La pregunta resuena en la pantalla y en los materiales de promoción: “¿Es posible ser trans sin sufrir tanto?”.
La historia de Tristán Alexander Miranda desafía los estereotipos. No nace desde el dolor ni desde la exclusión. En el documental Tristán y los días por venir, el protagonista no es un adolescente trans que sufre su cambio identitario, que se enfrenta a golpes con su entorno o que vive rechazado. Por el contrario, su madre lo abraza, sus amigos lo apoyan, su escuela lo contiene y el Estado le otorga derechos que facilitan su proceso. Eso no significa que el camino haya sido sencillo o que haya estado libre de altibajos y tensiones.
Tampoco se trata de una historia de marginalidad.
El tráiler de la película comienza con una voz infantil pero firme:
—Tristán Alexander.
—¿Con “x”, verdad? —pregunta una mujer adulta.
—Sí.
Y concluye con la imagen de un joven de unos veinte años, con la bandera del orgullo trans como capa anudada al cuello, barba y bigote incipientes, lentes, piercing en la nariz y un abanico en la mano, en medio de una marcha. De fondo se escucha: “Vienen por nuestros derechos. Hay que seguir defendiéndolos. Hay que seguir construyendo el mundo en el que queremos vivir”.
Entre ambos momentos transcurren siete años.

La historia arranca con un adolescente de 15 años que había decidido exteriorizar lo que en su interior ya era claro: habitaba un cuerpo que le resultaba incómodo. Estaba determinado a avanzar en todos los planos de su vida hacia su identidad, que ya latía con fuerza: cambiar su DNI, modificar su cuerpo y desplegar plenamente quien sabía que era. Ese proceso lo comparte con su familia y sus pares. Todo queda registrado en un documental filmado a lo largo del tiempo, que sus directoras, Martina Matzkin y Gabriela Uassouf, definen como “un retrato del crecer”.
—En realidad creo que ni siquiera me dijeron: “Vamos a hacer un documental”. Dijeron algo como: “Vamos a filmar un par de cosas, a ver qué sale” —recuerda Tristán Alexander Miranda, ahora de 22 años, al repasar cómo surgió la idea con Martina y Gabriela. Lo que comenzó como registros esporádicos de momentos —hitos y cotidianidad— terminó siendo siete años de filmación que documentan su transición de género, pero también su paso de la pubertad a la adolescencia y de ahí a la primera adultez, en un país que también cambió de colores, banderas e ideas.
—No tuvo siempre una dirección tan clara —continúa Tristán—. Con pocos recursos empezamos a filmar sin muchos planes. A veces las directoras decían: “Bueno, capaz hacemos esto”. Como yo recién empezaba mi transición social y legal, estuvo bueno documentar eso. Pero no teníamos una idea fija de hacia dónde iba. Y terminó siendo algo muy lindo.
Martina Matzkin y Gabriela Uassouf ya conocían a Tristán. Juntas habían codirigido el documental Cuidadoras (producido por Groncho estudio, estrenado en 2025), que narraba la experiencia de tres mujeres trans trabajando como cuidadoras en un hogar público para adultos mayores. Durante ese proceso, Martina escribió un corto de ficción, El nombre del hijo, sobre Lucho, un niño trans de 13 años, y los vínculos con su padre. Invitó a Gabriela a sumarse. Hicieron un casting para el papel protagónico: buscaban a un niño o preadolescente trans.
—Conocimos un montón de pibes en ese camino —dice Gabriela—. Elegimos juntas a Tristán como protagonista por su sensibilidad y su potencial. Nunca había estado frente a cámara ni había actuado. Al filmar El nombre del hijo y forjar una relación con Tristán y su mamá, Virginia, empezamos a compartir otras cosas de la vida. Ahí resurgió un proyecto inicial de Martu sobre adolescencias y crecimiento. No sabíamos bien qué era. Esta peli tuvo una infinidad de formas hasta que encontró la suya.

Tristán comenzó a contar lo que sentía, dispuesto a encarar su transición, a los 13 años. Con su madre, emprendió una búsqueda de información, espacios y comunidades de niñeces y adolescencias trans para hacer red. Se sumaron a la Asociación Civil Infancias Libres y luego a Munay, una agrupación de familias de niñes y adolescentes trans, travestis y no binaries. En una de esas comunidades circuló el flyer para el casting y Tristán se presentó.
“Era mi primera vez actuando frente a cámara”, dice Tristán, pero no era su primera vez interpretando un papel. “Siempre hice teatro, comedia musical, me gustó actuar. Mi familia cuenta que desde chico fui muy teatrero: me subía a la mesa y cantaba canciones de Floricienta. Era una de las tantas cosas que me gustaban”.
Tristán fue al casting más por curiosidad, para probar un hobby, que por aspiraciones de convertirse en actor. Tras quedarse con el protagónico y trabajar con Martina y Gabriela, no dudó cuando le propusieron acompañarlo y registrar distintos momentos de su vida.
—Hay momentos filmados en los que me sentía muy mal —confiesa Tristán—. Ahora me gusta verlo y entender que no era tan terrible, o que estoy mejor. O verme cuando era chico y creía imposibles los cambios físicos que quería en mi transición. Veía a otras personas documentando su proceso y pensaba: “No sé si yo voy a poder”. Pero se fue dando, y fue más rápido de lo que imaginaba. A los 15 o 16 años no pensaba que a los 19 podría hacerme la masculinización de tórax. Es una de las mejores cosas que me pasó en la vida; desde entonces soy mucho más feliz en mi cuerpo. Toda la angustia de los 14 por tener que salir del clóset ya no está. En ese momento sentía que iba a estar así toda la vida. También hay cosas que no tienen que ver con transicionar: mi vida con amigues, mi pareja, mi familia. Es humanizante, porque las personas piensan que las personas trans solo somos trans, pero antes somos personas.
Sobre la elección de los momentos registrados, Martina explica que, aunque la película tenía un rumbo, “se fue construyendo en el hacer”. Un ejemplo impredecible fue la pandemia: decidieron filmar igual, con todas las dificultades y la certeza de que no querían perderse ciertos hitos, aunque no supieran dónde encajarían. “De pronto, Tristán tuvo la posibilidad de cambiar su partida de nacimiento y recibir un nuevo DNI, y queríamos estar ahí. O el día de su graduación de secundaria, un cumpleaños. Pero también nos interesaba la cotidianidad, porque la vida no es un compendio de hitos. Fue una combinación de momentos seguros y vida diaria. No sabíamos cuánto duraría la filmación; un retrato del crecer podría ser eterno. Al principio pensábamos un plazo más corto, pero la fuerza vital de acompañar un crecimiento, de ver los cambios en Tristán, su entorno y el contexto sociopolítico, nos hizo seguir”.
Gabriela añade: “El rodaje evolucionó con la película y con el crecimiento de Tristán y el vínculo entre él y nosotras. Le agradezco públicamente todo lo que nos bancó. Siendo adolescente, a veces no tenés ganas de filmar. Hubo momentos en los que claramente prefería estar haciendo otra cosa, pero igual le ponía el cuerpo. En la escuela, por ejemplo, él ya tenía mucho camino recorrido y manejo del terreno. Encontramos una institución que lo comprendía y acogía mucho, pero el camino no fue fácil. Hacia el final del rodaje, era Tristán quien nos proponía más cosas para filmar. La película evolucionó con él y con nosotras”.
—Pensar en el documental como “un retrato del crecer” es acertado —agrega Martina—. Muestra una edad en la que uno busca quién es en el mundo, cómo relacionarse y cómo el mundo se relaciona con uno. Es un retrato de esa etapa, de salir de burbujas de la niñez y empezar a ver dónde meterse. Es conmovedor. Como adultes, no siempre miramos atrás para ver cómo construimos quienes somos. También es difícil comprender la construcción de otre en la actualidad. Nos separan unos quince años de Tristán, y su mundo era otro. Está bueno pararse a mirar y entender cómo es adolecer hoy.

Tristán Alexander Miranda es de Trujui, la segunda ciudad más importante del partido de Moreno, en la Zona Oeste del Gran Buenos Aires. Cursó la secundaria en la Escuela N° 12 Cataratas del Iguazú. Tanto allí como en su primaria, los docentes fueron un refugio en su proceso identitario.
Contrastando con otras historias de infancias y adolescencias trans, la de Tristán parece sencilla, como si todos en su entorno hubieran tenido la mente abierta desde el principio. La realidad no fue exactamente así. No fue tan amable todo el tiempo, ni tan lineal.
—He tenido peleas con la familia —cuenta Tristán—. Personas que directamente no querían tratarme. Con mi abuela fue una historia chistosa. Ella no es tan grande, pero tiene otro pensamiento. No quería llamarme por mi nombre, me llamaba por el deadname. Entonces la ignoré durante menos de 12 horas. No lo soportó porque siempre fuimos muy unidos, ella me cuidaba. Se dio cuenta de que iba en serio y a la noche ya me estaba llamando por mi nombre. Me da ternura.
Con el resto de la familia fue más sencillo: “La familia de mi papá, que ya tiene otro pensamiento, me dijo: ‘Bueno, está bien. ¿Pero vas a seguir viniendo a comer los domingos, no?’”.
Cuando Tristán inició su transición, el contexto acompañaba. La Ley 26.743 de Identidad de Género, promulgada el 24 de mayo de 2012 y considerada por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos como una de las más avanzadas del mundo, regía con fuerza. Las rectificaciones de documentos eran habituales. Las luchas del colectivo se orientaban a más conquistas: cupos laborales, puestos en el Estado, en la política. Para cuando el rodaje terminó, el país y las ideas dominantes ya eran otras.
Tristán asegura que ese giro no lo afectó directamente, porque ya tenía resueltos sus cambios físicos y formales. Pero, como parte del colectivo, tiene cerca a muchas personas que piden nuevos documentos y reciben partidas con la identidad anterior. “Lo cual es inconstitucional, es ilegal, porque hay una ley que dice que debe ser de una forma”.
—Me enoja y me angustia que esto no se respete. No entiendo la necesidad de hacerle mal a personas que solo quieren estar bien consigo mismas. También me afecta económicamente. En la peli no se ve, pero a los 18 o 19 me mudé con amigues. Durante un año viví independizado, trabajaba como ilustrador y vivía bien. Ahora no estoy en la misma situación. Vivo con un roomie, quería seguir estudiando pero tuve que salir a buscar trabajo. No hay tiempo para estudiar. Hace unos años con unas comisiones a la semana vivía bien; ahora es difícil, incluso con un alquiler barato.

—¿Qué ves cuando te ves en el documental?
—Veo una historia muy linda que es, simplemente, la de crecer siendo una persona trans. Siento que puede ayudar a personas más jóvenes, que están descubriéndose o que saben que son trans y no saben cómo proceder. Puede ayudar con información sobre sus derechos o a salir del clóset. También a quienes tienen familiares trans. Me gustaría que la gente lo viera.
—¿Es posible ser trans sin sufrir tanto?
—Yo creo que sí. Espero que sí. Todes sufrimos por razones parecidas al crecer. Cuando veo historias de personas trans adultas de hace años, pienso que mi experiencia es igual de válida que la de quienes sufrieron persecución política, prisión o violencia física por su transición. Algo que leí una vez y desde entonces pienso es que ser trans no se trata de lo mal que te sentís siendo, sino de lo bien que podés sentirte con vos mismo. No es “soy trans: sufro”. Es qué tan mejor puedo estar. Yo no me mataría en el gimnasio para ser un chabón supermusculoso. Estoy bien, es algo que no pensaba que me pasaría. Me siento tan bien… Si sufro, es por la economía y por no tener tiempo para estudiar. No sufro por ser trans. Y me gustaría que fuera así para todes.
Fuente: Infobae