La historia de Jack Kevorkian, el controvertido médico al que apodaron ‘Dr. Muerte’, comenzó con un caso que lo marcó para siempre: el de Janet Adkins. Diagnosticada con Alzheimer en fase temprana, esta mujer de 54 años tomó una determinación radical: no quería esperar a que la enfermedad borrara su memoria y su identidad. El 4 de junio de 1990, su anhelo se cumplió, pero también desató una tormenta que transformó para siempre el diálogo sobre la eutanasia. Detrás de su voluntad estaba un médico de Michigan, dispuesto a auxiliar a enfermos terminales a fallecer bajo sus propias condiciones. Por primera vez, se hablaba abiertamente de una muerte digna.
El acto ocurrió dentro de una furgoneta Volkswagen modelo 1968, estacionada en el parque Groveland County. Allí, la propia Janet pulsó un mecanismo ideado para suministrarle una serie de sustancias que primero la sedaron y luego paralizaron su corazón. La técnica era la misma empleada con los condenados a la pena capital. Seis minutos después, estaba sin vida. El artífice de aquel dispositivo era Jack Kevorkian, un nombre que para la historia quedaría grabado como el ‘Dr. Muerte’.

Los orígenes de la polémica
Para ciertos sectores, Kevorkian era un asesino que se creía Dios; para otros, un visionario que se atrevió a plantear lo que la medicina tradicional rehuía: si una persona enferma, sin esperanzas de recuperación, posee el derecho de decidir cuándo y cómo morir. Durante más de una década, este dilema lo convirtió en una de las figuras más polarizantes de Estados Unidos.
Nacido el 26 de mayo de 1928 en Pontiac, Míchigan, Murad Jacob Kevorkian creció bajo el legado de sus padres, sobrevivientes del genocidio armenio de 1915. Esa cercanía temprana con la tragedia forjó en él una sensibilidad profunda sobre el valor de la vida y el sufrimiento. Se graduó como patólogo en la Universidad de Míchigan. Durante su residencia en un hospital de Detroit, fue testigo del padecimiento de una paciente terminal de cáncer; observó su lenta agonía y aquello se convirtió en su revelación médica. Impactado por la impotencia de la medicina tradicional, se convenció de que su oficio no debía limitarse a alargar la existencia a cualquier costo, sino que tenía la obligación moral de aliviar el dolor cuando ya no existía esperanza.
Para Kevorkian, asistir en la muerte no era un delito, sino el acto máximo de compasión médica. Su afán por entender el límite entre la vida y la muerte lo llevó, a mediados de los años 50, a fotografiar las retinas de pacientes terminales en sus últimos momentos. Para sus colegas, eso fue una práctica inaceptable que le granjeó el apodo de ‘Doctor Muerte’; pero para él, esas imágenes eran una aproximación científica al misterio del final de la vida. En los 80, escribió artículos sobre su postura respecto a la eutanasia; y en 1987 se anunció en los diarios de Detroit ofreciéndose como médico para la “orientación a la muerte”. Esto provocó que en 1991 el estado de Míchigan le revocara la licencia médica. Ya no podía ejercer ni atender pacientes.
En ese contexto, la muerte de Janet —ocurrida meses antes— colocó sus ideas en el centro del debate público. Los medios comenzaron a seguir cada uno de sus pasos y popularizaron el apodo que lo perseguiría hasta el final. Mientras los canales de televisión lo mostraban como un personaje siniestro, cientos de personas desesperadas empezaron a contactarlo buscando ayuda para acabar con su sufrimiento.

La máquina de la muerte: el Thanatron
Consciente de que cualquier intervención directa podría llevarlo a un cargo por asesinato, Kevorkian diseñó un artefacto: el Thanatron, cuyo nombre proviene del griego (Thanatos), que significa muerte. El aparato consistía en una estructura metálica conectada a bolsas con sustancias letales. El proceso estaba diseñado para que fuera el propio paciente quien accionara el mecanismo mediante un botón. De esta manera, sostenía Kevorkian, no era él quien causaba la muerte, sino que simplemente proporcionaba los medios para que una persona tomara una decisión soberana sobre su cuerpo y su vida.
Una vez activado, el sistema administraba primero un sedante profundo y luego una sustancia que detenía el corazón. Según Kevorkian, era un proceso rápido, indoloro y permitía a los pacientes conservar el control hasta el último instante. Sus críticos veían exactamente lo opuesto: una maquinaria hecha para facilitar la muerte y evadir la ley.
A medida que los casos se acumulaban, también lo hacían las investigaciones judiciales. Sin embargo, durante años los fiscales encontraron enormes dificultades para conseguir una condena. La razón principal era que los pacientes accionaban por sí mismos los dispositivos. Además, en ese entonces, Míchigan no contaba con una ley explícita que prohibiera el suicidio asistido. Ese vacío legal, sumado al detalle técnico del botón, se convirtió en la principal defensa de Kevorkian frente a quienes buscaban encarcelarlo.

El desafío al sistema
Durante los años 90, el patólogo se convirtió en una figura imposible de ignorar. Cada nuevo caso de suicidio asistido generaba titulares acusadores, protestas callejeras y tensas discusiones en los tribunales. Para las organizaciones religiosas, las asociaciones médicas y los sectores conservadores, era un hombre peligroso que trivializaba la muerte y se aprovechaba de los vulnerables. Pero para los pacientes terminales atrapados en el dolor y los activistas por los derechos civiles, Kevorkian era el único defensor de la autonomía individual en el momento más oscuro de la existencia: el tránsito hacia una muerte agónica.
Cada vez que lo atacaban, él respondía con una convicción firme: sostenía que la medicina había desarrollado increíbles recursos para prolongar la vida biológica, pero esquivaba hipócritamente el sufrimiento de quienes ya no tenían salvación. Según él, muchos médicos preferían condenar a sus pacientes a una agonía irreversible antes que enfrentar las complejas implicancias éticas de ayudarlos a descansar en paz.
Pero su determinación se puso a prueba cuando las autoridades le retiraron el acceso legal a los medicamentos necesarios para usar el Thanatron. Lejos de rendirse, diseñó el Mercitron, un segundo dispositivo que provocaba la muerte mediante la inhalación de monóxido de carbono. Este cambio demostró que ninguna restricción legal o administrativa iba a detener lo que él consideraba una misión humanitaria.
Los primeros procedimientos se realizaron dentro de su vieja camioneta Volkswagen —bautizada por la prensa como el ‘Deathmobile’ (o ‘móvil de la muerte’)—, que se convirtió en un consultorio móvil y le permitía trasladarse más allá de las jurisdicciones. Un factor clave, según sus declaraciones, fue la privacidad ajena: decía que no quería comprometer legalmente a los familiares de los pacientes, asumiendo él todo el riesgo en su propio vehículo.
Mientras tanto, los tribunales seguían acumulando expedientes en su contra. Una y otra vez, Kevorkian lograba caminar sobre el filo de la ley y evitaba condenas graves gracias a los vacíos legales y a la astucia de su abogado, Geoffrey Fieger. Pero el destino estaba a punto de cambiar.

El juicio que lo cambió todo
Después de acompañar en el final de sus vidas a más de 130 personas, Kevorkian tomó una decisión que alteró su destino para siempre. Convencido de que el debate social sobre la eutanasia necesitaba un golpe directo, grabó un procedimiento completo. El paciente era Thomas Youk, un hombre de 52 años que padecía esclerosis lateral amiotrófica (ELA) tan avanzada que no podía mover las manos, lo que le impedía activar la máquina por sí mismo.
Allí radicaba la diferencia que selló la suerte del médico: esta vez no fue el paciente quien presionó un botón. Fue él quien introdujo la sustancia letal en las venas de Youk. Kevorkian envió el video al programa de televisión 60 Minutos, de la cadena CBS, que el 22 de noviembre de 1998 lo mostró ante millones de espectadores. Lo que para el médico significaba transparencia para obligar al país a legislar, la justicia lo convirtió en la prueba irrefutable de un homicidio.

La estrategia falló. Tres días después de la emisión, el 25 de noviembre de 1998, la fiscalía de Míchigan utilizó el propio video como prueba para arrestarlo y acusarlo formalmente de asesinato. La respuesta del sistema judicial fue letal, esta vez para él.
El juicio penal, que Kevorkian planeaba usar como su gran tribuna política, se convirtió en un trámite veloz y lapidario. Confiado en el peso moral de sus ideas, decidió representarse a sí mismo, pero su estrategia fracasó ante la frialdad de un código penal que solo vio un homicidio filmado en video.
El 26 de marzo de 1999, fue condenado por asesinato en segundo grado y sentenciado a una pena de entre diez y veinticinco años de prisión. Por primera vez, el hombre que había desafiado al Estado entraba a una celda. Sus seguidores denunciaron un castigo político y ejemplar; sus detractores celebraron el fin de lo que consideraban una práctica inmoral. Sin embargo, el debate era imparable. Las conversaciones sobre la muerte digna salieron de las sombras e inundaron universidades y hogares de todo el país, y comenzaron a recorrer el mundo.

El legado tras la prisión
Jack Kevorkian recuperó la libertad el 1 de junio de 2007 por buena conducta, tras cumplir ocho años de condena. Salió con la salud resentida por la edad, pero con las mismas convicciones con las que había entrado. Tenía 79 años y dedicó su último tiempo a participar en foros, dar entrevistas y ofrecer conferencias sobre el derecho a morir con dignidad, convencido de que el tiempo terminaría dándole la razón.
Su historia ya se había convertido en leyenda. En 2010, la cadena HBO estrenó una película biográfica protagonizada por Al Pacino, quien ganó un premio Emmy por retratar la compleja psicología del médico. La producción expuso los dilemas de Kevorkian ante una nueva generación.
Pero el verdadero triunfo del médico no estuvo en las audiencias ni en los fallos judiciales. Mientras él libraba sus batallas más duras, el mapa político ya había empezado a moverse: Oregón se convirtió en el primer estado norteamericano en regular formalmente el suicidio asistido a través de la Death with Dignity Act (Ley de Muerte con Dignidad), estableciendo un protocolo médico estricto y seguro. Esa normativa, de 1994, entró en vigencia el 27 de octubre de 1997. Así, el gran tabú se había roto para siempre, abriendo paso en hospitales y comités de bioética a preguntas que antes nadie se atrevía a formular en voz alta.

El 3 de junio de 2011, a los 83 años, Jack Kevorkian murió por un coágulo de sangre que obstruyó sus pulmones en el Hospital Beaumont de Royal Oak, donde estaba internado por complicaciones renales y una neumonía avanzada. Para entonces, el suicidio asistido por médicos era legal en tres estados del país, liderados por el pionero Oregón. El ‘Doctor Muerte’ no llegó a ver cómo esta práctica médica —lejos de convertirse en un derecho federal avalado por la Corte Suprema— avanzaría de forma lenta y progresiva a través de batallas legislativas individuales en distintos estados de la Unión.
En sus últimas horas, mientras su vida se apagaba, de fondo sonaban las composiciones de Johann Sebastian Bach, el único hombre a quien el médico había aprendido a considerar su Dios.
‘Jack Kevorkian hizo avanzar el debate sobre la eutanasia de una manera que nosotros no habíamos podido imaginar. Cuando comenzó fue duramente criticado y pagó con verdadero heroísmo un infierno como precio, pero logró que la gente entendiera que la muerte voluntaria y asistida es un derecho’, escribió Philip Nitschke, médico, físico y activista australiano que fundó y dirige Exit International, una de las organizaciones más influyentes y radicales a nivel global en la defensa del derecho a morir de manera autónoma.
Fuente: Infobae