Es común pensar que las mascotas son un gran apoyo para la salud emocional de sus dueños, pero un estudio sobre gatos y perros indica que ese respaldo no opera como se cree: la interacción con el animal puede mejorar el estado de ánimo general, aunque no necesariamente reduce el estrés en el momento.
El estudio, publicado en la revista Frontiers in Psychology y dirigido por la psicóloga Mayke Janssens, profesora en The Open University, examinó información en tiempo real de 188 dueños de gatos y perros. Los hallazgos mostraron que interactuar con la mascota se relacionó con más afecto positivo y menos afecto negativo, pero no funcionó como amortiguador del estrés. En los gatos, una mayor intensidad de interacción se asoció con una conexión más fuerte entre el estrés y las emociones negativas.
Los científicos señalaron que la evidencia empírica sobre el llamado ‘efecto antiestrés’ de vivir con mascotas es heterogénea y, a veces, contradictoria. Su meta fue determinar qué sucede en el día a día, cuando surge el estrés y el lazo con el animal se manifiesta en acciones específicas.
¿Qué encontró el estudio?: bienestar emocional sí, amortiguación del estrés no

En líneas generales, los resultados fueron consistentes al evaluar el bienestar emocional momentáneo: pasar tiempo con gatos y perros se vinculó con un incremento de emociones positivas y una disminución de las negativas. Esta relación se presentó independientemente de la especie.
El punto clave fue otro.
“La interacción con cualquiera de las dos especies no actuó como amortiguador de las emociones negativas”, afirmó Janssens.
Es decir, el estudio no halló pruebas de que interactuar con el animal disminuya el impacto afectivo del estrés en el mismo momento en que se produce.
Los autores también resaltaron que los resultados indican que la capacidad de amortiguar el estrés no es el mecanismo que provoca el bienestar emocional momentáneo al interactuar con una mascota
, una conclusión que obliga a matizar la idea de que el vínculo humano-animal actúa como una ‘válvula de escape’ inmediata ante episodios de tensión.
El efecto específico en gatos: más interacción, peor respuesta al estrés

Uno de los descubrimientos más sorprendentes ocurrió en un contexto específico: participantes que indicaron sentirse estresados de forma momentánea. En ese grupo, las interacciones más intensas con su gato se relacionaron con una peor respuesta emocional.
“En los gatos, incluso observamos que un mayor nivel de interacción se asociaba con una relación más fuerte entre el estrés y las emociones negativas en los dueños”, sostuvo Janssens.
En el resumen del estudio, el equipo describió este patrón como un efecto específico de especie sobre el afecto negativo ante el estrés asociado a eventos: las interacciones con gatos amplificaron, en lugar de atenuar, la asociación entre estrés y afecto negativo.
Esta conclusión no significa que convivir con un gato sea dañino en general. El propio estudio registró beneficios emocionales momentáneos para ambas especies. Lo que sí indica es que, cuando el estrés ya está presente, una interacción más intensa con el gato puede no servir como apoyo inmediato y, en algunos casos, asociarse con un empeoramiento del estado afectivo.
¿Qué pasó con los perros?: ni mejores ni peores para el estrés

En el caso de los perros, el análisis estadístico no evidenció un efecto claro sobre el estrés: la interacción no se asoció con una disminución, pero tampoco con un aumento. En resumen, el perro no apareció como un ‘amortiguador’ del estrés en el momento, aunque sí se observó el patrón general de mayor afecto positivo y menor afecto negativo ligado a la interacción.
Para los investigadores, este contraste refuerza una lectura cautelosa: el bienestar emocional que muchas personas reportan al estar con sus mascotas puede ser real, pero no se explica necesariamente por una reducción inmediata del estrés.
Metodología: evaluación ecológica momentánea (EMA) y datos en tiempo real

El estudio se fundamentó en una metodología denominada evaluación ecológica momentánea (EMA). Los participantes recibieron notificaciones en sus teléfonos, hasta 10 veces al día, durante cinco días consecutivos. En cada alerta completaron un breve cuestionario sobre cómo se sentían en ese momento, su nivel de estrés y el grado de interacción con su mascota.
Este diseño permitió recolectar mediciones en condiciones cotidianas, no solo mediante entrevistas retrospectivas. En total, el equipo obtuvo 8.000 informes con datos en tiempo real, con mediciones repetidas ‘anidadas’ dentro de cada individuo, un enfoque que analizaron con regresiones multinivel y controles por edad, género y contexto social.
Posibles explicaciones: el tipo de interacción y la necesidad del momento

Los autores exploraron explicaciones posibles sin dar una respuesta definitiva. Una hipótesis fue propuesta por la psicóloga Sanne Peeters, investigadora de The Open University:
“Una posible explicación es que, dado que las interacciones con los gatos suelen ser más pasivas y menos exigentes, un mayor nivel de interacción podría resultar más emotivo”.
Ese componente emocional, según sugirió, podría no ajustarse a la necesidad de apoyo en momentos de estrés
.
Otra idea que surge de la lectura de los resultados es que el mecanismo de bienestar podría estar asociado a la sensación de compañía: sentirse acompañado, menos solo y más conectado. En ese caso, el beneficio emocional existiría, pero sería distinto a un efecto de ‘liberación’ de estrés en el instante.
Límites y cautelas: muestra y calidad de la interacción

Los autores advirtieron que el trabajo tiene límites que obligan a interpretar con prudencia. Uno de ellos fue la composición de la muestra: los dueños de gatos estuvieron subrepresentados respecto a los dueños de perros, un factor que podría sesgar los resultados.
Además, el estudio distinguió entre niveles de intensidad de interacción en el momento, pero no clasificó la interacción como positiva o negativa. No es lo mismo acariciar o abrazar al gato que intentar bañarlo. Esa diferencia puede ser decisiva para entender por qué una interacción intensa, en determinados contextos, se asocia con un empeoramiento del afecto en situaciones de estrés.
Qué significa para los dueños: no es gatos vs. perros, es contexto y preferencias

Lejos de plantear una competencia entre especies, el trabajo subraya que los beneficios emocionales momentáneos de interactuar con mascotas parecen existir y, además, ser similares en gatos y perros.
“No diría que una especie sea mejor mascota que otra”, afirmó Peeters. “Más bien, se trata de la personalidad y las preferencias del dueño”.
La principal conclusión del equipo fue que el bienestar asociado a la interacción con perros y gatos no necesariamente se explica por una reducción inmediata del estrés. En el caso de los gatos, incluso se observó un patrón en el que una mayor interacción se vinculó con una conexión más fuerte entre estrés y emociones negativas, un resultado que abre nuevas preguntas sobre el contexto y el tipo de vínculo que se activa cuando el estrés aparece.
Fuente: Infobae