La historia de Eduardo y Eva: ¿y si el amor de tu vida no es tu pareja?

Una estupidez de viejo, me dije. Eso es lo que estás haciendo, pero igual escribí su nombre en el buscador.

Eva Ibarra.

La pantalla se llenó de mujeres que no eran ella, así que probé con otro camino: Santiago Ibarra, su hermano.

Mientras esperaba los resultados, hice cuentas en el aire como un chico en la escuela. Él tenía dieciocho años cuando yo salía con Eva. Luego vinieron nuestros siete años de novios. Desde que nos separamos habían pasado treinta y siete años. Una vida entera.

De pronto apareció la cara de Santiago, con la misma sonrisa de entonces, los mismos ojos que también eran los de Eva. Con mi corazón acelerándose, abrí su perfil con la ansiedad de un arqueólogo que encuentra la tumba que buscó toda su vida. Vi paisajes, cumpleaños, nietos, perros, fotos de vacaciones. Hasta que apareció ella. Me quedé congelado; qué hermosa.

Claro que los años habían pasado por mí también. Pero había algo intacto: su pelo rebelde y esa sonrisa incómoda de quien no sabe qué hacer frente a una cámara. Sentí que algo se rompía adentro mío, o quizás solo se acomodaba. Me sequé mis ojos llorosos antes de escribirle a Santiago.

—Hola, Santiago. ¿Cómo estás? Cuarenta años sin saber de ustedes… ¿Te acordás de mí?

La respuesta llegó enseguida: —¡Eduardo! ¿Cómo te trató la vida?

Intercambiamos frases y le pregunté por Roxana. Me dijo que seguían juntos. Sin dar más vueltas, hice lo único que me importaba.

—¿Y Eva? ¿Cómo está Eva?

Aparecieron los tres puntitos de que estaba contestando, desaparecieron y volvieron a aparecer mientras yo creía que me iba a morir de un infarto. No podía dejar de mirar la pantalla. ¿Y si ella no quería saber nada de mí? ¿Y si me odiaba? ¿Y si treinta y siete años eran demasiado tiempo?

Finalmente llegó la respuesta. Santiago me dijo que Eva estaba muy bien, que se había casado, se fue a vivir al sur, tuvo dos hijas, enviudó el año pasado y volvió para estar cerca de los nietos.

“Enviudó”. Esa palabra me partió al medio como un rayo. No sentí tristeza, sino alivio, e inmediatamente tensión. Sin esperar treinta segundos, me encontré pidiéndole su teléfono.

Santiago me pasó el número, lo agendé, me despedí, cerré la computadora, y me quedé mirando la pared. No estaba pensando en Eva sino en mí. En el hombre que había sido y en el que había dejado de ser.

Aunque solo estuvimos siete años juntos, Eva había sido el amor de mi vida. Soñábamos con una casa, un futuro, hijos. Pero una noche me acosté con otra mujer que quedó embarazada. En esos tiempos, las opciones eran limitadas: o te casabas o te casabas. Así que cité a Eva en un café, donde le conté la verdad mientras veía la taza entre sus manos. Fue la última vez que la vi llorar y la última vez que la vi.

Poco después me casé con Clara. Siempre pensé que en aquel café no perdí una novia, sino una vida. Porque una cosa es saber que no sos feliz, y otra muy distinta es saber exactamente dónde está tu felicidad, con nombre y apellido, y pasar cuarenta años viviendo lejos de ella.

Durante décadas intenté convencerme de que hice lo correcto. Lo correcto me dio familia, estabilidad, una vida respetable, pero nunca me dio paz. Eva seguía viviendo conmigo en canciones, mujeres de pelo oscuro, perfumes de desconocidas, ciertos amaneceres, ciertas noches. Yo fingía que no estaba, pero siempre estaba.

Cuando Santiago me dio ese teléfono, entendí que ya no había excusas. La llamé esa misma tarde y al escuchar su voz sentí algo imposible de explicar: como volver a casa después de estar perdido treinta y siete años. Hablamos poco, pero parecía que nos habíamos dicho todo. Quedamos en encontrarnos al día siguiente.

Esa noche hablé con Clara. Era una buena mujer que nunca me engañó ni me faltó el respeto. Criamos hijos, enterramos padres, compartimos cumpleaños, navidades, enfermedades. Una vida. Pero compartir una vida no significa sentirse vivo dentro de ella.

Clara me miró y preguntó: —¿Es por ella, no? Asentí. No lloró, lo cual fue peor. Su silencio pesaba cuarenta años. Dos personas pueden caminar juntas toda una vida y aun así no encontrarse nunca.

A la mañana siguiente salí a buscar un departamento. No por creer que Eva se mudaría conmigo o por un final de película, sino porque por primera vez en décadas hacía algo por mí. ¿Era una locura? Por supuesto. Yo sentía exactamente lo contrario: que quizás, por primera vez en cuarenta años, estaba más vivo que nunca.

Llegué al café media hora antes y me pedí un cortado, luego otro y otro. Cuando ella entró, me quedé helado. Nuestras miradas se encontraron y sonrió. La misma sonrisa. Entendí que no había ido a recuperar el pasado, sino a comprobar que no era una idealización. Que durante todos esos años había amado a una persona de verdad, a una mujer que no era mi esposa.

Hablamos durante horas, luego al día siguiente, y al otro, hasta que un día dejamos de despedirnos. Ahora, por las noches, nos quedamos abrazados, mirándonos a cinco centímetros de distancia, como dos adolescentes. Quizás más que adolescentes, somos dos sobrevivientes.

Ella todavía teme que vuelva a lastimarla, y yo, en medio de esta felicidad indescriptible, me quiero morir al pensar en el tiempo perdido. Algunas noches me angustia recordar que hubo otro hombre que compartió con ella hijos, nietos, una familia. Yo quiero ser el amor de su vida, pero ¿a dónde me paro frente a un vínculo así?

La vida no me devuelve lo perdido, sino otra cosa: más frágil, más consciente, más verdadera. Durante años pensé que el tiempo había pasado, pero estaba equivocado. El tiempo no había pasado, sino que me había esperado. Y una tarde cualquiera, detrás de una pantalla, decidió darme una segunda oportunidad.

No sé cuánto nos queda: cinco, diez, veinte años. Ya no importa. Lo que importa es que después de casi cuarenta años de exilio, volví a sentir algo que creía perdido para siempre: la sensación de que mi vida está ocurriendo mientras la vivo.

Fuente: Infobae

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