Para muchos, el primer vínculo entre YouTube y las salas de cine se remonta a 2018, cuando el streamer gallego Wismichu anunció su ópera prima: Bocadillo. El resultado generó controversia. La cinta, presentada incluso en festivales, consistía en una única escena repetida en bucle durante más de una hora, lo que provocó que el público abandonara la sala a mitad de la proyección. Sin embargo, como se descubrió después, todo fue un experimento social para grabar las reacciones de los asistentes y crear un documental, Vosotros sois mi película, estrenado en 2019.
Han pasado más de cinco años desde entonces y, en España, no se ha repetido un fenómeno similar. No obstante, en Estados Unidos, la figura del youtuber se ha consolidado, con creadores de contenido que han pasado de grabar vídeos en sus hogares a trabajar con las principales productoras. Así llegamos a este 2026, un año en el que algunas de las películas más taquilleras de la temporada están dirigidas por streamers que han sabido aprovechar tanto su popularidad entre los jóvenes como el vasto imaginario de la cultura digital para conquistar las taquillas globales.
El próximo 5 de junio llegará a España Backrooms, una de las cintas de terror más esperadas del año. Bajo el respaldo de la prestigiosa productora A24, se presentará al público general la popular leyenda urbana sobre laberintos infinitos de pasillos y oficinas que circulaba en Internet. El director, Kane Parsons, tiene 21 años, de los cuales 6 los ha dedicado a publicar vídeos en su canal de YouTube. No será el único caso del mes: tres semanas después se estrenará Obsession (producida por Focus Entertainment), de Curry Barker, otro streamer que con un presupuesto inferior a un millón de dólares ya ha recaudado más de 100 millones, convirtiéndose en una de las películas más rentables de la historia.
La búsqueda de un nuevo cine para nuevas audiencias
El 2026 podría ser el año en que los youtubers conquisten Hollywood definitivamente. “No es una anomalía”, opina para el New York Times Stephen Galloway, decano de la escuela de cine de la Universidad Chapman, “es el comienzo de un cambio gigantesco. Estos son los insurgentes cinematográficos de nuestra era”. Sin embargo, a diferencia de otras insurgencias (como la Nouvelle Vague o el neorrealismo italiano), la apuesta de las grandes productoras por los creadores de contenido no surge de la nada.
Un ejemplo claro: Parsons, conocido en la plataforma por sus cortometrajes y vídeos animados, acumulaba más de 340 millones de visitas en su canal. Mark Fischbach, otro youtuber que ha triunfado este año con Iron Lung: Océano de sangre (50 millones recaudados en todo el mundo con un costo de 3 millones), contaba con más de 23 mil millones de visitas en sus vídeos. El reto de las majors de Hollywood era, por tanto, traducir ese éxito en nuevos fenómenos de taquilla que convencieran a los jóvenes de pagar por una entrada.
El 75% de las personas que ya han visto Obsession en Estados Unidos, según revela la revista Variety, tenían entre 18 y 25 años. “Este es el escenario ideal para las salas de cine”, comenta Paul Dergarabedian, director de tendencias de mercado de Comscore. “En lugar de ser una amenaza, la pantalla pequeña puede ser un complemento. Si estos creadores de YouTube logran atraer al público desde sus computadoras portátiles a las salas de cine, sería un gran logro. Todos se preguntan: ¿Cómo pueden las salas de cine aumentar su público? Quizás, irónicamente, la respuesta esté en la pantalla pequeña”.

El terror, la puerta de entrada
La respuesta podría estar también en el terror. El género ha experimentado un notable repunte en los últimos años y se ha convertido en un seguro para las taquillas de verano, con éxitos recientes como Black Phone, Longlegs o Weapons. Películas que, al igual que las de los youtubers, han sabido conectar con el público más joven, dentro del cual se incluyen estos creadores de contenido. Por eso, como ocurre en Backrooms, se está produciendo un trasvase del terror online que consumían los jóvenes a la gran pantalla.
Otro caso reciente es el de Chris Stuckmann, una celebridad en YouTube por sus análisis cinematográficos. En 2024, Stuckmann lanzó una campaña de financiación colectiva para recaudar fondos y realizar una película, La maldición de Shelby Oaks. El resultado fue casi un millón y medio de dólares, que permitieron producir un largometraje que combinaba la estética comercial con la de los vídeos caseros de YouTube, incluyendo técnicas como el found footage. Tras su presentación en festivales, el director Mike Flanagan (La maldición de Hill House) se incorporó como productor y se realizó un nuevo montaje para llevar la cinta a las salas.

Eso sí, la estética de YouTube no pertenece solo a los youtubers. Una de las películas que mayor impacto causó en el pasado festival de Cannes fue Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma. Su directora, Jane Schoenbrun, debutó en el largometraje con el falso documental de terror A Self-Induced Hallucination, donde empleaba el found footage y el género del creepypasta de Internet (historias de terror compartidas en foros), técnicas que han seguido presentes en sus trabajos posteriores.
En definitiva, la frontera que separaba las grandes salas de cine de las pantallas de ordenador se ha ido difuminando. Ser youtuber en el cine ya no es cuestión de trollear, como hizo Wismichu en su momento. Al contrario, la cultura digital se ha ganado un lugar importante en el imaginario de las nuevas audiencias, lo que ha provocado que parte del cine del futuro pase también por YouTube: una plataforma que, si antes se miraba desde Hollywood con condescendencia, ahora se perfila como la posible llave para el relevo generacional que tanto se necesitaba.
Fuente: Infobae