A cualquier argentino que viva en el extranjero se le humedecen los ojos al oír las primeras notas de “Adiós Nonino”. No solo por la carga emotiva de esa pieza, compuesta por Ástor Piazzolla en memoria de su progenitor, sino porque su creador es uno de los máximos exponentes de la cultura nacional. Sin embargo, es sabido que esto no fue así desde el principio.
“Dicen que no toco ningún tango y es verdad. Yo toco la música de Buenos Aires”, afirmaba con orgullo el bandoneonista, desafiando a quienes rechazaban darle a la música ciudadana la oportunidad de evolucionar más allá de lo que se escuchaba a mediados del siglo XX. Era audaz y disfrutaba serlo. Por eso, se mantuvo firme en sus convicciones. Y, aunque muchos lo combatieron, logró que hasta los rockeros se unieran a su causa.
Nació en Mar del Plata, el 11 de marzo de 1921, fruto del matrimonio de Vicente Piazzolla y Asunta Manetti, ambos descendientes de italianos. A los 4 años, con pocos recuerdos de su patria, se mudó con su familia a Nueva York. A pesar de estar en la cuna del jazz, desde pequeño comenzó a tocar el bandoneón, un instrumento típico del Río de la Plata que le compraron en una casa de empeño por 19 dólares cuando cumplió 6 años. Se enamoró del tango escuchando a Carlos Gardel y Julio De Caro gracias a los discos que su padre acompañaba con el acordeón y la guitarra.

Tuvo la fortuna de conocer al Zorzal criollo en 1935, cuando siendo adolescente participó como extra haciendo de canillita en la película El día que me quieras, trabajo por el que recibió 25 dólares. Se dice que en ese momento se animó a tocar su instrumento frente al cantor, quien le dijo: “Pibe, vos tocás el bandoneón como un gallego”. Piazzolla, que ya dominaba el inglés, ofició de traductor para Gardel y le obsequió un muñeco con forma de gaucho tallado en madera por su padre. Este fue uno de los pocos objetos encontrados tras el accidente aéreo en Medellín, el 24 de junio de ese año, donde Carlitos perdió la vida.
En 1936, la familia Piazzolla regresó a Mar del Plata debido a la Gran Depresión que afectaba a Norteamérica. Con 17 años, tras tocar en varias orquestas locales, Astor se mudó a Buenos Aires. A fines de 1939, ya hacía arreglos para la orquesta de Aníbal Troilo y tomaba clases con el maestro Alberto Ginastera. En 1945, decidió emprender su carrera en solitario. Pero fue en 1954, cuando viajó a París para estudiar con la maestra Nadia Boulanger y grabó su primer álbum, Sinfonía de tango, que su destino quedó sellado. Ya nunca más abandonó el 2×4.

“El tango era como una sexta, obligada a hacer siempre lo mismo. Por eso, el día que a mí se me ocurrió cambiar, fue una verdadera revolución”, explicaba Piazzolla. Se sentía incomprendido, pero nunca se resignó a dejar de innovar. Logró que su música fuera muy bien recibida en los lugares más remotos del planeta, representando al género que tanto lo cuestionaba.
Había vuelto a la Argentina en 1955, pero algunos tradicionalistas seguían dándole la espalda. En 1959, durante una gira por Nueva York, recibió la noticia del fallecimiento de su padre a causa de un accidente en bicicleta. Fue un golpe muy duro. Al regresar al país, se encerró en un cuarto y, tomando un viejo tema creado en París, compuso su obra cumbre en su honor. “Intenté muchas veces componer algo mejor y nunca pude”, dijo sobre esta pieza que cuenta con más de 170 versiones.

Llegaron a llamarlo “el asesino del tango”. Y quizá fue uno de los que más hizo crecer a la música rioplatense. Cuando Nonino murió, el músico estaba casado con su primera esposa, Dedé Wolff, madre de sus hijos Diana y Daniel. Tras separarse, Piazzolla inició una apasionada relación con Amelita Baltar, a quien convocó para protagonizar la ópera María de Buenos Aires en 1968.
Para entonces, ya había alcanzado el reconocimiento merecido. Junto a la cantante, recorrió un gran camino. Ella fue la encargada de ponerle voz a “Balada para un loco”, otra de sus legendarias creaciones con letra de Horacio Ferrer, estrenada en el Luna Park durante el Festival de la Canción y la Danza de 1969. Pero la pareja se rompió abruptamente en 1975, tras siete años de convivencia, cuando ella quedó embarazada y él le dejó claro que no quería ser padre nuevamente. Amelita decidió no continuar con la gestación, pero nunca pudo perdonarlo y el vínculo se quebró.

En 1976, el músico conoció a la locutora y cantante lírica Laura Escalada, con quien se casó de inmediato. Permaneció junto a ella por más de quince años, hasta el 4 de julio de 1992, cuando falleció a los 71 años, convirtiéndose en una leyenda de la música de Buenos Aires que sigue vigente. “El Piazzolla que volvió en 1955 a Buenos Aires revolucionó todo el tango y ahí se armó ‘el gran despiole’, el gran cambio, que era lo que hacía falta. Y no hay cosa más difícil para un pueblo que le quieran cambiar las cosas. Y yo las cambié, especialmente, en lo que se refiere a esa ‘religión’ que se llama Tango”, explicó en una oportunidad.
¿Qué opinaba el maestro de sí mismo? “Soy una persona sincera, respetuosa. Soy irrespetuoso cuando las cosas no valen y debo serlo. Y yo no tengo pelos en la lengua. Hay mucha gente que es muy ‘no te metas’, tiene miedo, y yo no soy así, no tengo miedo, no soy cobarde. Si algún día me tuviera que ir del país, porque me echa algún General, me iré. Pero la ventaja que le llevo al General es que él va a pasar y mi música va a quedar”, vaticinó. Y estaba en lo cierto.
Fuente: Infobae