Ser padre o madre representa uno de los desafíos más complejos de la vida. Sin embargo, a diferencia de otras responsabilidades importantes, no existe un manual de instrucciones que guíe cada paso. La crianza se forja día a día, entre aciertos, errores, dudas y aprendizajes continuos.
Cada familia desarrolla sus propias dinámicas y enfrenta los retos cotidianos según sus circunstancias personales, laborales y económicas. También influye la experiencia de la propia infancia de los adultos. Por ello, no hay una única fórmula universal para educar.
No obstante, la ciencia ha investigado durante décadas qué conductas favorecen un desarrollo emocional más saludable en los niños. Ciertas prácticas se repiten entre padres y madres que logran crear entornos seguros, estimulantes y afectivos. Sobre este tema ha reflexionado el neuropsicólogo Álvaro Bilbao, quien compartió las conclusiones de una investigación del psicólogo estadounidense Robert Epstein, publicada en 2010.
Hábitos que construyen una crianza saludable
Bilbao resume los hallazgos en cinco hábitos frecuentes en quienes practican una crianza positiva. Primero, los buenos padres y madres son aquellos que “cultivan su curiosidad”. Esto implica contar historias, responder preguntas y hacer del aprendizaje una actividad compartida. “Cuando no sabes algo, lo buscáis juntos y la curiosidad y el aprendizaje están vivos en tu casa”, señala.

Más que transmitir conocimientos, esta actitud fomenta una mente abierta al descubrimiento y enseña a los niños que no es necesario tener todas las respuestas. Lo importante es mantener el interés por aprender y explorar el mundo.
En segundo lugar aparece la autonomía. Para Bilbao, una crianza saludable implica acompañar sin caer en la sobreprotección. El especialista destaca que, progresivamente, se debe dejar espacio para que los menores enfrenten sus propios retos. “Poco a poco les vas soltando la mano, les dejas equivocarse y no solucionas todos sus problemas. Les ayudas a crecer no haciendo todo por ellos”, explica. Permitir que los niños experimenten las consecuencias de sus decisiones fortalece su confianza y desarrolla habilidades para dificultades futuras.
La tercera característica se relaciona con la relación entre los progenitores. Bilbao subraya que no es necesario convivir bajo el mismo techo ni estar de acuerdo en todo. Lo crucial es cómo se gestionan los desacuerdos. “No hace falta ni que viváis juntos ni estar de acuerdo en todo, pero sí sabéis resolver conflictos sin atacaros ni crear tensión en casa”, afirma. Cuando esto sucede, “los niños se sienten más seguros y aprenden de vosotros a resolver conflictos interpersonales”. Así, los adultos se convierten en un modelo que los menores observan e interiorizan.

La cuarta cualidad es la gestión del estrés. Bilbao recuerda que los hijos aprenden más observando que escuchando. Por eso, la reacción de los padres ante la presión diaria tiene un impacto directo. “Cómo reaccionas cuando tienes mucho trabajo o no te hacen caso importa”, señala. De hecho, asegura que “es la habilidad que más rápido aprenden los niños de sus padres”. Los menores pueden verse afectados por la irritabilidad de los adultos o, por el contrario, aprender estrategias saludables. “Pueden sufrir tus cambios de humor e irritabilidad o aprender de ti a estar en calma, a mantener la perspectiva y a gestionar mejor sus emociones difíciles”, resume.
En quinto lugar aparece el afecto. Para el neuropsicólogo, la principal característica de un buen padre o madre es que “les demuestras amor”. Ese cariño se expresa mediante gestos cotidianos de atención y cercanía. “Eres un padre cálido y afectuoso. Les abrazas, les escuchas sin mirar la pantalla, pasas tiempo de verdad con ellos”, concluye Bilbao. Esta idea sigue siendo, según la investigación, el pilar más importante de la relación entre padres e hijos.
Fuente: Infobae