Los delfines son criaturas marinas admiradas por su inteligencia y carácter sociable. Poseen uno de los cerebros más grandes y complejos del reino animal, comparable al humano en desarrollo cognitivo. Mientras nosotros desarrollamos un lenguaje gramatical estructurado, ellos perfeccionaron un sistema de silbidos vinculado a la ecolocalización y a un profundo plano emocional. Sin embargo, esta fascinante capacidad también tiene un lado sombrío: la agresividad que los machos emplean para aparearse con las hembras.
Una investigación publicada en 2014 en la revista Marine Mammal Science ya había revelado que los machos podían capturar a las hembras e incluso atacarlas a ellas o a sus crías si se negaban a copular. El científico Kevin Robinson documentó que, en muchas ocasiones, matan a la cría de la hembra con la que no lograron completar el apareamiento, como estrategia para inducir su fertilidad en pocos meses.
Ahora, un nuevo estudio en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) descubre la técnica que han desarrollado las hembras de delfín mular del Indo-Pacífico para enfrentar la violencia social. La investigación, liderada por Alice Bouchard y Stephanie L. King de la Universidad de Bristol (Reino Unido), con colaboradores de Suiza, Dinamarca, Estados Unidos y Australia, examinó a los delfines de las claras aguas de Shark Bay (Australia). Allí, las hembras han aprendido a identificar los silbidos de los machos más agresivos y los usan como señal de alarma para escapar antes de ser interceptadas.

Las hembras recuerdan el historial violento de los machos
La sociedad de delfines en esta zona australiana es reconocida por su complejidad. Los machos forman alianzas multinivel, duraderas y elaboradas, para competir por el acceso a las hembras. Para lograrlo, recurren a tácticas coercitivas y violentas, conocidas como pastoreo o “consortship”: grupos de machos aliados acorralan y persiguen agresivamente a una hembra fértil, a veces durante semanas, con mordiscos, golpes y persecuciones para controlar sus movimientos.
Para las hembras, estas interacciones generan un costo enorme: riesgo de lesiones graves, pérdida de tiempo para alimentarse y la completa supresión de su capacidad de elegir pareja reproductiva. Ante esto, la evolución les ha dotado de herramientas cognitivas para defenderse. Los delfines mulares producen los llamados “silbidos firma”, señales vocales únicas y aprendidas que funcionan como nombres humanos, permitiendo el reconocimiento individual de cada animal.
El equipo científico diseñó un experimento en el que reprodujeron grabaciones de esos “nombres” masculinos a 17 hembras mediante altavoces submarinos, mientras documentaban sus reacciones desde el aire con drones equipados con cámaras de alta resolución. Sincronizando audio y video aéreo, midieron con precisión cómo y hacia dónde se movían las hembras al oír a un macho específico. Complementaron esto con décadas de datos conductuales a largo plazo de la misma población para conocer el historial de interacciones exacto entre los individuos evaluados.

Pueden detectar cómo se coordinan los machos a dos kilómetros de distancia
Los resultados del experimento fueron contundentes: el estado reproductivo de las hembras influía drásticamente en su respuesta. Aquellas potencialmente fértiles y disponibles para reproducirse —el principal objetivo del acoso— mostraron una respuesta de evitación y huida mucho más intensa ante los silbidos. Pero el hallazgo más fascinante es que las hembras no huían de todos los machos por igual. Se alejaban a mayor distancia y durante más tiempo cuando el sonido pertenecía a machos que, históricamente, tenían tasas de acoso más altas.
Esto demuestra que las hembras memorizan el comportamiento pasado de cada macho en particular. Como señalan los autores:
“Estos hallazgos resaltan cómo la comunicación y la cognición dan forma a las estrategias femeninas para gestionar las relaciones con los machos en una sociedad de mamíferos compleja”.
Sorprendentemente, esta fuerte aversión está más ligada a la reputación general del macho como acosador que al historial de agresividad sufrido por la propia hembra. Esto sugiere que las hembras adquieren conocimiento no solo por experiencia propia, sino observando cómo los machos tratan a otras compañeras de la manada, apoyándose entre ellas en momentos de hostigamiento mediante contacto físico afiliativo.
Esta asombrosa capacidad cognitiva coloca a los machos en una encrucijada. Necesitan silbar para comunicarse y coordinar sus ataques con sus aliados, pero sus silbidos pueden ser escuchados a más de dos kilómetros de distancia. Al hablar, revelan involuntariamente su identidad, dando a las hembras fértiles la oportunidad de escapar. “Esto demuestra que existe un equilibrio en materia de comunicación entre maximizar la coordinación con los aliados para garantizar las oportunidades de apareamiento y minimizar la detección por parte de las hembras en ciclo, con el fin de evitar la pérdida de oportunidades de apareamiento”, exponen los investigadores. Una vez más, la naturaleza demuestra que la supervivencia no siempre recae en la fuerza física, sino en la inteligencia social y en saber prestar atención a quién se acerca.
Fuente: Infobae