Hace una semana, un nuevo episodio de violencia sacudió a una escuela de Tandil: un estudiante lanzó una silla durante una clase y un profesor sufrió la fractura de su mandíbula.
Escenas perturbadoras como esta se suman a una constante en todo el país: amenazas de tiroteos, pintadas intimidatorias, violencia verbal y física. Además, los llamados retos virales se filtran en las aulas, donde la crueldad suele ser parte del desafío. Lo que más impacta es el escenario y sus protagonistas: no imaginábamos que las escuelas y los niños pudieran estar vinculados a violencias de tal magnitud. Al menos en Argentina, no lo creíamos posible. ¿Qué hacer, entonces, con el miedo y la incertidumbre que generan estos hechos?
El primer punto que debemos tener claro es que la violencia que irrumpe en las escuelas es, ante todo, social. La escuela actúa hoy como una caja de resonancia de la sociedad de la que forma parte, el lugar donde aterrizan las formas en que la comunidad maneja miedos, conflictos y límites (o su ausencia). Fenómenos como la desigualdad, el desamparo, los discursos de odio y la fascinación por las armas circulan directa o indirectamente en las aulas. Esto no es nuevo. Y debemos ser honestos: la escuela no puede resolverlo todo y mucho menos sola, pero tiene la obligación irrenunciable de intervenir protegiendo, enseñando y buscando vías de reparación.
Cuando aparecen amenazas, intimidaciones o un alumno lleva un objeto para asustar a sus compañeros, la prioridad absoluta es garantizar la seguridad de estudiantes y docentes: primero se protege, después se analiza. La improvisación y la minimización no son opciones. Activados los protocolos correspondientes y con la intervención de las autoridades, el paso crucial es comunicar con honestidad a las familias para frenar el rumor que desorganiza y genera pánico.
Pasado el momento crítico, llega un tiempo más profundo y probablemente menos visible: trabajar sobre lo ocurrido. Decimos menos visible porque el foco mediático suele apagarse rápido. Cabe preguntarnos: ¿alguno de nosotros sabe en qué estado se encuentra la Escuela N° 40 “Mariano Moreno” de San Cristóbal, en la provincia de Santa Fe, tras el trágico suceso que terminó con la vida de Ian Cabrera de 13 años y dejó varios heridos? ¿Qué medio de comunicación tuvo la necesidad de contar, tiempo después de la tragedia, qué cambió, qué se hizo o cómo se recuperó la vida escolar luego de lo ocurrido?
Detrás de cada uno de los mensajes o desafíos que se propagan por las redes, las instituciones enfrentan una encrucijada inédita. Aunque comience como un reto viral, en la escuela no se puede considerar una broma porque el miedo que provoca es real. Una amenaza altera por completo el día a día de la escuela, afecta los lazos pedagógicos y trastorna el funcionamiento habitual de las clases. No estamos ante una travesura estudiantil o una simple transgresión; estamos frente a un formato de época que viaja a velocidades tecnológicas y encuentra audiencias dispuestas a replicarlo. Ante este escenario, la urgencia nos enseña que lo primero no es interpretar, sino proteger. Solo cuando se garantiza el resguardo de toda la comunidad, se abre el espacio para pensar la violencia a través de la palabra y la intervención de los adultos.
Un mensaje amenazante o una pintada pueden representar un delito, un reto viral que se imita o la simple búsqueda de impacto en las redes, pero por debajo expresan sufrimiento psíquico y vínculos que están dañados. Cuando estas cosas suceden, se pone a prueba la capacidad de los adultos para sostener la autoridad pedagógica y ser garantes de derechos. Sancionar puede ser necesario, pero creer que eso alcanza, no.
En este punto, el rol de las familias es decisivo. No solo porque muchas de estas situaciones se detectan primero en comentarios de nuestros hijos y en sus propios celulares y perfiles de redes sociales como Instagram o TikTok, sino porque el entorno digital ya no es un afuera de la vida escolar; es parte de su cotidianeidad. Supervisar el uso de redes, conversar sobre lo que circula, no reenviar capturas por las dudas y no replicar contenidos en los chats de WhatsApp que amplifiquen el pánico, son formas de cuidado que hacen a la responsabilidad adulta compartida entre las familias y la escuela. El cuidado digital hoy debe ser parte de la educación y la crianza.
Es por eso que insistimos en la necesaria alianza entre escuela, familias y Estado para anticipar los conflictos antes de que escalen y abordarlos cuando ocurren. Cuidar implica la suma de criterios institucionales eficaces, adultos comunicados y la decisión colectiva de no banalizar la crueldad. Ninguna institución puede prometer riesgo cero en una sociedad como la actual que es compleja, desigual e individualista. La escuela sola no puede, pero sin la escuela no se puede.
Criterios de orientación frente a una situación intimidatoria
- Tomar toda situación en serio: No minimizarla jamás como un chiste, reto viral o travesura escolar.
- Activar los protocolos de protección: Lo primero es cuidar y resguardar; debatir o analizar viene después.
- Preservar la evidencia: Guardar capturas de pantalla o mensajes intimidatorios de manera oficial, sin multiplicarlos ni viralizarlos de forma privada.
- Comunicar con claridad institucional: Informar a la comunidad qué se sabe, qué no y qué medidas se están tomando de manera oficial para evitar silencios largos que alimenten versiones.
- No alimentar el rumor: Ni las familias en sus chats ni los medios de comunicación en sus coberturas deberían convertirse en amplificadores del miedo.
- Intervenir después de la urgencia: Elaborar institucionalmente lo ocurrido con estudiantes, docentes y familias para que no quede solo como un episodio violento aislado.
- Reforzar el cuidado digital: Supervisar el uso de pantallas y desmontar la idea de que la intimidación virtual no tiene consecuencias reales.
- Alianzas escuela y familias: Construir espacios de co-responsabilidad.
- Sostener la presencia: No dejar a los chicos solos con la ansiedad y el miedo.
Fuente: Infobae