Un arco bien tenso, una flecha y un bosque. Son apenas tres elementos los que bastan para identificar de inmediato a uno de los personajes más emblemáticos no solo del cine, sino de la cultura y el folclore universal. Aunque Robin Hood nació como leyenda popular mucho antes de que existiera el séptimo arte, fue la gran pantalla la que lo convirtió en un mito imborrable. Con el reciente estreno de una nueva cinta, su legado continúa expandiéndose.
La llegada de La muerte de Robin Hood vuelve a colocar al forajido de Sherwood en el centro de la conversación. A más de un siglo de sus primeras apariciones cinematográficas, Robin ha mutado de manera radical: pasó de ser un personaje de cuento popular a una máquina de acción hollywoodense, y luego a un símbolo político de nuestros tiempos. A continuación, un análisis de esa transformación, sin pretensión de abarcar todas las versiones, sino de entender cómo cada época ha moldeado al héroe a su imagen y semejanza.
El origen de Robin Hood se remonta al folclore inglés de los siglos XIV y XV. En esas baladas primigenias, Robin es más un bandido social que un caballero: vive fuera de la ley, pero con un código moral inquebrantable. Roba a los ricos para ayudar a los pobres, se enfrenta a los normandos y desafía la corrupción del gobierno con audacia y humor. El cine, al apropiarse de esa leyenda, la transformó por completo. Las primeras adaptaciones, como Robin de los bosques de 1922, protagonizada por Douglas Fairbanks, presentan a un héroe de aventuras más romántico que guerrero: ágil, enamoradizo, capaz de derrotar al príncipe Juan y conquistar a Marian. En esa etapa, Robin ya tiene estilo, pero no es el personaje explosivo que conocemos hoy; se mueve en un tono cercano al romanticismo histórico, muy lejos del cine de acción moderno.

Forjando la leyenda del forajido
El gran punto de inflexión llegó en 1938 con The Adventures of Robin Hood (rebautizada en español como Robin de los bosques), dirigida por Michael Curtiz. Errol Flynn no solo interpretó a Robin: lo encarnó como el modelo perfecto de héroe de Hollywood. Arquero infalible, espadachín diestro, caballero caído en desgracia que recupera su honor y, al mismo tiempo, un hombre cercano al pueblo, con un código moral muy claro. La película añadió un fuerte componente político: Robin se convierte en un combatiente contra la tiranía normanda, en clara sintonía con las preocupaciones de la Europa previa a la Segunda Guerra Mundial. Flynn transformó a Robin en un icono de acción sin crueldad, elegante pero firme, que lucha contra el poder sin perder el estilo. Desde entonces, Robin Hood quedó consolidado como un héroe inmortal del cine de aventuras: justo, audaz y romántico, el tipo de hombre que el público quiere seguir.
En las décadas siguientes, la figura de Robin se diversificó sin perder su esencia. En Los arqueros del rey (1952), dirigida por Ken Annakin y producida por Disney, el personaje se volvió más juvenil y desenfadado, con un tono familiar y optimista. En La espada del bosque de Sherwood (1960), de Terence Fisher, con producción de Hammer Film Productions, la acción y el color se intensificaron, acercándose a un cine de aventuras más visceral. Pero la transformación más radical se produjo en los años 70 y 90. En Robin y Marian (1976), de Richard Lester, con Sean Connery y Audrey Hepburn, Robin es un hombre maduro, desilusionado por la guerra y por la persistencia de la injusticia. La leyenda se vuelve melancólica: el héroe no solo triunfa, sino que ha perdido algo y debe reencontrarse con su propósito.
En los años 90, Robin Hood: príncipe de los ladrones (1991), de Kevin Reynolds y protagonizada por Kevin Costner, convirtió al personaje en un ícono del cine de acción moderno: más espectacular, con mayor presencia de violencia, persecuciones y tensión. Al mismo tiempo, Mel Brooks lanzó Las locas, locas aventuras de Robin Hood (1993), una parodia que desmontó todos los clichés del héroe medieval y los convirtió en sátira. Estas dos versiones muestran la dualidad de Robin: heroico y exagerado, serio y cómico, personaje de leyenda y producto de consumo.

El siglo XXI: Robin como político y como veterano
En el siglo XXI, Robin se vuelve más complejo y político. En Robin Hood (2010), de Ridley Scott y con Russell Crowe, el personaje es un veterano de guerra que regresa a Inglaterra y descubre que la corrupción y la injusticia no han desaparecido. La película actúa como una precuela: explica cómo Robin se convierte en líder de los ladrones y lo vincula a conflictos militares y geopolíticos, acercándolo al cine de acción actual. Ya se percibía una intención de desmitificar la figura, aunque la épica propia de una cinta del autor de Blade Runner o El reino de los cielos no evitó que la leyenda continuara engrandeciéndose.
En la última adaptación de Hollywood hasta la fecha, Robin Hood (2018) de Otto Bathurst, con Taron Egerton, la leyenda se vuelve aún más moderna: se abordan temas como las clases sociales, la desigualdad, la corrupción bancaria y se introduce un tono urbano y rápido, con una estética cercana al cine de acción contemporáneo. Robin ya no es solo un caballero medieval: es un héroe que habla de problemas que el público de hoy reconoce como propios.
Con La muerte de Robin Hood, el cine se enfrenta a una pregunta que pocas veces se ha planteado con tanta claridad: ¿qué sucede cuando el héroe de la leyenda muere? ¿Qué ocurre con un mito que, por definición, debería ser eterno? Esta película no solo cuenta el final de Robin, sino que cuestiona la idea misma de heroísmo inmortal. Si Robin es un símbolo de resistencia popular, ¿puede ese símbolo morir? O, al morir como personaje, ¿se transforma en algo más grande: una idea, una memoria, un legado que sobrevive a quien lo encarnó?

Este no es el Robin Hood que nos han contado
La muerte de Robin Hood nos sitúa de nuevo en los bosques de la Inglaterra profunda, pero de una forma radicalmente distinta. Poco o nada queda del brillo de anteriores adaptaciones, un brillo que se ha desvanecido por completo de la mirada de su protagonista. Hugh Jackman encarna aquí a un hombre viejo y agotado, pero eso no es lo más relevante: es un asesino, un hombre que carga a sus espaldas con millones de víctimas y que vive de la leyenda que se ha forjado en torno a su figura. Tras reencontrarse con su viejo amigo Little John (Bill Skarsgaard), Robin se enfrenta a una última y sangrienta batalla que termina dejándolo medio muerto. Es entonces cuando es llevado a un convento apartado, para sanar sus heridas pero también para empezar a afrontar su problemático pasado, mientras vislumbra, de una vez por todas, el final de su leyenda.
La figura de Robin Hood en el cine no es solo una historia de aventuras: es un espejo de cómo cada época entiende la justicia, la libertad y la lucha contra el poder. En los años 30, Robin es un héroe contra la tiranía, cercano a las preocupaciones políticas de su tiempo. En los 90, se convierte en un ícono del espectáculo, con una acción más intensa y un tono más comercial. En el siglo XXI, se vuelve un personaje político, vinculado a la desigualdad, la corrupción y la lucha de clases.
Robin Hood ha cambiado porque el cine ha cambiado: ha pasado de ser un héroe romántico a un héroe de acción, de un símbolo de resistencia medieval a un emblema de la crítica social moderna. Y ahora, con La muerte de Robin Hood, el cine se pregunta si ese héroe puede realmente morir, o si, al desaparecer como personaje, se convierte en algo más poderoso: una leyenda que ya no necesita de un hombre para vivir. En última instancia, la figura de Robin Hood en el cine es un espejo: nos muestra qué queremos que sea un héroe, qué justicia esperamos y qué nos importa enfrentar. Mientras el cine siga existiendo, Robin Hood seguirá cambiando, muriendo y renaciendo, porque su verdadera inmortalidad no está en su cuerpo, sino en su historia y en la capacidad de esta para seguir conquistando a nuevas generaciones.
Fuente: Infobae