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Manteco: el narco que movía 500 kilos semanales y busca justicia

Desde una prisión peruana, Manuel Mendoza Herrera, conocido en el bajo mundo como «El Manteco», rompió el silencio. No para vanagloriarse de su pasado criminal, sino para resolver una cuenta pendiente que lo atormenta: la muerte de su esposa, Déborah Urquiza. En una conversación que se extiende por varios minutos, el exnarcotraficante confiesa que su dolor más grande no es la condena que purgó, sino la falta de respuestas sobre el asesinato de su pareja.

«De todo lo que pasó, nadie me supo dar una explicación de la muerte de mi mujer«, afirma Mendoza. «No tengo las pruebas porque te mentiría si te digo que las tengo, pero sé qué fue lo que pasó. Yo quiero saber quién mató a mi mujer«.

Oriundo de Trujillo, Perú, «Manteco» llegó a la Argentina hace más de una década con un sueño muy distinto: ser chef. Sin embargo, el destino lo llevó por caminos oscuros. Su vínculo con el crimen organizado se forjó en una cancha de fútbol de Villa Celina, donde conoció a Jaider Mejías Quiñonez, «El Yayo», un peruano que acababa de salir de prisión federal. Tras un encontronazo inicial, «El Yayo» vio en él a un hombre de confianza y lo reclutó para una sociedad que marcaría un antes y un después en el tráfico de drogas en Argentina.

«Ya tenía experiencia, pero todo chiquitaje«, reconoce Mendoza. Juntos conformaron una red que movía hasta media tonelada de cocaína de alta pureza por semana. «Manteco» se encargaba de la logística: autos, casas seguras, puntos de entrega. «El Yayo» proveía los contactos desde Perú.

Parte de la droga incautada a la banda de

El imperio del trébol

El negocio era sencillo en apariencia, pero mortal en su ejecución. La banda compraba la droga en el VRAEM peruano a 500 dólares el kilo, la trasladaba en avioneta hasta Bolivia con un costo de 1.000 dólares por kilo, y la ingresaba a Argentina por tierra. «Un kilo puesto en Buenos Aires nos costaba entre 2.900 y 3.000 dólares«, detalla. Después, lo revendían hasta siete veces más caro a clientes de Rosario, zona norte y oeste del conurbano bonaerense.

La cocaína llevaba marcas de calidad: una manzanita similar a la de iPhone o un trébol. «A ese material lo regué por toda zona norte, oeste«, presume. La mecánica era vertiginosa: «A veces en una semana desaparecían los quinientos kilos. Así como llegaba, volaba«.

Los precios variaban según el comprador. Para bandas rosarinas, el kilo se cotizaba en 3.600 dólares. Para clientes del sur, «Manteco» vendía directamente a 10.000 dólares por kilo. El volumen era tan alto que incluso 500 kilos podían agotarse en siete días.

«Yo era quien proveía los autos, las casas. Iba a buscarla en camioneta«, explica. «En una casa guardaba mercadería, en otra guardaba la plata, en otra plata que cobraba«. Su paga por cada kilo descargado era de 100 dólares, más otro tanto por cada venta. Una fortuna que, según él, llegó a acumular 500.000 dólares.

La caída y la tragedia

Todo se derrumbó cuando la esposa de un preso en Marcos Paz los delató. En octubre de 2022, la Fiscalía Federal de Hurlingham liderada por Santiago Marquevich ejecutó un allanamiento que terminó con el hallazgo de 485 kilos de cocaína. La droga estaba escondida: 300 kilos dentro de la camioneta Ford Rancher de «Manteco» en General Rodríguez, y el resto en un tanque de agua enterrado en una propiedad de Merlo.

«Manteco» fue detenido y condenado a cinco años de prisión mediante juicio abreviado en el Tribunal N°1 de San Martín. Cumplió parte de su pena en el penal de Marcos Paz y luego fue extraditado a Perú gracias a la ley de extrañamiento. «El Yayo», en cambio, sigue prófugo. La delatora aseguró que el capo peruano tenía vínculos con un poderoso cartel de su país.

Pero mientras «Manteco» purgaba su condena, una tragedia lo esperaba afuera. Déborah Urquiza, su pareja, murió el 20 de diciembre de 2022. Aquel día, la Policía de la Ciudad la encontró en Avenida Callao, en pleno centro porteño. Según el sumario, corría «eufórica y sin compañía… con torso desnudo y descalza, y gritaba que alguien quería hacerle daño«. Intentó agredir a los agentes mientras se autolesionaba, lo que obligó a reducirla. Minutos después, falleció en el acto. «Su pulso bajó«, relata el informe policial. «Manteco» ya estaba preso en ese entonces.

La autopsia oficial determinó que la causa de muerte fue edema pulmonar con hemorragia pulmonar, sin lesiones óseas en el tórax. La Fiscalía N°43 investigó el caso y, hasta ahora, no ha encontrado vínculos entre el deceso y el negocio narco de «Manteco». Las fuentes judiciales consultadas sostienen que no hay elementos que relacionen la muerte con el crimen organizado.

Sin embargo, «Manteco» no cree esa versión. «Deborah estuvo durante casi un mes en la morgue. Fui al velatorio en Merlo. El cuerpo después de muerto habla y Deborah tenía toda su cara golpeada, sus manos golpeadas, sus brazos marcados«, asevera. Además, asegura que ella murió por un edema pulmonar causado por tres costillas rotas, versión que contrasta con la autopsia oficial. «Qué casualidad, el bolso de ella nunca apareció, ni su celular, ni sus llaves«, ironiza.

La cocaína del trébol, vendida por

La voz del inframundo

«Manteco» habla con una soltura que sorprende. Reconoce que ayudaba a jubilados y cartoneros en la zona oeste, que no entró al negocio por necesidad, pero también acepta su responsabilidad. «Ningún narco habló así en los últimos años, con semejante nivel de detalle«, aseguran quienes lo escucharon.

En la conversación, también aclara aspectos operativos: los colores de los panes de droga —verdes y amarillos para cocaína peruana de alta calidad, grises para boliviana, negros para colombiana— y su plan de retiro. «El plan A era volverme a Perú, casarme con ella, invertir esa plata en propiedades. El plan C era quedarme en el negocio«. Pero la muerte de Déborah lo cambió todo.

Desde Perú, «Manteco» repite una y otra vez: «Yo quiero saber quién mató a mi mujer«. La pregunta queda flotando, sin respuesta clara, mientras las autoridades insisten en que la investigación no apunta a venganzas del narcotráfico. Para él, la deuda sentimental sigue abierta.

Fuente: Infobae

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