Niños pequeños ignoran el esfuerzo pasado, según estudio científico

Un reciente estudio divulgado por el portal ScienceX revela que los niños pequeños no muestran el sesgo de costo hundido — la tendencia a valorar más algo en función de lo que costó obtenerlo — hasta aproximadamente los seis años. La investigación, publicada en la prestigiosa revista Journal of Experimental Psychology: General, analizó cómo los menores toman decisiones cuando ya han realizado un esfuerzo y descubrió que esa sensibilidad al esfuerzo pasado no es innata, sino una conducta que se aprende gradualmente.

El equipo de investigadores reclutó a 484 niños de entre cuatro y siete años para responder una pregunta clave: ¿los pequeños consideran irrelevante el esfuerzo que ya hicieron, o solo necesitan ayuda para incorporarlo en sus elecciones? La respuesta varió según la edad.

En los adultos, este sesgo se manifiesta al valorar más una opción simplemente porque costó más obtenerla. Un ejemplo típico compara dos cenas idénticas, una cara y otra barata: muchos eligen la cara para no sentir que “desperdician” el dinero invertido.

Esta infografía detalla cómo el sesgo de costo hundido se desarrolla como una conducta aprendida a partir de los seis años de edad (Imagen Ilustrativa Infobae)

Antes de los seis años, el esfuerzo no cuenta

Para medir si ese patrón aparece en la infancia, los investigadores diseñaron situaciones que imitan dilemas cotidianos de los adultos. En una de las pruebas principales, una niña subía dos colinas para recoger flores: una empinada y difícil, la otra corta y fácil, pero ambas flores eran idénticas y solo podía conservar una.

Los resultados mostraron que, a diferencia de los adultos, los niños más pequeños eligieron al azar entre ambas opciones.

El equipo también probó si esa diferencia podía reducirse con indicaciones previas. Antes de pedir una predicción, a algunos niños se les preguntó cuál flor había sido más difícil de conseguir o cuál sería más desperdicio tirar; a otros se les hizo una pregunta neutral sobre el tamaño de las colinas.

Entre los niños de 4 y 5 años, esas pistas no modificaron nada. Incluso cuando se les pedía de forma explícita que pensaran en el trabajo realizado, siguieron respondiendo al nivel del azar, como si el esfuerzo previo no existiera al momento de elegir.

Las pruebas mostraron que los niños menores de seis años eligieron al azar entre objetos idénticos, aunque uno hubiera requerido más esfuerzo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Desde los seis, el esfuerzo pasado comienza a importar

La modificación apareció a partir de los seis años: entre los niños de seis y siete, tanto la pregunta directa “¿Cuál requirió más trabajo?” como la consulta sobre cuál objeto sería “más desperdicio tirar” aumentaron la probabilidad de que eligieran el objeto obtenido con mayor esfuerzo, en una dirección más parecida a la de los adultos.

Ese resultado sugiere que a esa edad empiezan a comprender el esfuerzo como una forma de desperdicio: desechar algo que costó mucho obtener. Pero una formulación previa distinta llevó al efecto contrario: cuando se les preguntó cuál sería más desperdicio conseguir, los niños tendieron a evitar los objetos de alto esfuerzo.

Para los autores, ese matiz importa porque muestra que la sensibilidad al costo hundido no aparece de una sola vez ni de manera uniforme. Algunas formas de presentar la idea activan el sesgo y otras lo desalientan.

Desde los seis años, las preguntas sobre cuál objeto requirió más trabajo o sería más desperdicio tirar aumentaron la elección de la opción de mayor esfuerzo (Imagen Ilustrativa Infobae)

La investigación sostiene que el sesgo se aprende

Los investigadores aclaran que ni siquiera en los grupos mayores las respuestas llegaron a un nivel máximo. Aunque las indicaciones ayudaron, una parte relevante de los niños de seis y siete años todavía no elegía de manera consistente la opción obtenida con más esfuerzo.

A partir de ese resultado, el trabajo estableció que los costos hundidos “no son fundamentales” para las concepciones de elección en la infancia. En lugar de una intuición básica presente desde el inicio, la sensibilidad a la inversión pasada emergería poco a poco.

Según el portal, los experimentos con objetos obtenidos mediante esfuerzo aportan evidencia sobre cómo se desarrolla la comprensión de la llamada falacia del costo hundido. Aunque las pruebas se realizaron en contextos específicos, los resultados apuntan a la importancia del aprendizaje cultural y de la experiencia personal en la formación de este tipo de razonamientos.

La investigación también ofrece una posible explicación para una conducta en la niñez: que los niños abandonen una actividad o cambien de rumbo con relativa facilidad. El estudio sugiere que, como no suelen incorporar por sí solos el esfuerzo ya invertido, padres y docentes podrían fomentar la persistencia con motivos inmediatos, más que apelando a la idea de no desperdiciar lo ya hecho.

Fuente: Infobae

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