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Nadia Comaneci a los 64: «Campeón es quien sabe atravesar lo que le toca sin hundirse»

Pocos han olvidado el momento en que una adolescente de Rumania, en solo 17 segundos de rutina gimnástica, rompió todas las marcas al obtener un 10 perfecto. De la noche a la mañana, esta menuda atleta se transformó en una figura mundial al conseguir lo nunca visto en los Juegos Olímpicos de Montreal, Canadá, en 1976.

De pronto, la gimnasia artística se volvió un fenómeno global y casi todas las niñas soñaron con emular a Nadia Comaneci. Hoy, a sus 64 años, en una conversación con la revista Elle, la rumana repasa su carrera y reflexiona sobre el efecto de su actuación, que aún resuena con fuerza.

Nadia Comaneci nació en 1961 tras la Cortina de Hierro, en Onesti, Rumania, cuando el este europeo aún vivía bajo el yugo soviético. La pugna entre el bloque capitalista y el comunista no solo se daba en lo militar, el espacio o la cultura: el deporte era un campo de batalla clave entre Oriente y Occidente.

Todos los países del llamado socialismo real destinaban enormes recursos para cosechar el mayor número de medallas olímpicas. Aquella política estatal rendía frutos considerables.

Sin embargo, el caso de Nadia Comaneci fue excepcional. Con su figura menuda, serena, precisa, su rostro aún infantil y el cabello sujeto con una cinta, combinó una actitud grave pero natural para ejecutar una técnica impecable en las barras asimétricas, lo que le otorgó fama instantánea y la convirtió en un ícono de su disciplina.

Su hazaña fue tan inesperada que los marcadores no estaban preparados para el 10 y mostraron un 1.00, mientras el estadio entero la aclamaba y ella apenas comprendía lo que ocurría.

Han transcurrido cincuenta años desde aquel hito. Como tantos otros atletas de regímenes comunistas, Nadia terminó huyendo de Rumania. Se casó con el gimnasta estadounidense Bart Conner y se estableció en Oklahoma, donde dirigen una escuela de gimnasia.

En abril de 2026, recibió un homenaje en Madrid durante una gala en la que le otorgaron el premio a la Trayectoria Profesional, entregado por su esposo, Bart Conner, y la gimnasta Simone Biles.

Nadia Comaneci recibiendo el Laureus World Sports Awards en el Palacio de Cibeles, Madrid, en abril de 2026 (REUTERS/Isabel Infantes)

Elle le preguntó qué significaba hoy aquel 10 de Montreal, y Comaneci respondió: “Resulta fascinante que algo tan breve (17 segundos) haya tenido una vida tan larga, hasta convertirse en una referencia universal”. Añadió que “ese 10 perfecto sigue vivo porque, de alguna manera, ofreció esperanza y alegría a muchas personas”, funcionando como “un horizonte y una aspiración”.

“Cerrar ahora ese círculo me emociona -prosiguió-. Me siento agradecida y honrada de que aquel instante siga vivo, y más todavía en una sociedad que tiende a olvidar tan deprisa. Y, sin embargo, ha dejado una huella real: aún me encuentro con personas que recuerdan dónde estaban, cómo lo vivieron, cuánto les inspiró. Eso me conmueve, sobre todo cuando son mujeres que entonces eran niñas. Yo no era consciente en aquel momento, pero ahora entiendo que, en tiempos complicados, aquello ofreció algo de luz, de alegría y de esperanza.”

Contó que, desde pequeña, la gimnasia fue su espacio para canalizar energía y que no toleraba que le dijeran “las niñas no pueden hacer esto”; lo veía no como un obstáculo, sino como un estímulo.

Pero el camino no fue solo de triunfos; también hubo derrotas. En diálogo con Claudia Saiz Puig, jefa de Actualidad de Elle, Comaneci señaló: “Es parte esencial del proceso, y más en la gimnasia. No siempre fui un 10: me he caído, y a veces de forma contundente. Pero fallar no es, ni debería ser, un problema. Si entras en un gimnasio, ves a personas errando todo el rato, y nadie las juzga, porque es así como se aprende. No se trata de perseguir la perfección inmediata, sino de progresar. Si hoy te sale mal cinco veces, mañana intentas que sólo sean dos”.

“La excelencia no llega de un día para otro —insistió—: requiere tiempo, experiencia, muchas pruebas. También hay que educar tanto el cuerpo como la mente. Puedes rendir de forma impecable en los entrenamientos y fracasar en competición. Por eso es fundamental aprender a sostenerse incluso en los días difíciles. Siempre lo digo, un gran campeón es quien sabe ganar en un mal día. Porque todos los tenemos; la diferencia está en cómo decides atravesarlos.”

Nadia Comaneci:

Es importante recordar que Comaneci se formó en una época donde la psicología no era parte del entrenamiento. No existía apoyo emocional para los atletas a ese nivel. “Cada una tenía que aprender a gestionarlo por su cuenta. En mi caso, lo entendía como tener siempre un plan B, incluso un plan C. Porque no todos los días son buenos, y cuando no lo son, necesitas encontrar la manera de mantenerte, de comprender qué te ocurre y cómo seguir adelante. Era un aprendizaje silencioso, pero necesario.”

Su estrategia consistía en fijarse metas más accesibles cuando lo más difícil se resistía. “Abandonar no era una opción, ni siquiera se contemplaba, así que la ruta era adaptarse para poder seguir progresando”.

El deporte le enseñó a escucharse y a entender su cuerpo: “Si te exiges sin atender a lo que necesitas, tarde o temprano te pasa factura. Vivimos muy deprisa, y cuando caes de verdad, levantarse resulta mucho más complejo.”

También se refirió a cómo se adapta a los cambios que su cuerpo experimenta con los años: “Con los años aprendes a aceptar y a valorar lo que tienes, a sacar lo mejor de ti misma desde otro lugar. Para mí, entrenar sigue siendo una forma de bienestar, una manera de conectar conmigo. Me siento en paz con quien soy y con cómo soy. Y creo que eso nace de cuidarte, de hacer cosas buenas para ti. Y desde ahí, también puedes dar a los demás”.

Comaneci expresó además su admiración por dos jóvenes gimnastas que brillaron en París: Simone Biles y Rebeca Andrade.

Simone Biles, Nadia Comaneci y Rebeca Andrade, en el Laureus World Sports Awards - Madrid (REUTERS/Juan Medina)

“Son extraordinarias —dijo—. Simone es pura potencia, con una capacidad atlética inmejorable, asume una dificultad que redefine los límites. Además, ha tenido el valor de abrir una conversación necesaria sobre la salud mental en el deporte de élite. Rebeca, en cambio, combina esa dificultad con una enorme sensibilidad artística; tiene una presencia casi magnética. Me emociona verlas competir, porque encarnan generaciones distintas que, juntas, inspiran a las que vienen detrás. Al final, de eso se trata el legado, de seguir vivos en otros.”

Para Comaneci, el deporte es también una herramienta para transformar vidas: “A lo largo de estos años, hemos puesto en marcha numerosos proyectos y ayudado a muchísimos niños, y cada vez que recuerdo los inicios de Laureus [N. de la R: la Academia que creó junto con otros íconos del deporte mundial] y su lema de que el deporte puede cambiar el mundo, me emociona aún más, porque es cierto. El deporte transformó mi vida y sigue mejorando la de muchos otros. A menudo entendemos la educación únicamente en términos académicos, pero el deporte también instruye. Un niño que juega está pensando, resolviendo, probando, corrigiendo. Corre, salta, se equivoca y vuelve a intentarlo. Y eso, en la actualidad, es crucial. Vivimos rodeados de estímulos inmediatos, de pantallas, de gratificación instantánea, y el deporte les ofrece algo diferente. Les enseña a fallar, a gestionar la frustración y a persistir”. El deporte, agregó, “les da herramientas para la vida, les ayuda a conocerse, a relacionarse y a enfrentarse a los desafíos reales.”

Nadia Comaneci en un momento de su consagración en 1976

Actualmente, Comaneci dice sentir pertenencia a “dos hogares”, Rumania y Oklahoma. “Ambos forman parte de quien soy. Si no hubiera nacido en mi país, no habría descubierto la gimnasia ni habría crecido junto a mi familia y mis primeros amigos. Todo eso me construyó. Hubo un momento en que las circunstancias se volvieron adversas y, como tantos otros, decidí marcharme. Tuve la suerte de poder hacerlo. Pero no reniego de nada. Incluso de las experiencias más complejas intento extraer algo valioso. Al final, un campeón en la vida es quien sabe atravesar lo que le toca sin hundirse. Por eso creo que mi historia puede servir a los demás. Demuestra que es posible salir adelante si eres fuerte, te rodeas bien y no te rindes.”

Fuente: Infobae

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