Hugh Jackman reinventa a Robin Hood en un oscuro y violento drama existencial

Desde que Disney empezó a replantearse sus personajes emblemáticos, el panorama cambió radicalmente. Maléfica sembró la idea de que el mal tiene un origen traumático, dando paso a una oleada de antihéroes como Deadpool, también hoy bajo el sello de la casa del ratón. Curiosamente, Hugh Jackman compartió pantalla con ese mercenario en su etapa como Lobezno; ahora, el actor australiano vuelve a la gran pantalla para encarnar a otro mito: Robin Hood.

La muerte de Robin Hood toma el camino opuesto: en lugar de humanizar a un villano, convierte a un héroe luminoso en una figura violenta y despreciable. Sin llegar a los excesos del Twisted Childhood Universe, que distorsiona a Peter Pan, Bambi o Winnie The Pooh, esta cinta busca subvertir la leyenda del forajido de Sherwood para ofrecer un relato más crudo y siniestro.

La historia presenta a un Robin Hood notablemente deteriorado por el tiempo, que vive solo y escondido. Solo porque ya no hay Lady Marian que proteger, si es que alguna vez la hubo, y escondido porque media Inglaterra lo quiere muerto tras sus años de violencia. Viudas despechadas, padres humillados e hijos vengativos lo persiguen. Así arranca la trama: con un intento de asesinato fallido que, tras un sangriento reencuentro con su viejo amigo Little John (Bill Skarsgaard), lo obliga a refugiarse en un convento remoto. Allí oculta su identidad, pero no puede escapar de un pasado lleno de cadáveres que lo atormenta cada noche.

Un Robin Hood nunca antes visto

Bajo la dirección de Michael Sarnoski —responsable de la aclamada Pig con Nicolas Cage y de la precuela de Un lugar tranquilo—, la película apuesta por un realismo descarnado desde el primer fotograma. Las secuencias iniciales muestran una violencia explícita que recuerda a El hombre del norte de Robert Eggers, aunque Sarnoski evita las visiones oníricas vikingas para mantener un tono terrenal.

Pese a un prólogo prometedor, el filme se estanca en un drama conventual excesivamente reflexivo y redundante. Jackman, quien ha brillado más en papeles físicos que en roles dramáticos —con la notable excepción de El truco final de Christopher Nolan—, retoma las lecciones de Logan para encarnar a una figura crepuscular y arrepentida. Este retrato del arquero de Sherwood dista mucho de las versiones de Errol Flynn o incluso la de Russell Crowe bajo Ridley Scott, que aún idealizaban al forajido.

Jodie Comer interpreta a una monja enfermera en el convento en el que se refugia Robin Hood.

Luces y sombras en Sherwood

Entre los aciertos destaca la preciosa fotografía en 35mm, que captura las costas de Irlanda del Norte con una paleta gris y sombría que complementa la historia, aunque esta se pierda en su bucle reflexivo. También sobresale la actuación de la joven Katie Breen como Margaret, un destello de luz, junto a la inquietante presencia de Murray Bartlett (The White Lotus) como el hombre leproso que acompaña a Robin en sus últimos momentos.

Con el respaldo de estudio como A24 —que este año también ha traído El drama— y un actor del calibre de Jackman, se esperaba más de una cinta que nunca termina de consolidarse. Su narrativa errática y tediosa, a pesar de la violencia explícita y la intensidad, deja la sensación de una oportunidad perdida. La muerte de Robin Hood pasará a la historia como la versión más oscura del arquero, pero no como la más divertida ni edificante. Ese título sigue perteneciendo, por supuesto, a la de Disney.

Fuente: Infobae

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
Twitter

FACEBOOK