¿Alguna vez se preguntó cuánta agua se necesita para mantener una conversación con una inteligencia artificial? Según el politólogo Tomás Trapé, la respuesta es sorprendentemente concreta: “Media taza. No es metáfora. Es agua real, que se evapora en los sistemas de refrigeración de los centros de datos donde vive, procesa y respira la inteligencia artificial”.
Detrás de cada respuesta generada, imagen creada o búsqueda procesada, existen enormes galpones del tamaño de varias manzanas, repletos de chips que funcionan como hornos y requieren enfriamiento constante. “Discutir IA hoy no es solamente software, sino que es infraestructura, energía y, por supuesto, geopolítica”, afirmó Trapé durante su columna en Infobae a la Tarde.
El gigante energético y su huella en el agua
Los modelos de inteligencia artificial no habitan en una nube etérea. “Viven dentro de centros de datos llenos de GPUs trabajando 24/7. El principal costo operativo de la inteligencia artificial es la energía eléctrica”, detalló Trapé.
En la actualidad, esos centros representan el 4,4% del consumo eléctrico total de Estados Unidos. Para 2026, esa proporción subirá al 6,7%, y para 2028 alcanzará el 12%. A escala global, se estima que la inteligencia artificial consumirá cerca de 945 teravatios/hora de electricidad en 2030. “Es casi el triple del consumo anual combinado de Pakistán, Bangladesh y Nigeria”, señaló el experto, “países que suman más de 650 millones de personas”.
“La carrera de la IA ya no depende solamente de chips, no depende solamente de tierras raras, sino también de energía barata. Eso es geopolítica”, explicó Trapé.
Calor extremo y agua que se desvanece sin ruido
“Las GPU funcionan como pequeños hornos industriales”, describió el politólogo. Entre el 30 y el 40% de la energía que consumen se destina exclusivamente a refrigeración. El aire ya no es suficiente. “El agua es, si se quiere, la refrigeración líquida, el tercer componente que escasea y que forma parte del costo de la inteligencia artificial”, indicó.

Las cifras hablan por sí solas: media taza de agua por una conversación de cuarenta interacciones. Entre dos y cinco litros por cada imagen generada con IA, según el sistema y su ubicación. “Siempre escuchamos cuando éramos chicos que la próxima guerra iba a ser por el agua”, recordó Trapé.
Hoy, esa disputa tiene forma de servidor: las grandes empresas tecnológicas compiten con ciudades por recursos hídricos, elevan el costo de la energía y generan tensiones locales donde se instalan. “Básicamente las big techs contra las redes eléctricas”, resumió. Y el ciudadano común queda atrapado en medio.
La Patagonia entra al tablero mundial
Aquí es donde Argentina aparece en escena. Y lo hace con fuerza. “Javier Milei es un tecnooptimista y ya han anunciado lo que se llamó el Stargate Argentina”, reveló Trapé: un megacentro de datos en la Patagonia con una inversión de USD 25.000 millones y una capacidad de 500 megavatios. “Es actualmente más del triple de lo que consume la región. Imagínense el esfuerzo que se necesita para que eso pueda funcionar”.

¿Por qué la Patagonia? Trapé lo detalló con claridad: “Tiene todo lo que la industria busca. Energía barata, la emergencia de Vaca Muerta, el agua de los ríos para refrigerar y generar energía, fibra óptica que cruza el océano, clima frío que ayuda a enfriar los chips y sobre todo un Estado dispuesto a no regular o a regular muy poco”.
El dilema es quién termina pagando la cuenta. Según un informe de Bloomberg, el precio mayorista de la electricidad aumentó un 267% en zonas cercanas a grandes centros de datos. En el caso argentino, el proyecto ingresa bajo el RIGI con beneficios fiscales que se extienden por 30 años. “El vecino paga dos veces: la luz más cara y el impuesto que el data center no deja, no tributa”, advirtió Trapé.
El lugar en la fila de la tecnología
Brasil y Chile, que también compiten por atraer infraestructura tecnológica, imponen condiciones: 100% de energía renovable y que al menos el 10% de la capacidad de cómputo quede disponible para el sistema científico nacional. “Argentina, en cambio, no pide nada”, subrayó Trapé.

El cierre de su intervención dejó una reflexión incómoda: “En el siglo pasado exportábamos trigo y traíamos tractores. Bueno, si ahora ponemos el agua del sur, el clima, la electricidad, el litio del norte para que la inteligencia artificial se desarrolle, y no recibimos nada a cambio, vamos a haber cambiado granos por cálculo, pero sin cambiar nuestro lugar en la fila”.
La inteligencia artificial tiene costos físicos muy reales. La pregunta no es cuánta agua consume su próxima consulta. La pregunta es qué tipo de país se construye alrededor de esa respuesta.
Fuente: Infobae