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La inteligencia artificial opina sobre la encíclica del Papa León XIV

Quienes empleamos inteligencia artificial con frecuencia notamos que tiende a ser condescendiente. Aún no he examinado a fondo la nueva encíclica del papa León XIV. Espero la versión impresa que llegará el lunes. Sigo prefiriendo el papel, la oportunidad de resaltar pasajes, repasar una frase y detenerme en lo que requiere una lectura más cuidadosa.

Por ahora, según los comentarios que he revisado, percibo que el texto incluye varias alertas sobre los peligros de esta tecnología emergente. Sin embargo, antes de leerlo por completo, realicé un experimento curioso: consultar a la propia inteligencia artificial su opinión sobre la encíclica.

Probé diversos sistemas. Gemini calificó a Magnifica Humanitas como una reflexión clara y oportuna sobre el papel de la tecnología en nuestra era. Subrayó cuatro puntos clave: el llamado a “desarmar la inteligencia artificial”, la inquietud por los sesgos y la marginación social, el dilema ético de las armas autónomas y la urgencia de una gobernanza tecnológica enfocada en el bienestar colectivo.

ChatGPT, por su lado, indicó que la inteligencia artificial concentra poder en un grupo reducido de actores. Recordó que adiestrar estos modelos demanda capital, infraestructura, energía y datos que actualmente solo poseen unas cuantas empresas y algunos Estados. También afirmó que el debate esencial no es solo qué puede lograr la inteligencia artificial, sino qué debería hacer y con qué restricciones. Esta observación se alinea estrechamente con la preocupación expresada por el Vaticano.

Notebook LM alcanzó conclusiones análogas. Consideró acertado el planteamiento del Papa y sostuvo que la inteligencia artificial, en última instancia, es un espejo de las elecciones humanas. Si una herramienta tecnológica excluye, discrimina o manipula, no es porque tenga intenciones propias, sino porque fue creada, financiada o utilizada de ese modo.

Lo que más me sorprendió fue que, a pesar de las variaciones en el lenguaje, las tres plataformas coincidieron en un punto fundamental: reconocen que carecen de conciencia moral y de fines propios. Sus respuestas dependen de quienes las programan, de los datos con los que fueron entrenadas y de los objetivos fijados por los humanos.

La encíclica Magnifica Humanitas marca el ingreso formal del pontificado de León XIV en el debate global sobre el desarrollo y la regulación de la inteligencia artificial (REUTERS/Archivo)

Y allí surge la verdadera interrogante. Millones de personas comparten a diario en estas plataformas datos personales, inquietudes familiares, conflictos laborales, dudas existenciales, decisiones financieras y búsquedas de propósito. Lo hacen con frecuencia de manera natural y confiada. Sin embargo, toda esa información posee un valor inmenso. El peligro no es únicamente tecnológico; es también humano, económico y político.

Varios estudios universitarios están señalando otro fenómeno inquietante: cuanto más delegamos ciertas actividades cognitivas en la inteligencia artificial, menos ejercitamos nuestra propia capacidad para solucionar problemas. La tecnología puede amplificar nuestras habilidades, pero también puede debilitarlas si dejamos de pensar por nosotros mismos.

No se trata de satanizar la inteligencia artificial. Como cualquier instrumento poderoso, puede emplearse para el bien. Puede contribuir a la educación, la investigación científica, la medicina y el acceso al saber. El inconveniente surge cuando olvidamos quién maneja esas herramientas.

Jamás en la historia de la humanidad tan pocas personas tuvieron acceso a una cantidad tan enorme de información sobre tantos seres humanos. Nunca antes un número tan pequeño de empresas concentró una capacidad de influencia tan grande sobre lo que vemos, pensamos, consumimos y creemos.

Quizás por esto las advertencias del Papa merecen ser leídas con detenimiento. No porque la tecnología sea perjudicial, sino porque el poder siempre requiere límites. La cuestión de fondo no es qué hará la inteligencia artificial con nosotros. La cuestión es qué harán con ella quienes tienen la facultad de programarla y controlarla.

Y esa, más que una cuestión tecnológica, sigue siendo una cuestión profundamente humana.

Fuente: Infobae

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