Un análisis dirigido por la ETH Zurich reveló que el cultivo y consumo de palma, soja y coco concentran aproximadamente el 75% de la extinción de especies relacionada con los cultivos oleaginosos, una problemática que se ha agravado por el constante incremento de la demanda global.

Entre 1995 y 2020, la pérdida de biodiversidad vinculada a estos productos subió cerca del 80%. La investigación también determinó que más de la mitad de ese impacto obedece al consumo en países diferentes a los que producen la materia prima.
Publicado en Nature Food, el estudio examinó 19 cultivos oleaginosos presentes en cosméticos, maquillaje, margarina, untables, medicamentos y alimento para animales. El equipo buscó cuantificar cómo la expansión del cultivo y del consumo de estas materias primas pone en riesgo a especies animales y vegetales a nivel mundial.
Stephan Pfister, profesor de evaluación cuantitativa de sostenibilidad en ETH Zurich, explicó la razón del estudio con una comparación contundente.
“Desde la perspectiva de la protección ambiental, la pérdida de biodiversidad es un problema tan grande como el cambio climático”.
Palma, soja y coco: tres cuartas partes del daño
Los autores presentaron este trabajo como el primero a escala global que aborda el problema con esa profundidad. Para ello, recopilaron datos mundiales de producción, comercio y uso del suelo durante varias décadas y combinaron distintos modelos para estimar el impacto de los oleaginosos en la biodiversidad.
Primero elaboraron mapas mundiales de estos cultivos usando datos satelitales, estadísticas agrícolas y bases de datos globales de tierras cultivadas. Luego calcularon cuánto amenazan a las especies las diferentes formas de uso del suelo, apoyándose en factores de pérdida de especies, indicadores que reflejan cómo las áreas agrícolas contribuyen a la desaparición global según la región y la intensidad de la actividad agropecuaria.
Después vincularon esa información con un modelo económico mundial que representa las cadenas internacionales de suministro, desde el cultivo hasta el producto final. El modelo permitió seguir trayectorias concretas en el comercio global, como el caso de la soja producida en Brasil para alimentar ganado en Europa, asociada al alto consumo de carne.

El impacto se exporta a regiones tropicales
La investigación mostró que las regiones tropicales sufren una presión especialmente fuerte. Allí, el uso agrícola del suelo genera pérdidas significativas de biodiversidad, no solo porque cultivos como la palma aceitera y el coco son propios de esas zonas, sino también porque esos territorios albergan una gran diversidad biológica y suelen tener menores rendimientos por unidad de superficie.
Esa combinación impulsa la expansión agrícola y, con ella, la destrucción de ecosistemas como los bosques. El estudio subrayó que la pérdida de biodiversidad no se debe principalmente al crecimiento demográfico mundial, sino a patrones de consumo y a la organización de la producción.
Más de la mitad de los impactos detectados se atribuyen al consumo en otros países. La Unión Europea y Estados Unidos concentran juntos más del 80% de esos impactos externalizados. Pfister advirtió que el deterioro no puede revertirse de inmediato porque la presión sobre los ecosistemas persiste incluso sin nuevas conversiones de tierras: “Incluso si no hay nueva deforestación, el impacto de la agricultura actual sigue presente”, afirmó.

Sin cambios en la demanda, el deterioro no se detiene
Los investigadores también analizaron cómo influyen el comportamiento de los consumidores, el crecimiento poblacional y la eficiencia agrícola en el aumento de la pérdida de biodiversidad. Concluyeron que el cambio en la demanda es central para entender la magnitud del problema.
Entre las posibles soluciones, el trabajo menciona una producción más respetuosa con el ambiente, menos deforestación y prácticas agrícolas que protejan el suelo y el entorno natural. También plantea la necesidad de modificar el consumo, aunque advierte que los mercados globales dificultan cualquier solución simple porque la demanda puede desplazarse rápidamente hacia otras regiones. “Una palanca importante es invertir en una mejor producción y en la protección de los ecosistemas en los países de origen”, sugirió Pfister.
Fuente: Infobae