Cuando Robert E. Howard leyó la carta del editor de la revista Weird Tales, no pudo contener la emoción. Su enorme y macizo cuerpo saltó de alegría en la sala de su casa. Acto seguido, abrazó a su madre, levantándola del suelo mientras sus pequeños pies quedaban pataleando en el aire. La misiva confirmaba que Lanza y colmillo, el cuento que había enviado, sería publicado y, además, recibiría pago. Faltaban meses para que aquello ocurriera —finalmente salió en la edición de julio de 1925—, pero eso no importaba: ya estaba dentro. Y esperaban más relatos.
Robert ya no era un niño; tenía 18 años. Su primer cuento lo escribió a los nueve o diez años. Ya había publicado dos textos en la revista de su escuela. Fue su madre, Helen, quien le inculcó el amor por la literatura, con cariño y determinación. Quizás era una manera de alejarlo de su padre, un médico rural que pasaba poco tiempo en casa —Helen, celosa, sospechaba que tenía otra familia— y que había endeudado a la familia tras caer en una estafa de negocios. Problemas económicos y de convivencia marcaron esos años.
Creció en varias ciudades de Texas —se mudaban cada uno o dos años por el trabajo de su padre—, hasta que en 1919 se establecieron en Cross Plains, un pueblo de dos mil habitantes en plena fiebre del petróleo. En esa época, el boxeo era muy popular y Robert entrenaba todo lo que podía, pero su verdadera pasión era escribir. El acuerdo con su padre fue el siguiente: estudiaría contaduría y, una vez recibido, se tomaría un año para probar suerte con la literatura. Si fallaba, volvería a los números de manera definitiva.

“A-aea se agazapaba a la entrada de la cueva y miraba a Ga-nor con ojos llenos de admiración. Sus labores le interesaban, y él también, pero Ga-nor estaba demasiado concentrado en su trabajo para notarla. Sujeta en un recoveco de la pared, una antorcha iluminaba levemente la amplia cueva y, bajo su luz, Ga-nor trazaba con gran esfuerzo figuras en la pared”. Así comienza Lanza y colmillo. Es el cuento que abre El rey del pulp, una antología recién publicada por Walden, traducida por Juan Pablo Martese.
A partir de ese texto, el mundo se abrió para Howard. Entre 1924 y 1936 publicó más de trescientos relatos en Weird Tales, Argosy y Action Stories, revistas impresas en papel barato de pulpa de madera, con tirajes de miles y miles y miles de ejemplares. Ciencia ficción, western, horror, aventura histórica. “No eran considerados alta literatura, sino más bien ejercicios pasatistas, como lo serían las revistas de historietas hacia fines de los años treinta”, se lee en el prólogo del libro. En ese universo, Howard se convirtió en rey.
Lanza y colmillo se sitúa en un mundo prehistórico habitado por cromañones y neandertales. Es un imaginario poco habitual para nuestra época, pero también para la suya: mientras sus contemporáneos se enfocaban en los avances tecnológicos, él miraba en la dirección opuesta, hacia un primitivismo sepultado. “Tanto la chica como el joven eran especímenes perfectos de la gran raza de Cromañón, que surgió de quién sabe dónde para anunciar e imponer su supremacía sobre los animales y los hombres bestia”, se lee.

El rey del pulp avanza construyendo más universos. Cada uno gira sobre su propio eje, todos con una narración trepidante. Una historia sobre un tesoro oculto en un templo hondureño, otra sobre traficantes de esclavos, la historia de un viejo colono que no envejece y que, cuando el doctor le dice que morirá esa misma noche, responde: “¿A quién le importan un par de huesos rotos y unas tripas retorcidas? ¡A nadie! Lo que importa es el corazón. Mientras late, un hombre no muere. Mi corazón está sano. ¡Escúchalo! ¡Siéntelo!”

Detrás quedaron todos esos trabajos extenuantes, precarizados y monótonos. Se convirtió en un escritor de renombre. Creó personajes muy nombrados en su época, como Solomon Kane, Bran Mak Morn, Kull el Conquistador, El Borak. El más trascendente fue Conan el Bárbaro, que apareció por primera vez en Weird Tales en 1932. Se transformó en una serie de cuentos, historias y relatos. Luego, tras su muerte, vinieron novelas, cómics, películas, programas de televisión y videojuegos.
Con esa escritura voraz, desatada y arrolladora, estiró los límites del género de fantasía épica y creó un subgénero: espada y hechicería. Conan el Bárbaro es el mejor ejemplo. Héroes que empuñan espadas en pasados remotos que se mezclan entre la Edad Media y el misticismo, siempre batallando contra enemigos mágicos y terribles. Un imaginario que bebe de la Odisea de Homero y de la mitología nórdica. El término apareció en 1961, en una conversación entre Michael Moorcock y Fritz Leiber.
Fue un gran amigo de H.P. Lovecraft. Se escribieron cientos de cartas. Se leían, se apreciaban, se criticaban. Howard recibió el apodo de Two-Gun Bob (Bob Dos Pistolas), una referencia a sus largas explicaciones sobre la historia de Texas y los pistoleros. Debatían mucho sobre el antagonismo civilización-barbarie. Howard sostenía que “la barbarie es el estado natural de la humanidad” y que “la civilización es antinatural”. Para Lovecraft, en cambio, la civilización era la cima de la humanidad, su gran progreso.

Hacía calor en Texas. Era la mañana del 11 de junio de 1936. Howard subió a su Chevrolet Sedán 1935 estacionado frente a su casa, pero no arrancó. Habrá puesto las manos en el volante, lo habrá apretado con fuerza, habrá mirado varias veces por el espejo retrovisor, se habrá secado el sudor de la frente con el puño de la camisa, habrá dudado. Pero no. En un movimiento rápido y decidido, abrió la guantera, sacó una Colt automática, se la puso en la sien, cerró los ojos con fuerza y disparó.
Los doctores que atendían a su madre, internada por tuberculosis y que había entrado en un coma profundo, acababan de decirle que jamás despertaría. Su madre, la madre, todas las madres. No quiso imaginar un mundo sin ella, mucho menos estar en ese mundo. Dicen que dejó una nota de suicidio: un papel en su billetera con versos de la poeta británica Viola Garvin: “Todos huyeron, todo terminó, / así que levántame a la pira; / El festín ha terminado / y las lámparas se apagan”.
Fuente: Infobae