Describir a Lionel Messi se ha vuelto una tarea cada vez más compleja. Las palabras parecen quedarse cortas ante un futbolista que ya no compite con sus colegas de la actualidad, sino que se mide contra la historia misma del deporte rey. Lionel Scaloni, el técnico que moldeó a la selección albiceleste alrededor del talento de su capitán, no pudo más que reconocer la realidad: el ’10’ sigue encontrando maneras de superar cualquier expectativa.
Tras el triunfo frente a Austria, la interrogante ya no es qué marca puede alcanzar Messi, sino cuál será el próximo registro que romperá. El delantero argentino ha convertido su nombre en un sinónimo de los Mundiales. Es el máximo artillero argentino en la historia de la competencia, con 18 goles y sumando, superando una cifra que durante mucho tiempo pareció inalcanzable. Además, ha participado directamente en los últimos seis tantos de Argentina en Copas del Mundo y acumula nueve goles en sus últimos seis partidos mundialistas. Estas estadísticas, por sí mismas, revelan una parte de su grandeza, aunque no logran abarcarla por completo.
La fecha también trajo consigo un peso simbólico difícil de pasar por alto. Exactamente el mismo día en que, hace 40 años, Diego Armando Maradona se inmortalizaba con su doblete ante Inglaterra —el gol con la mano y la inolvidable obra maestra conocida como el Gol del Siglo—, Messi sumó un nuevo capítulo a su propia historia. En 1986, mientras Maradona construía uno de los momentos más emblemáticos del fútbol global, Messi aún no había nacido (faltaban un año y dos días para su llegada al mundo). Cuatro décadas más tarde, el heredero de aquella mítica ’10’ continúa expandiendo un legado que parecía imposible de igualar.
Sin embargo, Argentina no dependió únicamente de Messi. Es un combinado que, si bien se apoya en su talento excepcional, ha encontrado una estructura sólida que lo respalda. Frente a Austria, el equipo mostró las diversas facetas que necesita un campeón: momentos de dominio absoluto, capacidad para sobrellevar la adversidad y respuestas colectivas cuando el partido demandó otro enfoque.
El encuentro también dejó al descubierto algunos retos. El penal fallado por Messi generó un impacto anímico y, durante varios minutos, Austria logró inquietar a Argentina. Le quitó la posesión del balón, redujo los espacios y forzó al equipo de Scaloni a jugar más alejado del arco rival. Aunque no creó ocasiones claras de peligro, sí consiguió disputarle el control del partido mediante la presión y la tenencia de la pelota.
Fue entonces cuando emergió otra fortaleza de esta Argentina: la habilidad para resolver incluso cuando las condiciones no son las óptimas. La diferencia la marcó Messi, pero la solidez reside en el grupo que lo rodea. Una selección que sabe cuándo acelerar, cuándo resistir y cuándo cederle el balón al futbolista capaz de convertir una jugada cualquiera en una obra de arte.
Messi continúa su batalla contra el tiempo, los récords y toda lógica preestablecida. Cada partido parece ser una despedida de algo ya conseguido, pero termina siendo el inicio de un nuevo episodio. La historia del fútbol aún busca las palabras adecuadas para describirlo. Mientras tanto, él sigue escribiéndola con sus hazañas en la cancha.
Fuente: Infobae