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¿Por qué idealizamos el pasado? Psiquiatras explican cuándo la nostalgia daña

Hay amaneceres donde el primer pensamiento viene desde lejos: una historia que nunca tomó el rumbo deseado, un mensaje que se quedó en el tintero, una oportunidad que quedó a medio abrir. Esa sensación en el pecho aparece incluso antes que el sonido del despertador y se instala con fuerza, como si el cuerpo necesitara hacer presente lo que ya no pudo ser: nostalgia, rumiación y una persistente tristeza que no termina de irse.

La nostalgia se infiltra en los gestos cotidianos. Puede manifestarse mientras se toma una taza de café caliente, al escuchar una melodía en la radio o al observar una tarde cualquiera desde la ventana. Los recuerdos irrumpen sin aviso y, en ocasiones, se transforman en pensamientos recurrentes que afectan el bienestar emocional de las personas.

Juan Eduardo Tesone, psiquiatra, señala que la memoria funciona como un palimpsesto: cada recuerdo se reescribe al evocarlo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Juan Eduardo Tesone, médico psiquiatra y psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), señaló que el pasado no es una estructura fija ni inmutable. Para ilustrarlo, usó la metáfora de un “palimpsesto”, un antiguo manuscrito en el que se escribía y luego se borraba para volver a escribir encima. En la vida diaria, esto significa que los recuerdos no se almacenan intactos, sino que cada vez que se evocan, se modifican ligeramente, como si se reescribieran sobre lo anterior. “Los recuerdos no son inmutables, se van recreando continuamente”, resumió Tesone. De esta forma, el pasado y el presente se entrelazan, y los recuerdos cambian según el estado de ánimo del momento.

Esta idea no es solo teórica; se experimenta en el cuerpo. Por ejemplo, cuando aparece una foto antigua en el teléfono y el pecho se oprime, o cuando las palabras no dichas generan un nudo en la garganta. Tesone explicó que la nostalgia es “aferrarse a los hechos del pasado, sin lograr resignificarlos”. En ciertos casos, la nostalgia se vuelve un círculo vicioso del que es difícil escapar: “Hay cierto regodeo melancólico en la nostalgia, una reverberación de un pasado que no se convierte en pasado sino que sigue vigente como si el tiempo no hubiese pasado”.

La memoria no es un archivo, es una historia en construcción

Idealizar el pasado es un fenómeno común. Diego López de Gomara, médico psiquiatra y miembro de la APA, lo explicó de manera sencilla: “El pasado tiene una ventaja decisiva sobre el presente: ya terminó. Y lo que terminó puede ser narrado, editado y embellecido”. La memoria no es un archivo frío y exacto, sino que se construye a partir de las emociones y necesidades actuales. Por eso, a menudo se recuerda más lo bueno y se deja de lado lo incómodo o doloroso. “Tendemos a recordar menos la incomodidad, la incertidumbre o el dolor cotidiano, y a conservar ciertas escenas como si hubieran tenido una coherencia que en realidad nunca tuvieron”, agregó López de Gomara.

Esta tendencia se intensifica en momentos de cambio o incertidumbre. López de Gomara señaló que, en esas circunstancias, el pasado parece más seguro. “Muchas veces no se añora tanto un tiempo histórico concreto, sino la ilusión de una identidad más clara, de relaciones más simples o de una vida menos fragmentada”. Es decir, lo que se extraña no es tanto una época específica, sino la sensación de que todo era más sencillo, de que se sabía quién se era y qué se esperaba.

La nostalgia también se experimenta físicamente, por ejemplo, al reencontrarse con una foto antigua (Imagen Ilustrativa Infobae)

Desde el psicoanálisis, la nostalgia no siempre implica querer regresar. Muchas veces, refleja una dificultad para sentirse bien en el presente. López de Gomara lo resumió claramente: “La nostalgia es menos un deseo de volver al pasado que una dificultad para habitar el presente”.

Cuándo la nostalgia deja de ser un refugio y se convierte en una trampa

Mirta Goldstein, presidenta de la APA, explicó con claridad: “La idea de que todo pasado fue mejor es propia de las resistencias a los cambios. Cambiar implica aceptar lo transitorio, lo efímero, la finitud. Cambiar implica duelos, vulnerabilidad, riesgos”. El cambio asusta porque enfrenta a la posibilidad de perder o equivocarse.

Frente a ese miedo, la nostalgia puede parecer una salida, pero no siempre es la más saludable. Goldstein advirtió que refugiarse demasiado en el pasado puede generar aislamiento social: “Cuando alguien se refugia en la nostalgia se inflige a sí mismo sufrimiento y aislamiento respecto de los otros. Nadie imperfecto puede ser aceptado en un mundo idealizado fantaseosamente”. Es decir, si solo se acepta lo que se recuerda como perfecto, se termina alejando de la vida real y de las personas que rodean, que nunca serán como ese recuerdo idealizado.

Diego López de Gomara, psiquiatra, explica que el pasado parece más seguro porque ya terminó y puede ser reescrito (Imagen Ilustrativa Infobae)

La nostalgia puede ser una forma de consuelo, una manera de recordar momentos valiosos. López de Gomara lo llamó “una nostalgia fértil e incluso humanizante”. Sin embargo, el problema surge cuando el pasado se convierte en un juez del presente. Cuando se empieza a comparar todo lo actual con una imagen idealizada de lo que fue, el ahora siempre pierde.

Él lo explicó así: “El problema aparece cuando se transforma en una forma de retiro psíquico. Algunas personas empiezan a comparar el presente con una versión idealizada de otro tiempo: la infancia, una relación amorosa, una ciudad, una etapa profesional. Entonces lo actual siempre pierde. El presente se vuelve insuficiente porque compite contra un recuerdo editado”. Es decir, nada de lo nuevo parece estar a la altura de lo que se recuerda.

Esto puede llevar a perder el interés en el entorno, sentir apatía o tener la sensación de que “lo mejor ya pasó”. López de Gomara advirtió: “Cuando alguien queda demasiado capturado por esa lógica, deja de construir futuro. La nostalgia es problemática cuando deja de ser un puente con la propia historia y se convierte en una ausencia siempre presente”. O sea, en lugar de ayudar a entenderse a uno mismo, la nostalgia termina ocupando el espacio de lo que podría venir.

Mirta Goldstein, presidenta de la APA, advierte que refugiarse en el pasado puede generar aislamiento y sufrimiento (Imagen Ilustrativa Infobae)

Alejandra Gómez, psiquiatra y psicoanalista, coincidió en esta visión: “Desde el psicoanálisis, la idealización del pasado puede entenderse como una dificultad de tramitar la vivencia de pérdida”. Esto significa que cuesta aceptar que algo se terminó o se perdió, y por eso solo se recuerda lo bueno, olvidando lo malo. Gómez explicó que la memoria “está permanentemente organizada por los deseos y motivaciones inconscientes”, es decir, por lo que se necesita y se siente, aunque no siempre se sea consciente de ello.

Cuando la nostalgia impide avanzar, todo lo nuevo parece menos intenso o importante. Gómez lo puso en palabras simples: “La nostalgia deja de ser saludable cuando deja de funcionar como un recuerdo enriquecedor y se convierte en una forma en donde el pasado habita el presente. Un estado de fijación, de ‘presente continuo’”. O sea, cuando se queda atrapado en los recuerdos y no se permite que lo nuevo tenga lugar.

Cómo volver al presente sin renunciar a lo vivido

Vivir en el presente no significa olvidar el pasado, sino aprender a integrarlo, a dejar que forme parte de la historia personal sin que detenga el camino. López de Gomara aconsejó: “Aceptar que ningún presente puede competir con un pasado idealizado. El recuerdo siempre está ficcionalizado. Y la ficción engrandece, lo hace incluso con los elementos trágicos de ese pasado. Comprender eso ya introduce una distancia saludable”. Es decir, darse cuenta de que los recuerdos siempre están un poco exagerados —para bien o para mal— ya ayuda a ver el presente de otra manera.

Integrar el pasado a la propia historia permite avanzar y recuperar la esperanza en lo que está por venir (Freepik)

Gómez aportó otra perspectiva: “No se trata de olvidar el pasado sino de poder historizarlo. Es decir, reconocer que aquello que se perdió tuvo valor, elaborar el dolor asociado a esa pérdida e integrarla a la propia historia sin quedar detenido en ella”. Esto significa que el objetivo es darle un lugar a lo que sucedió, sentir el dolor si es necesario, pero seguir adelante.

A veces, lo que más se desea no es volver a una época, sino recuperar la sensación de que algo bueno puede suceder. López de Gomara lo resumió: “Vivir más en el presente implica recuperar la sensación de que todavía algo nuevo puede ocurrir”. En otras palabras, dejar espacio para el deseo y la sorpresa.

La nostalgia convive con el deseo. Puede doler, pero también muestra lo que se valora. Cada persona encuentra su propia manera de estar entre lo que fue, lo que es y lo que vendrá. Y, quizás, como en una canción de Taylor Swift, siempre quede flotando la pregunta: ¿Y si mis deseos se hicieran realidad, hubieras sido tú? La respuesta, y el sentido, es algo que cada quien completa a su manera.

Fuente: Infobae

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