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Los MEMS: el sistema nervioso que enseña a los robots a ver y sentir

Los robots están aprendiendo a percibir y reaccionar a su entorno al instante gracias a los sensores microelectromecánicos (MEMS) , dispositivos cuyo tamaño es hasta diez veces inferior al de la pata de una hormiga. Estos componentes otorgan a las máquinas capacidades que emulan los sentidos humanos, como el tacto, la vista y la orientación.

La automatización ha dado un salto cualitativo de la mano de la inteligencia artificial, que ha permitido pasar de programar cada movimiento a un modelo donde se le enseña a una máquina a tomar decisiones por sí misma.

En el centro de esta transformación se encuentran los sensores MEMS, que funcionan como el sistema nervioso de los robots contemporáneos. Algunos de estos dispositivos poseen estructuras de apenas 4 micrómetros, diez veces más pequeñas que la pata de una hormiga, y son capaces de medir en tiempo real variables como el movimiento, la orientación, la presión y las vibraciones.

Con la información recolectada, los robots no se limitan a ejecutar órdenes: perciben su entorno, lo interpretan y actúan en consecuencia. Así lo explica Bosch, compañía que fabrica estos sensores para vehículos, dispositivos electrónicos y sistemas industriales, y que ahora los incorpora a la robótica para brindarle nuevas capacidades.

Dos pilares fundamentales: tacto y visión

Los sensores han impulsado avances en dos áreas clave. El primero es el sentido del tacto, que permite a un robot identificar un objeto, reconocer su forma y ubicarlo en el espacio. Además, puede sujetarlo con cuidado si detecta que se trata de un elemento frágil, como una copa de cristal o un huevo.

Mediante algoritmos y una combinación de mecánica con sensores, los sistemas avanzados basados en presión y unidades de medición inercial pueden detectar cuánta fuerza se aplica, cómo se distribuye sobre la superficie y si el objeto comienza a deslizarse. Todo se ajusta en tiempo real. El resultado es un movimiento preciso, dinámico y adaptativo, que replica los principios de la mano humana.

El segundo pilar es la visión, que los robots logran integrando cámaras en puntos estratégicos para reconocer objetos e interactuar con el entorno. Al estar en movimiento constante, emplean sensores que estabilizan la visión en tiempo real y evitan imágenes borrosas. También utilizan tecnologías como LiDAR, cámaras 3D y sistemas de mapeo para construir representaciones tridimensionales del entorno, lo que les permite desplazarse de forma autónoma y mantener el equilibrio en superficies irregulares.

La nueva generación de robots aprende manipulando objetos, experimentando y corrigiendo errores. Estas capacidades ya están plenamente implantadas en entornos industriales y logísticos, donde operan en condiciones controladas y aportan valor en tareas repetitivas o exigentes.

Según la información proporcionada por Bosch en un comunicado oficial, el siguiente paso es llevar estos sistemas al mundo real. La empresa apunta a un contexto donde se proyecta que el mercado de sensores MEMS superará los 16.500 millones de euros en 2030, con un crecimiento sostenido durante los próximos años.

Fuente: Infobae

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