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Argentina fue el único turista en Kiribati: «Si perdía el vuelo, quedaba varado»

Mientras el turismo masivo colapsa destinos populares con largas filas y playas atestadas, Kiribati ofrece una experiencia opuesta: la soledad absoluta. Este archipiélago en el Pacífico no tiene multitudes ni agencias de viajes esperando a los visitantes.

Llegar a Kiribati es una travesía. Según datos de la Organización Mundial del Turismo, apenas 9.500 personas al año visitan este país, reconocido como el menos visitado del planeta en 2026.

El viajero argentino Ramiro Cristofaro, quien ha dado la vuelta al mundo, llegó hasta allí y su primera impresión fue contundente. “Fui el único turista que bajó del avión”, recordó en diálogo con Infobae, al describir su arribo a uno de los lugares más aislados del globo.

Kiribati está formado por 32 atolones e islas coralinas dispersas en una vasta superficie oceánica. El país se extiende a lo largo de los cuatro hemisferios, lo que lo convierte en un destino exótico pero extremadamente complicado de alcanzar.

Su capital, Tarawa, se ubica a unos 4.000 kilómetros al suroeste de Hawái. Para llegar, se requiere una odisea aérea con escalas en Singapur, Los Ángeles, Fiyi o Hawái, vuelos que superan las 30 horas y tarifas que pueden alcanzar los 4.000 euros si se busca reducir los tiempos de espera.

La odisea de llegar hasta Kiribati

Para Cristofaro, la logística fue uno de los mayores desafíos de Oceanía. “Los países ubicados en este continente dependen de aerolíneas extranjeras. No tienen una red propia desarrollada. Hay vuelos una o dos veces por semana y tenés que coordinar todo con muchísima precisión”, explicó.

El Aeropuerto Internacional Bonriki, ubicado en Kiribati, apenas recibe 9.500 turistas al año

El argentino llegó desde Fiyi, aunque su itinerario incluía varios países insulares poco conocidos. La dificultad no solo era volar, sino sincronizar conexiones en una región donde perder un avión puede significar quedar varado durante una semana.

“Por lo general, las aerolíneas hacen rutas circulares. Pasan por una isla, después por otra y vuelven varios días después”, relató. En su caso, recordó que estuvo cerca de quedarse fuera del recorrido por la cancelación de un vuelo en otro país del Pacífico. “No había combustible y se suspendían vuelos. Eso me obligó a acortar mi estadía en Kiribati a apenas dos días”, contó. “Si perdía el vuelo, podía quedar varado una semana o muchísimo más tiempo”, dijo.

Ramiro Cristofaro visitó Kiribati en 2024, mientras daba la vuelta al mundo. Esa hazaña la cumplió en julio de 2025

El único turista

Si llegar es complicado, el turismo es prácticamente inexistente. Según recuerda Cristofaro, la mayoría de las personas que viajaban con él no eran turistas. “Había muchos australianos que iban por trabajo y gente local. Pero turistas, turistas… cero”, aseguró.

La falta de turistas no se debe a la ausencia de atractivos naturales. Por el contrario, el país posee playas vírgenes, aguas turquesas y algunos de los ecosistemas marinos mejor conservados del mundo. El problema es la distancia.

“Es demasiado remoto, demasiado caro y muy difícil de alcanzar. No porque el país no quiera turistas, sino porque llegar cuesta muchísimo esfuerzo y dinero”, resumió Ramiro.

Kiribati posee playas vírgenes, aguas turquesas y algunos de los ecosistemas marinos mejor conservados del mundo

Un paraíso sin infraestructura

Quien imagine resorts de lujo, marinas exclusivas o complejos all inclusive se equivoca. Kiribati representa exactamente lo contrario. “No está preparado para el turismo. Ni un poco”, afirmó el viajero argentino, quien admitió que conseguir alojamiento puede convertirse en una misión complicada.

La escasa infraestructura turística invita a vivir la experiencia con paciencia, curiosidad y espíritu de adaptación. “Llegué a contactar a un pequeño hospedaje para pedir permiso para instalar una carpa en el jardín porque no encontraba dónde dormir. Hay muy poca oferta. A veces una conferencia o una reunión gubernamental ocupa los pocos hoteles que existen y no queda nada disponible”, detalló.

Las excursiones organizadas tampoco existen. “No hay guías turísticos, no hay agencias. Le pagué a un local para que me llevara con su auto a recorrer algunos lugares y armé el itinerario por mi cuenta con información que había encontrado en internet”, remarcó sobre lo complicado que es hacer turismo en Kiribati.

“No hay guías turísticos, no hay agencias. Le pagué a un local para que me llevara con su auto a recorrer algunos lugares y armé el itinerario por mi cuenta

Una isla entre dos océanos

Los días que estuvo en el país, Ramiro permaneció en Tarawa, la principal isla habitada que tiene una geografía tan singular como frágil. Se trata de un atolón: una estrecha franja de tierra que rodea una laguna interior. En algunos sectores, la distancia entre una costa y otra es tan reducida que se ve el océano a ambos lados al mismo tiempo. “Hay lugares donde el ancho de la isla es de apenas diez metros. Es una locura”, describió Ramiro.

La escasa altura sobre el nivel del mar también convierte a Kiribati en uno de los países más vulnerables al cambio climático. Científicos y organismos internacionales advierten desde hace años que algunas de sus islas podrían quedar parcialmente sumergidas durante las próximas décadas.

El problema ya forma parte de la vida cotidiana. “Hay zonas de estas islas que varias veces al año quedan bajo agua por las mareas. En algunos lugares ya se habla de reubicar población en otros países”, señaló el viajero.

En algunas partes, los extremos de la isla son tan estrechos que se puede ver el ambos lados al mismo tiempo

Sin embargo, abandonar la tierra natal no parece una opción sencilla para sus habitantes. “La gente está muy arraigada. No se quiere ir”, dijo sobre lo que le transmitieron sus habitantes durante el recorrido.

Entre el paraíso y contenedores abandonados

Una de las imágenes que más sorprendió al argentino no fueron las playas ni las palmeras. Fueron los contenedores. “Vas caminando por las calles y te encontrás con miles de ellos. Están por todos lados. Es impresionante”, recordó.

La explicación está vinculada a la economía del país. Kiribati importa gran parte de lo que consume, pero exporta muy poco. Como consecuencia, llegan numerosos contenedores cargados que luego quedan vacíos y abandonados porque resulta demasiado costoso retirarlos.

“Es como un dilema logístico. Mandarlos de vuelta cuesta más que fabricar nuevos”, especificó Ramiro sobre esa postal extraña: un paraíso tropical salpicado por enormes estructuras metálicas que contrastan con las aguas cristalinas del Pacífico.

Vestigios de la Segunda Guerra Mundial en las playas

Kiribati fue escenario de algunos de los combates más feroces de la Segunda Guerra Mundial. La Batalla de Tarawa, librada en noviembre de 1943 entre fuerzas estadounidenses y japonesas, dejó 6.400 muertos y marcó un punto de inflexión en la campaña del Pacífico.

Ramiro posa dentro de un cañón naval abandonado en la costa donde se libró la Batalla de Tarawa, entre Japón y Estados Unidos, durante la Segunda Guerra Mundial

El bombardeo duró más de una hora y media, parando brevemente para permitir que bombarderos en picado de los portaaviones atacaran contra posiciones fijas. La mayoría de los cañones más grandes de los defensores fueron eliminados durante este período. La isla, que en algunas zonas sólo era de unos cientos de metros de ancho, quedó gran parte en ruinas a causa del bombardeo.

Hoy, ocho décadas después, las huellas siguen visibles. “La isla está llena de restos de guerra. Hay tanques, búnkeres, estructuras militares abandonadas. Podés caminar entre ellos y subirte a algunos”, contó Ramiro.

Para un visitante, el contraste resulta impactante. “A pocos metros de playas paradisíacas aparecen reliquias oxidadas que recuerdan uno de los conflictos más devastadores de su historia”, precisó.

Un barco naufragado, corroído por el óxido, reposa en una playa de Tarawa. También se observan unos bolsones de arena para contener la subida del mar

La naturaleza como protagonista

Más allá de Tarawa, Kiribati alberga uno de los tesoros ecológicos más importantes del planeta. Se trata de la Phoenix Islands Protected Area (PIPA), una reserva marina protegida de más de 408.000 kilómetros cuadrados declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

La zona alberga cientos de especies de peces, corales, aves marinas y mamíferos oceánicos. Para biólogos y buzos especializados representa uno de los ecosistemas más prístinos del mundo.

Sin embargo, su aislamiento hace que muy pocas personas puedan conocerlo. Lo mismo ocurre con Kiritimati —también conocida como Christmas Island—, una de las islas más famosas del archipiélago y un destino privilegiado para la pesca deportiva.

Ramiro estuvo apenas dos días de visita en Tarawa, capital de Kiribati.

Una vida a otro ritmo

Durante su estadía, Cristofaro percibió algo que aparece repetidamente en muchos países remotos del Pacífico: una relación diferente con el tiempo. “Todo ocurre mucho más lento. La gente está sentada charlando, viviendo el día a día. No ves el ritmo frenético de las grandes ciudades”, describió.

Las construcciones son sencillas, generalmente de una o dos plantas. No hay rascacielos ni grandes centros comerciales. “Todo es muy rústico. Muy básico. Muy humilde”, resumió.

La conectividad existe, pero también funciona a otro ritmo. “Hay wifi en algunos hoteles, pero suele ser limitado. A veces te dan códigos que duran unas pocas horas”, señaló.

Después de recorrer los 196 países del mundo, Ramiro comprendió que no todos los destinos ofrecen la misma cantidad de actividades. Y Kiribati probablemente no sea un lugar para cualquiera. “La verdad es que no hay mucho para hacer”, se sinceró. “Recorrí los sitios históricos, vi los restos de la guerra y después es sentarte a mirar el agua y disfrutar del paisaje”, admitió.

Pero quizás ahí resida precisamente su atractivo.

En un mundo hiperconectado, saturado de selfies, influencers y destinos convertidos en parques temáticos, Kiribati sigue siendo un lugar auténtico. Un territorio donde todavía es posible sentirse explorador. Y donde la mayor atracción no es una excursión, un museo o un espectáculo, sino la sensación cada vez más rara de haber llegado a un rincón del planeta que permanece prácticamente intacto frente al avance del turismo global.

Fuente: Infobae

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