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Ni hat-trick ni estadísticas: el récord de Messi que redefine la vejez

Dos noches atrás, tras convertir un triplete frente a Argelia durante su sexta Copa del Mundo —la misma cantidad que ningún otro futbolista había disputado antes—, Lionel Messi fue informado de que acababa de transformarse en el jugador de mayor edad en anotar un hat-trick en la historia de los Mundiales. Su reacción fue una risa. “No lo sé”, dijo. “Son solo estadísticas”. Acto seguido le consultaron si estaría presente en la Copa del Mundo de 2030. Volvió a reír con más fuerza. “No, no, eso sí que no”, respondió, con una sonrisa que no dejaba espacio para dudas.

Y luego, casi como un comentario menor, soltó una reflexión más elocuente que cualquier marca: está viendo una serie sobre Rafael Nadal y se siente identificado con el tenista. No por el físico ni por la edad. “En el sentido de darlo todo y disfrutar lo que hacés”, afirmó.

No mencionó rapidez ni masa muscular. Se refirió a algo mucho más cercano a una postura ante la vida que a una hazaña deportiva.

El registro que modifica la pregunta

Esta edición del Mundial presenta una rareza histórica. Ocho futbolistas sobrepasan los 40 años —más que en las veintidós ediciones previas juntas—. Cristiano Ronaldo llegó con 41, disputando su sexta Copa del Mundo. Luka Modric, con 40, guiando a Croacia por quinta ocasión. Guillermo Ochoa, también con 40, en su sexta participación consecutiva. Edin Dzeko, Manuel Neuer, Vozinha, Fernando Muslera. Y Messi, quien cumplirá 39 durante el torneo.

La interrogante evidente sería: ¿por qué los atletas se mantienen activos más tiempo ahora? Pero hay un cuestionamiento mucho más interesante oculto detrás. ¿Estamos presenciando deportistas más envejecidos, o estamos observando una forma completamente distinta de envejecer?

Porque lo realmente novedoso no es que Cristiano Ronaldo continúe compitiendo a los 41. Lo innovador es que dejó de ser una rareza.

Cristiano Ronaldo, de 41 años, durante el entrenamiento de Portugal en la Copa del Mundo (REUTERS/Marco Bello)

No derrotaron al tiempo: pactaron con él

Durante buena parte del siglo XX, el envejecimiento en el deporte era abrupto. Un futbolista alcanzaba los 32 o 33 años e iniciaba la cuenta regresiva. Hoy los atletas envejecen de la misma forma. Continúan perdiendo velocidad. Continúan perdiendo explosividad muscular. Eso no ha cambiado ni cambiará.

Lo que ha cambiado es que aprendieron a gestionar esas pérdidas en vez de ignorarlas.

El Messi del Barcelona era un motor de aceleraciones: encaraba, desbordaba, dejaba rivales atrás con pura velocidad. El Messi de este Mundial recorre menos metros, realiza menos sprints, pero percibe el partido un segundo antes que los demás. Ya no triunfa por potencia. Triunfa por lectura.

Cristiano Ronaldo experimentó una transformación todavía más notoria: de ser el extremo que desbordaba por la banda a los veinte años, pasó a ser el delantero de área que optimiza cada movimiento a los cuarenta y uno. No es el mismo futbolista. Es otro futbolista, construido expresamente para continuar siendo efectivo con el cuerpo que posee ahora, no con el que poseía antes.

No están venciendo al envejecimiento. Están pactando con él.

Lo que la gerontología afirma desde hace años

Durante décadas creímos que envejecer era, simplemente, acumular pérdidas. La ciencia del envejecimiento viene mostrando algo más complejo, y el deporte de élite lo está evidenciando en cámara lenta ante millones de espectadores.

Se pierde velocidad, pero puede incrementarse la capacidad estratégica. Se pierde potencia, pero puede aumentar la precisión. Se pierde capacidad anaeróbica, pero puede mejorar la eficiencia del movimiento. Los estudios sobre rendimiento físico en el fútbol de élite revelan exactamente eso: las acciones explosivas comienzan a disminuir notablemente después de los 30 años, pero la resistencia y la inteligencia táctica se conservan mucho más estables.

Los mejores veteranos no hacen lo mismo que hacían a los veinte. Hacen algo diferente. Y eso, salvando las diferencias obvias entre un campo de fútbol y una oficina o una cocina, es precisamente lo que sucede a las personas comunes después de los sesenta cuando deciden no rendirse al discurso de la decadencia.

Hace cuarenta años, un futbolista de 40 jugando un Mundial era una rareza, hoy hay ocho en el mismo torneo (Reuters/Denny Medley)

La revolución no fue en el gimnasio: fue en la recuperación

Hace veinte años, el entrenamiento era la variable que explicaba todo. Hoy el centro de gravedad se ha desplazado: lo que permite que un cuerpo de cuarenta años siga compitiendo contra cuerpos de veinte no es cuánto estímulo recibe, sino cuánto logra recuperarse entre estímulo y estímulo.

Sueño. Nutrición. Control de cargas. Prevención de lesiones. Monitoreo fisiológico permanente. Los equipos de élite cuentan hoy con especialistas dedicados exclusivamente a supervisar cuántas horas duerme cada jugador, porque la evidencia demuestra que los atletas de alto rendimiento requieren entre ocho y diez horas de sueño para sostener la adaptación muscular, la recuperación neurológica y el rendimiento cognitivo.

Antes el héroe era quien jugaba lesionado, apretando los dientes, arriesgando su cuerpo entero por una final. Ahora el héroe es quien llega sano a los cuarenta.

Y esto tiene un vínculo directo con la conversación sobre longevidad que se viene planteando desde hace meses, porque la medicina del envejecimiento está llegando exactamente a la misma conclusión: no envejecemos solo por desgaste. También envejecemos por mala recuperación.

Como los superagers —esas personas de más de ochenta años que conservan una memoria comparable a la de alguien de cincuenta—, los jugadores de 40 despiertan la misma pregunta: ¿por qué algunas personas parecen deteriorarse mucho más lentamente que el resto? (Imagen ilustrativa Infobae)

Los superagers del deporte

Existe una conexión casi demasiado perfecta entre esta nota y lo que se escribió recientemente sobre los superagers —aquellas personas de más de ochenta años que mantienen una memoria comparable a la de alguien de cincuenta—. En ambos casos, la pregunta de fondo es idéntica: ¿por qué algunas personas parecen deteriorarse mucho más lentamente que el resto?

Los atletas masters —deportistas que compiten activamente después de los cuarenta, los sesenta, los ochenta años— se han convertido en uno de los grandes laboratorios para estudiar el envejecimiento saludable. La literatura científica los define directamente así: modelos de envejecimiento exitoso. Y lo interesante es que los beneficios que encuentran no son solo musculares. Hablan de funcionamiento cognitivo. De bienestar psicológico. De integración social. De propósito. De identidad.

No son cuerpos extraordinarios que escaparon a alguna ley biológica. Son personas que mantuvieron activos, durante mucho tiempo, los sistemas que en el resto suelen apagarse antes de tiempo.

Los récords más fascinantes no son los de Messi

Porque Messi y Ronaldo tienen médicos de selección, nutricionistas personales y millones de dólares invertidos en que sus cuerpos sigan funcionando. Hay historias mucho más sorprendentes que no tienen nada de eso.

Juan López García fue mecánico de autos en Toledo toda su vida laboral. Nunca entrenó como atleta. Nunca hizo deporte en serio. A los 66 años, recién jubilado, intentó correr una milla por primera vez en su vida y no pudo terminarla. Dieciséis años después, a los 82, tiene el récord mundial de ultramaratón de 50 kilómetros para su categoría de edad y el VO2 máximo más alto jamás registrado en un octogenario —comparable al de alguien que tiene un cuarto de su edad—. Un grupo de científicos europeos lo llevó a su laboratorio para entender qué le pasaba. Publicaron los resultados este año en Frontiers in Physiology.

Emma Maria Mazzenga tiene 92 años y vive en Padua. Empezó a correr a los 19, cuando estudiaba Ciencias Biológicas en la universidad. Tuvo que dejarlo por completo durante veinticinco años para cuidar a su madre enferma. Volvió a competir pasados los 50 y no se detuvo nunca más. A los 79 se dislocó un hombro lanzándose sobre la línea de llegada para ganarle a una rival que la estaba a punto de superar. Hoy tiene cuatro récords mundiales. Cuando los investigadores de la Universidad de Pavía analizaron sus fibras musculares encontraron algo que ninguno esperaba del todo: las fibras de contracción lenta, las de la resistencia, eran como las de una persona de veinte años. Las de contracción rápida sí mostraban el paso del tiempo. Su cuerpo había envejecido, exactamente como se esperaba. Pero ni de lejos tanto como el de una persona promedio.

Lo más interesante no es el récord. Es que los dos empezaron tarde, o volvieron a empezar tarde, después de que la vida los hubiera alejado del todo del deporte. Eso desafía algo que tenemos profundamente instalado: la idea de que las oportunidades físicas tienen fecha de vencimiento.

Mientras discutimos si Messi va a llegar al próximo Mundial, hay personas de 80 y 90 años entrenando para la próxima competencia. Y a casi nadie se le ocurre escribir sobre ellas.

Los atletas masters —deportistas que compiten activamente después de los cuarenta, los sesenta, los ochenta años— se convirtieron en uno de los grandes laboratorios para estudiar el envejecimiento saludable. No son cuerpos extraordinarios que escaparon a alguna ley biológica. Son personas que mantuvieron activos los sistemas que en el resto suelen apagarse antes de tiempo (Imagen ilustrativa Infobae)

Lo que cambió no son los deportistas: cambió la idea de edad

Los deportistas funcionan como adelantados culturales. Llegan antes que el resto a un lugar al que después, tarde o temprano, llega toda la sociedad. Pasó con el trabajo remoto. Pasó con la fertilidad tardía. Pasó con las familias ensambladas.

Hace cuarenta años, un futbolista de 40 jugando un Mundial era una rareza que se contaba como curiosidad de color. Hoy hay ocho en el mismo torneo. Hace cuarenta años, una mujer de 90 corriendo competitivamente habría sido material para una nota sobre excentricidades. Hoy es una línea de investigación científica con nombre propio y financiamiento internacional.

Por eso quizás la noticia de este Mundial no sea Messi. Ni Ronaldo. Ni Modric.

La noticia es que estamos viendo nacer una categoría humana que no existía antes: personas que llegan a edades que durante todo el siglo pasado asociábamos automáticamente con el retiro o la fragilidad, y que en cambio siguen acumulando proyectos, entrenamiento, competencias y objetivos que todavía no se cumplieron.

Durante siglos pensamos que la edad era un reloj: algo que solamente avanzaba, que solamente restaba, que no se podía negociar. Ahora empezamos a descubrir que también es una habilidad. Una que se entrena. Una que algunos, como un mecánico jubilado de Toledo o una bioquímica de Padua, aprenden a dominar mucho después de que todos los demás hayan dado por terminada la partida.

Messi se identificó con Nadal por la resiliencia, no por el cuerpo. Tal vez ahí estaba, sin que él lo planeara, la frase que mejor explica todo esto: lo que envejece bien no es solamente el músculo. Es la cabeza que decide seguir jugando.

Fuente: Infobae

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