Indio Solari y la muerte: su canción epitafio y su última reflexión

El 5 de diciembre de 2025, exactamente seis meses atrás, el legendario músico argentino Carlos Alberto Solari, conocido mundialmente como el Indio Solari, sostuvo una conversación con el periodista Andy Kusnetzoff que giró en torno a uno de los temas más universales y esquivos: la muerte. Desde el primer momento, la charla se cargó de una tensión especial, pero el artista, figura indiscutible del rock argentino, desarmó cualquier expectativa al declarar con una naturalidad pasmosa: “A la muerte no le tengo ningún miedo”. Esta afirmación, lejos de ser una provocación, reveló una convicción forjada a lo largo de los años, y ahora, tras su partida, esas palabras adquieren un peso inédito y conmovedor.

No fue una confesión repentina ni un acto de valentía tardía. Cuando Kusnetzoff indagó si esa actitud de desapego frente al final era el resultado de un proceso interno, si antes hubo temor y solo quedó aceptación, el Indio Solari fue tajante: “No, no, no”. La ausencia de miedo no era un logro reciente ni una victoria sobre el tiempo; para él, la muerte siempre fue una presencia sin amenaza, una idea que jamás logró inquietarlo. Su respuesta, seca y directa, no dejó espacio para dudas.

Kusnetzoff, buscando alguna fisura en esa coraza de serenidad, insistió. Preguntó si en algún momento de su vida, ya sea en su juventud o en el presente, había sentido temor a la muerte. El músico, lejos de incomodarse, se sumergió en una reflexión personal: “La vida mía ha sido medio… ha pasado con pie… rápido”. En ese breve titubeo se coló una biografía intensa, marcada por un ritmo distinto, casi vertiginoso. Solari reconoció que su carácter y su entorno aceleraron su recorrido vital, dándole una perspectiva única sobre el tiempo y el final.

En ese mismo diálogo, el artista reveló cómo el entorno puede moldear y hasta distorsionar la experiencia de vivir. “Cuando tenés una personalidad como la mía, la gente te va transformando en un inútil también, porque te hacen todo”, sostuvo con una mezcla de sinceridad y autocrítica. No hubo vanidad en sus palabras, sino una mirada aguda hacia los privilegios y las concesiones que acompañaron a la fama. Las puertas se abrían solas, y esa comodidad, reconoció, terminó por malcriarlo, creando una paradoja de la notoriedad.

El cantante expuso la paradoja de quienes, por su talento o carisma, se ven rodeados de facilidades que, a la larga, los alejan de ciertas experiencias cotidianas. Fue un retrato sincero de los efectos secundarios de la notoriedad, de cómo la admiración ajena puede volver a alguien dependiente, casi pasivo, frente al mundo. Esta reflexión, lejos de ser una queja, se convirtió en una confesión íntima sobre las complejidades de la vida pública.

Kusnetzoff retomó el hilo de la muerte, intentando precisar si la ausencia de miedo suponía también una reflexión constante sobre el tema. Preguntó si la pensaba, si la enfrentaba desde algún lugar consciente. Solari respondió sin rodeos: “La tengo, la pienso en términos poéticos”. No hubo en su vida espacio para la angustia anticipada. Vivía, aseguró, “de la misma manera que cuando tenía veinte años en el presente”, sin detenerse a especular sobre el más allá. Para él, el presente era el único territorio real.

Solari matizó su postura al admitir que ni siquiera tenía las herramientas para imaginar cómo es morir. “No tengo ningún… No sé cómo abarcar la muerte”, confesó. La definió como una dimensión que excedía cualquier intento de comprensión racional, una suerte de gloria inabarcable. En esa frase, la muerte no fue ni amenaza ni misterio: fue un territorio abstracto, ajeno a la experiencia humana directa. Una idea que, por su inmensidad, solo podía ser contemplada desde la poesía.

Indio Solari describió su vida como un recorrido rápido, atravesado por su carácter y por un entorno que aceleró su experiencia

A lo largo de la charla, Kusnetzoff buscó comprender de dónde surgía esa serenidad. Pero Solari, fiel a su estilo, eligió no intelectualizar de más. Vivía en el presente, desatendiendo el ruido de lo inevitable. Frente a la muerte, no hubo miedo ni certeza, solo la intuición de que es, como la gloria, algo que siempre nos excede. Seis meses después, sus palabras resuenan como un testimonio de una vida vivida sin ataduras al futuro.

La muerte y yo: un epitafio adelantado

Naturalmente, aquella conversación con Kusnetzoff no fue la única vez que el Indio Solari habló de la muerte. Lo hizo en reportajes y, de manera más profunda, desde su obra artística. En ese panorama, su canción “Encuentro con un ángel amateur” puede leerse hoy como un epitafio que se anticipó cinco años a su desenlace. La letra, cargada de imágenes poéticas, ya contenía las claves de su despedida.

Publicada en 2021, cuando el artista ya no se presentaba en vivo de manera física y solo a través de hologramas, esta balada en guitarra acústica abre con dos estrofas que calaron hondo entre sus seguidores:

“Empiezo por el final / terminaré en el principio / Mis intereses quizás / no fueron saludables / Yo ya no puedo cumplir / hazañas que prometí / Solo seguir cantando”.

Estos versos, ahora, parecen una confesión adelantada de su propio final.

El artista admitió que no sabe cómo abarcar la muerte y la definió como una dimensión que excede la comprensión racional

Además, Solari se refirió a la muerte en sus conversaciones con el periodista Marcelo Figueras, que se compilaron en el libro de memorias Recuerdos que mienten un poco. Y lo hizo, como era su estilo, entre la ironía, el juego de palabras y una profundidad que solo alcanzan los artistas que saben cómo tocar fibras íntimas. “Solo aspiro a que la muerte me encuentre vivo”, se citó a sí mismo, para luego asegurar que le gustaría irse como Leonard Cohen, uno de sus artistas de cabecera: de manera tranquila y sin aspavientos.

La metáfora que utilizó para describir su partida ideal es, quizás, una de las más hermosas que dejó. “Levantándome en la mitad de una partida de póker sin llamar la atención, dejando las cartas sobre la mesa, sin interrumpir el juego y con la confianza de que mis compañeros no darán vuelta los naipes para adivinar qué me traía entre manos”. Esa imagen es tan exquisita que basta cerrar los ojos para imaginarla. “A veces me parece que lo mejor sería irse de acá sin levantar polvareda”, agregó, sobre ese anonimato que persiguió toda su vida y que, paradójicamente, su muerte hizo todavía más utópico. El Indio, fiel a su esencia, se fue sin estruendo, pero dejando una huella imborrable.

Fuente: Infobae

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