Stablecoins: ¿dinero o espejismo financiero?

El dinero, en esencia, funciona como instrumento de intercambio, depósito de valor y unidad de medición. En la práctica, su valor es un convenio social: las personas lo aceptan para comerciar, ahorrar y contabilizar porque todos hacen lo mismo. Los billetes son fibra de papel, las monedas aleaciones, y la mayor parte del dinero reside en registros digitales: reservas bancarias centrales o pasivos creados por los bancos comerciales al conceder préstamos con solo teclear.

Este artificio se sostiene por tres pilares. Primero, la unicidad: un dólar en una entidad equivale exactamente al mismo valor en otra, e incluso a un billete físico de la Reserva Federal. Segundo, la transferibilidad: los dólares circulan sin fricciones entre bancos, personas, empresas y gobiernos. Tercero, la elasticidad: la oferta monetaria se ajusta según la demanda, con relativa calma cuando los bancos expanden o contraen el crédito, y en crisis gracias al banco central como prestamista de última instancia.

Este sistema no es natural. Según un informe del Centro de Investigación de Política Económica (CEPR), se trata de una construcción institucional apuntalada por el acceso de los bancos a liquidez del banco central, seguros de depósitos, normas de capital y otros factores. Dichos pilares se adaptan a las circunstancias, para bien o para mal. Ahora, la irrupción de innovaciones digitales plantea un interrogante incómodo a los reguladores: cómo hacer el sistema más eficiente sin sacrificar su seguridad.

En este contexto, las stablecoins han acaparado la atención. El mismo informe del CEPR, junto con otro estudio del Banco de Pagos Internacionales (BPI) —el banco central de los bancos centrales—, las analiza en profundidad. Las stablecoins son monedas digitales privadas que, a diferencia del bitcoin, prometen mantener un valor estable respecto a un activo de referencia, generalmente el dólar.

Del total de criptomonedas atadas a monedas fiduciarias, el 99,4% de su valor está vinculado al dólar, de acuerdo con el BPI. Las más conocidas son USDT, emitida por Tether (constituida en El Salvador), y USDC, de Circle (con sede en Nueva York). Ninguna es un banco, aunque Circle tiene aprobación regulatoria condicional para fundar uno. Las stablecoins en dólares están respaldadas principalmente por letras del Tesoro, operaciones de recompra inversa y depósitos bancarios; Tether además posee activos de mayor rendimiento. Su valor total supera los 300.000 millones de dólares, equivalente aproximadamente al % del valor en circulación de los bonos del Tesoro estadounidense.

Por ahora, su uso principal sigue siendo el comercio de criptoactivos. Sin embargo, pueden agilizar pagos ordinarios y hacer más competitiva la intermediación financiera. Combinadas con contratos inteligentes, aceleran liquidaciones y evitan cadenas de abogados y bancos. Prometen transferencias transfronterizas más rápidas y baratas que los sistemas tradicionales. Además, en economías emergentes donde las monedas locales son volátiles, se usan para obtener exposición al dólar.

¿Son dinero las stablecoins? Todavía no, o no del todo. Como medio de intercambio, su uso es especializado. Como unidad de cuenta, toman prestada su identidad del dólar. Carecen de unicidad: en ocasiones su valor se ha desviado de un dólar. En 2023, el USDC cayó a 88 centavos cuando el Silicon Valley Bank —donde Circle tenía efectivo depositado— quebró. Hoy, Circle mantiene 12.300 millones de dólares de sus 74.100 millones en activos de respaldo en bancos muy seguros. El CEPR advierte que la elasticidad es cuestionable: las stablecoins no pueden satisfacer reembolsos rápidos sin acceso al banco central. Así, se parecen más a fondos del mercado monetario que a depósitos bancarios.

También hay otros riesgos. El BPI señala que las stablecoins están vinculadas a actividad ilícita en cadenas de bloques; un informe de Chainalysis indica que la principal responsable es una stablecoin del rublo. Para los bancos centrales, las stablecoins en dólares reducen el señoreaje y pueden debilitar la política monetaria. Para los gobiernos, son una fuente de demanda de bonos, pero también un foco de preocupación si sufren una corrida.

Frente a esto, la regulación avanza con ciertas coincidencias. Ninguna autoridad parece dispuesta a permitir que los emisores paguen intereses, lo que los convertiría en competidores directos de los depósitos bancarios (aunque la Ley GENIUS de Estados Unidos, que rige desde 2026, permite a distribuidores pagar recompensas). Todas exigen canje a la par, aunque con plazos poco precisos. Insisten en que las stablecoins estén respaldadas por activos líquidos a corto plazo.

El Banco de Inglaterra propone que el 30% esté en depósitos del banco central y el 70% en bonos estatales de corto plazo. Según Jeremy Allaire, director de Circle, este respaldo total hace que “las stablecoins son significativamente más seguras que el dinero bancario”, del cual solo una fracción está respaldada por reservas. En la Unión Europea, un porcentaje mínimo debe estar en depósitos bancarios. Las normas sobre acceso al banco central varían: el Reino Unido estudia un prestamista de última instancia; Estados Unidos lo reserva para bancos, aunque la Reserva Federal podría dar cuentas de pago a emisores no bancarios; la UE no ofrece ese apoyo.

Acuñar el futuro

¿Convierten estas medidas a las stablecoins en dinero? Sus emisores dirían que sí; los bancos y la mayoría de economistas discreparían. La pregunta clave es si lograrán un uso masivo. Probablemente, aunque los autores del CEPR advierten que los depósitos bancarios tokenizados —que combinan programabilidad con respaldo de instituciones establecidas— serán una competencia formidable. Lo crucial es que el gran artificio de la confianza monetaria siga funcionando.

Fuente: Infobae

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