El aire acondicionado, los horarios alterados, las noches de insomnio y los planes acuáticos no son las únicas consecuencias de las olas de calor. Estos fenómenos también están transformando nuestra manera de alimentarnos: lo que compramos, lo que consumimos y cuánto gastamos. Con los termómetros en ascenso, la mayoría de los consumidores opta por alternativas rápidas, frescas y cómodas para evitar largas horas en la cocina. El resultado es un notable incremento en la venta de platos preparados, así como de productos frescos como frutas y verduras.
Sin embargo, el calor trae consigo otra preocupación: el desperdicio alimentario. Frutas, verduras, ensaladas y platos fríos son especialmente vulnerables al deterioro cuando suben las temperaturas. Según explica Phenix, una firma especializada en la gestión de excedentes alimentarios, este cambio de hábitos convierte al verano en una de las épocas más críticas para el desperdicio.
De acuerdo con los datos más recientes del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, las frutas representan el 32,4% de los productos sin utilizar que se desechan en los hogares españoles, mientras que las verduras y hortalizas alcanzan el 13,8%. En conjunto, ambas categorías concentran casi la mitad del desperdicio de productos no consumidos en el hogar.
Esta información cobra especial relevancia en verano, cuando el consumo de alimentos frescos, ligeros y de temporada se dispara. Esta temporada exige una mayor planificación para evitar que los productos maduren demasiado rápido, se deterioren o no lleguen a consumirse a tiempo.
El desperdicio no se limita a los productos sin usar. Los datos del Ministerio también señalan que las ensaladas y los platos de base vegetal figuran entre las preparaciones con mayor peso dentro del desperdicio alimentario en los hogares; se trata de gazpachos y ensaladas, por ejemplo, que tienden a terminar en la basura. Esto subraya la necesidad de ajustar las cantidades y conservar adecuadamente estas elaboraciones, tan habituales durante los meses estivales.

El aumento de las temperaturas no actúa en solitario. En verano, el riesgo de desperdicio se multiplica por cambios en la rutina como las vacaciones, los viajes, las comidas fuera de casa o los planes improvisados. Estos hábitos pueden generar dificultades en la planificación doméstica, fomentar compras menos ajustadas al consumo real y provocar que algunos productos frescos permanezcan demasiado tiempo sin ser consumidos.
La única forma de revertir el daño durante estos meses calurosos es prestar especial atención a la conservación de los alimentos. La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición recuerda que, en verano, es fundamental mantener la cadena de frío en las comidas al aire libre, conservando los alimentos refrigerados hasta el momento de su consumo. En jornadas de playa, campo o picnic, se recomienda llevar una nevera portátil con acumuladores de frío para preservar correctamente los productos frescos y evitar que se estropeen prematuramente.
Platos preparados: la otra cara de la moneda
En el extremo opuesto del espectro se encuentra otra de las grandes tendencias alimentarias de los últimos años: los platos preparados. Los expertos del sector alimentario, consultados en medios como Antena 3, indican que el consumo de estos productos aumenta hasta un 20% durante los meses de junio, julio y agosto. En episodios de calor extremo, cuando cocinar se vuelve una tarea poco atractiva, las secciones ‘Listo para comer’ del supermercado se convierten en un salvavidas.
Entre los productos estrella destaca el gazpacho, cuyas ventas pueden incrementarse hasta un 50% en estos días calurosos. También ganan protagonismo las ensaladillas, las ensaladas listas para consumir y otros platos fríos que permiten resolver una comida sin necesidad de encender los fogones.

No obstante, este ‘boom’ de los platos preparados también plantea un desafío en materia de seguridad alimentaria, especialmente durante el verano. Sobre todo, estas recetas entrañan cierto riesgo cuando se utilizan como recurso en comidas en la playa o planes al aire libre. El catedrático de Nutrición y Bromatología de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Córdoba (UCO), Antonio Valero, explicó en declaraciones a EFE algunos de los pros y contras de estos platos preparados.
En primer lugar, recordó que estos platos se elaboran dentro de los propios supermercados o industrias cercanas, por lo que se presume que sus condiciones de elaboración son “lo más estrictas posibles” en aspectos como la higiene. Por ello, es especialmente importante respetar la fecha de caducidad o las condiciones de mantenimiento y consumo indicadas en el etiquetado, con el fin de minimizar riesgos.
Asimismo, este experto advirtió que ofrecen garantías desde el punto de vista de la seguridad microbiológica porque normalmente incluyen en su formulación distintos aditivos y conservantes que “generalmente impiden la proliferación de microorganismos patógenos”, aunque ello implique que “no estén basados en ingredientes naturales”.
Ahora bien, es importante tener en cuenta que “todo lo que sea desviarse” de las condiciones señaladas en el etiquetado supone “un riesgo sanitario”. Por lo general, implica respetar la cadena de frío, mantenerlos a temperaturas inferiores a 4 grados y consumirlos en 24 o un máximo de 36 horas, y “siempre, respetando la fecha de caducidad”.
Cabe señalar que las neveras portátiles normalmente no logran mantenerlos por debajo de los 4 grados, por lo que este experto desaconseja llevar estos platos para un día de playa o piscina y, lo que es más importante, no conviene dejarlos a temperatura ambiente porque, por encima de los 30 grados, tras dos horas de exposición, se incrementa la posibilidad de proliferación de patógenos como la listeria o la salmonella en caso de que el plato estuviese contaminado. En definitiva, según el experto, estos platos preparados “están más bien pensados para su consumo en el hogar”.
Fuente: Infobae