas tenían a los abogados presos en La Cueva.

La dictadura filtró a la prensa que los secuestros eran responsabilidad de Montoneros y que las liberaciones se producían en medio de

Cuando apareció el cuerpo de Centeno —al costado de un camino, con la versión oficial de un enfrentamiento con subversivos— los directivos fueron a reconocerlo a la morgue. El médico que practicó la autopsia dijo: “Era una bolsa de huesos, su cuerpo había sido castigado terriblemente, con fracturas múltiples”.

La delegación marplatense del Colegio de Abogados viajó a Buenos Aires y se reunió con el subsecretario de Asuntos Institucionales. Fueron mencionando los nombres de los desaparecidos uno por uno. Ante cada nombre, el coronel Ruiz Palacios respondía con una filiación política inventada: “comunista”, “maoísta”, “leninista”, “trotskista”.

Para el caso de Candeloro, dijo que no tenía registros. Los abogados sacaron entonces el comprobante que el padre de Jorge había encontrado en un pantalón sucio: la constancia de que su hijo había sido detenido por la Policía Federal. Que el Estado tenía registro de haberlo llevado.

Los represores, mientras tanto, enviaron a los diarios locales un comunicado firmado por Montoneros en el que la organización se adjudicaba los secuestros. En La Cueva subieron el volumen de la radio para escuchar el informativo que daba la noticia y festejaron que alguien “se había tragado” la mentira.

Desaparecidos y sobrevivientes

Norberto Centeno murió bajo tortura el 7 de julio de 1977. Su cuerpo fue encontrado abandonado al costado de un camino, presentado como caído en un enfrentamiento. Tenía 50 años. Jorge Candeloro murió bajo tortura el 28 de junio de 1977. Tenía 36 años.

El comienzo del primer telegrama de la Embajada de los EEUU en Buenos Aires sobre la Noche de las Corbatas, desclasificado por el Departamento de Estado.

Salvador Manuel Arestín, Raúl Hugo Alais, Tomás José Fresneda, Mercedes Argañaraz de Fresneda —que estaba embarazada—, Néstor García Mantica y María Esther Vázquez de García permanecen desaparecidos. Se sospecha que, como tantas otras víctimas de la dictadura, fueron arrojados al mar desde aviones militares.

Carlos Bozzi sobrevivió. Para liberarlo, los represores lo pusieron en el baúl de un vehículo y simularon un enfrentamiento con Montoneros, en el que asesinaron a estudiantes universitarios desarmados que también estaban detenidos, fraguando la noticia de que uno de ellos, herido, “confesaba” el secuestro de Bozzi. Camilo Ricci sobrevivió. José Verde y su esposa sobrevivieron.

Y sobrevivió Marta García de Candeloro, la única que estuvo desde el principio, la que escuchó morir a su marido, la que llevó agua a los labios de Centeno, la que vio todo lo que ocurrió en La Cueva entre junio y julio de 1977.

El Juicio a las Juntas

En 1985, cuando el gobierno de Raúl Alfonsín juzgó a los comandantes de la dictadura, Marta García de Candeloro declaró ante el Tribunal. Su testimonio fue uno de los más devastadores del proceso. Reconstruyó en detalle el funcionamiento de La Cueva: los turnos de guardia, las capuchas, la picana, el protocolo de torturas, la rutina cotidiana del horror. Relató la muerte de su marido con la precisión de quien guarda cada detalle en la memoria porque no tiene otra forma de hacer justicia.

También reprodujo la frase que los represores decían a los detenidos cuando llegaban: “Ahora la Justicia la administramos nosotros”.

Marta García de Candeloro declaró durante el Juicio a las Juntas, en 1985.

Gregorio Rafael Molina, el suboficial que dirigía La Cueva y que había violado a Marta, fue condenado el 9 de junio de 2010 por el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad, incluyendo el asesinato de Centeno y Candeloro. La Cámara Federal de Casación confirmó la condena en febrero de 2012.

Desde 1994, el 6 de julio es el Día Nacional del Abogado Víctima del Terrorismo de Estado. La fecha recuerda el inicio de los operativos que la dictadura bautizó, con una mezcla de cinismo y soberbia, como la Noche de las Corbatas. Nunca se volvió a saber nada sobre los seis desaparecidos.

Fuente: Infobae

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