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Los velos del arte: Cuando la maestría ocultó la violencia como belleza

El arte se presenta como un universo de claroscuros, donde cada trazo y matiz despierta emociones que van desde el idealismo hasta la crudeza de la realidad. Todo queda inmortalizado en el lienzo: la ostentación del poder, la riqueza deslumbrante o el sufrimiento estampado en los rostros de la pobreza. Allí conviven sueños surreales, políticos impecables, estados absolutistas, botas manchadas de barro, guantes inmaculados, dioses ocultos tras máscaras y fieles atrapados en el fanatismo.

Todo está representado. Fijado. Naturalizado.

En este cosmos pictórico es posible descubrir cualquier cosa, porque incluso sin conocimiento previo, la emoción se siente y se experimenta. A través de los siglos, los velos de la maestría también han quedado enmarcados.

Recorrer museos, galerías o espacios callejeros coloca al espectador, casi sin darse cuenta, en una posición de pasividad. Cuando un recinto cultural abre sus puertas, ofrece la entrada a nuevas culturas, enseñanzas e historias fascinantes; el tiempo que se le dedique es una decisión personal, que termina en el momento en que la atención se desplaza hacia el siguiente estímulo.

La simple observación, las explicaciones de los expertos, un guía que habla varios idiomas, los colores vibrantes, la muerte retratada en escenas de guerra, los momentos cotidianos, los amantes que comparten espacio con retratos de reyes, todo ello convierte al visitante en un personaje más dentro de la escena. La información abunda para deleitar los sentidos y descubrir la expresión de los mundos que cada obra custodia celosamente.

El ámbito cultural, y en particular las pinturas de los grandes maestros, obligan a caminar en silencio pero con una intensa actividad interior, con sutileza y respetando las normas. Los protocolos ceremoniales lo exigen, y solo así se permite la presencia del visitante. Las salas imponentes, flanqueadas por obras de gran tamaño, muestran entre luces y sombras los trazos más sublimes. Palacios, decorados y vestimentas refinadas capturan la atención, aunque no es lo único que está representado.

Susana y los viejos, Artemisia Gentileschi, 1610. A diferencia de las versiones de Tintoretto y Rubens, aquí se retrató la escena desde la perspectiva de la víctima (Foto: Castillo Weissenstein - Pommersfelden)

En las obras hay historias y silencios, y es precisamente en esos silencios donde ni la paleta más bella puede ocultar la barbarie representada. Durante siglos, algunos grandes maestros usaron su posición y su técnica como un velo que cubrió escenas escalofriantes. Obras que son testimonios de opresiones sistémicas, que al ser observadas convierten al espectador en testigo; las mismas que, a veces, se perciben cientos de años después y se repiten fuera de los museos.

La mención del virtuosismo o las fusiones artísticas son términos habituales en las descripciones oficiales de ciertas pinturas, pero no logran ocultar la oscuridad que algunas encierran. En esa observación silenciosa a la que el visitante es invitado, se revela cómo el arte ha servido históricamente para perpetuar ciertas miradas a lo largo del tiempo. Fragmentos de poder absoluto, definidos mayoritariamente por grupos masculinos, muestran al hombre en acción y a la mujer como un objeto visual destinado a embellecer la escena.

Un ejemplo claro es Susana y los viejos. Las versiones masculinas de Tintoretto o Rubens suelen mostrar a una Susana vanidosa o coqueta, transformando el acoso en un espectáculo erótico. En cambio, la versión de Artemisia Gentileschi rompe ese molde: su obra es un estudio psicológico del horror y la repulsión, donde el foco está en la vulnerabilidad de la víctima, no en el placer del espectador.

'El rapto de las sabinas'. Bajo el manto de la épica mitológica, la pintura occidental normalizó durante siglos el rapto y la violencia sexual como gestas heroicas (Foto: Donación Hirsch, 1983 - Museo Nacional de Bellas Artes)

La estética del abuso se extiende desde los orígenes. Los raptos mitológicos —como El rapto de las sabinas, de Jacques-Louis David, o El rapto de las hijas de Leucipo, de Rubens— disfrazan la violencia sexual como una hazaña heroica o un sacrificio necesario para el Estado y el poder. Otra realidad se percibe en las obras de Edgar Degas, donde el voyerismo de ojo de cerradura reduce a las bailarinas —en su mayoría de clase humilde— a situaciones de explotación. Esas jóvenes, que podrían haber escapado de su condición original, conviven con otras que solo son cuerpos descartables, mercancías. Las niñas, observadas tras cortinas por figuras masculinas oscuras y parciales, remiten a una mirada que es menos la de un maestro y más la de un depredador.

Si bien los movimientos por la igualdad han cobrado fuerza en los últimos años, la mentalidad patriarcal aún resiste, se oculta y se encubre. Una creencia retrógrada sigue considerando lo femenino como algo que se puede poseer.

La violencia contra las mujeres no es un fenómeno nuevo. El arte refleja esa lucha, a veces manifiesta y otras veces naturalizada desde hace siglos. La falta de conciencia colectiva, la ausencia de respeto, de derechos y de límites parecen emerger condensadas, irresponsables, salvajes e inhumanas, protegidas por el anonimato de un poder sin límites. Ya no es solo un lienzo: es la vida cotidiana. Es el día a día, y más que conocimiento, se requiere acción y protección.

Hoy nos enfrentamos a las mismas imágenes, varios siglos después, y han sido expuestas por convertirse en víctimas. Como aquellas pequeñas bailarinas y doncellas, también tenían sueños que quedaron inconclusos, atrapados en la barbarie de un tiempo real.

Solo queda imaginar que la escena cambiará cuando se deje de ser visitante silencioso con la mirada perdida entre velos.

Fuente: Infobae

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