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La asertividad: clave para avanzar en el trabajo sin ser el más talentoso

Andrea llevaba tres años en su empresa. Era responsable, cumplida y tenía buenas ideas, pero casi nunca las expresaba. En reuniones prefería callar para «evitar problemas». Aceptaba con una sonrisa cuando no estaba de acuerdo y no decía nada al tener demasiado trabajo.

Un día llegó un nuevo compañero. No era el más experto ni el más brillante técnicamente, pero poseía algo diferente: sabía comunicarse. Preguntaba, proponía, negociaba y decía «no» cuando era necesario sin agresividad. En menos de un año lideraba proyectos importantes.

Andrea empezó a preguntarse algo incómodo: «¿por qué algunas personas avanzan más rápido, incluso cuando no necesariamente son las más talentosas?»

La respuesta suele estar en la comunicación, no en el currículum.

Durante años se creyó que la competitividad laboral dependía solo de conocimientos técnicos, productividad o experiencia. Sin embargo, el entorno actual exige algo más: la capacidad de relacionarse de forma inteligente, clara y respetuosa.

Ahí surge una habilidad que pasa desapercibida pero marca diferencias enormes: la asertividad.

Ser asertivo no es imponer ideas ni hablar más fuerte, ni agradar a todos. Es expresar opiniones, necesidades y límites de manera clara, directa y respetuosa, sin atropellar ni dejarse atropellar.

Parece simple, pero es una de las habilidades más difíciles de desarrollar.

Muchos crecieron pensando que callar evita conflictos; otros aprendieron que ser escuchados requiere agresividad. En ambos casos, la comunicación se rompe.

En el trabajo esto tiene graves consecuencias.

Equipos donde nadie expresa desacuerdos acumulan errores, tensiones y frustraciones. Por otro lado, ambientes dominados por personas agresivas generan desgaste, miedo y poca colaboración. En ambos extremos, la competitividad se debilita.

Las empresas más sólidas no son las que tienen menos conflictos, sino las que saben resolverlos mejor.

Y para resolverlos se necesita diálogo.

La investigación sobre asertividad revela algo interesante: las organizaciones más competitivas suelen fomentar culturas donde las personas pueden expresar ideas, hacer preguntas y proponer soluciones sin temor constante a ser ridiculizadas o ignoradas.

Cuando la gente siente que su voz vale, participa más. Cuando participa más, aparecen mejores decisiones.

La asertividad también impacta la confianza.

Pensemos en un líder que nunca comunica claramente sus expectativas. Un día felicita y al siguiente explota. Evita conversaciones incómodas y toma decisiones ambiguas. Con el tiempo, el equipo deja de confiar.

Ahora imaginemos lo contrario: un líder firme pero respetuoso, que escucha, reconoce errores y establece límites claros. Eso genera seguridad psicológica, un ambiente donde las personas aportan sin miedo.

La diferencia entre ambos escenarios afecta directamente la productividad, la innovación y el compromiso laboral.

Por eso hoy las empresas valoran cada vez más habilidades humanas que antes parecían «secundarias». Saber trabajar bajo presión ya no basta; también importa comunicarse bajo presión.

Y aquí un punto importante: la asertividad no es debilidad.

A menudo se confunde ser asertivo con ser «demasiado amable». En realidad, implica valentía: hablar cuando es más fácil callar, poner límites sin destruir relaciones, defender ideas sin humillar a otros.

La asertividad es el punto de equilibrio entre dos extremos peligrosos: la pasividad y la agresividad.

La persona pasiva evita confrontaciones aunque renuncie a sus necesidades. La agresiva impone sus ideas sin considerar a los demás. La asertiva busca soluciones donde ambas partes conservan dignidad y respeto.

Eso tiene un enorme impacto en la competitividad.

Un colaborador que comunica desacuerdos de forma inteligente evita errores costosos. Un gerente que da retroalimentación sin destruir la motivación mejora el desempeño. Un emprendedor que negocia con claridad y respeto fortalece relaciones comerciales.

Incluso la innovación depende de esto.

Muchas organizaciones dicen querer ideas nuevas, pero castigan cualquier opinión distinta. Así la creatividad se paraliza. La gente deja de proponer por temor a que expresar algo diferente sea un problema.

La asertividad crea espacios donde disentir no significa pelear.

Y eso es clave en un entorno competitivo cambiante. Además, hay otro aspecto poco mencionado: la relación entre asertividad y bienestar emocional.

Las personas que nunca expresan lo que sienten acumulan estrés, frustración y agotamiento. Decir siempre «sí», aceptar cargas excesivas o guardar desacuerdos por miedo al conflicto afecta la salud emocional y la satisfacción laboral.

Aprender a comunicar límites es una forma de autocuidado.

Por eso la asertividad no solo beneficia a las empresas, sino también la calidad de vida de quienes trabajan en ellas.

Curiosamente, algunas de las personas más admiradas profesionalmente no son las más agresivas ni dominantes. Son aquellas que combinan firmeza con empatía. Personas que saben escuchar y también decir lo que piensan.

Eso genera respeto genuino.

En un mercado laboral cada vez más competitivo, las habilidades técnicas siguen siendo importantes, pero ya no son suficientes. Hoy las organizaciones necesitan personas capaces de construir relaciones sanas, resolver conflictos, colaborar y liderar con inteligencia emocional.

La competitividad moderna también depende de cómo nos comunicamos.

Tal vez por eso Andrea finalmente decidió cambiar. En una reunión pidió la palabra y presentó una propuesta que guardaba desde hacía meses. No habló perfecto; estaba nerviosa. Pero por primera vez sintió que su voz tenía espacio.

La propuesta fue aprobada.

Ese día no solo ganó visibilidad, sino que entendió algo importante: competir no siempre significa hablar más fuerte. A veces significa aprender a expresarse mejor.

Porque en el trabajo, como en la vida, hay personas muy capaces que pasan desapercibidas simplemente porque nunca aprendieron a defender sus ideas con claridad y respeto.

Y en un mundo donde las relaciones humanas son cada vez más importantes, quizá la verdadera competitividad personal no está únicamente en lo que sabemos hacer, sino en cómo aprendemos a comunicarlo.

* Dra. Connie Atristain Suárez. Profesora Investigadora y Coordinadora de Proyectos Estratégicos en la Universidad Panamericana.

Fuente: Infobae

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