El reconocido artista Julio Le Parc falleció, dejando un legado imborrable en el mundo del arte. La noticia se propagó rápidamente, y en redes sociales numerosas personas lo despidieron con admiración, compartiendo imágenes junto al maestro, una costumbre que refleja la huella que dejó en quienes lo conocieron.
Le Parc partió siendo muy viejo y muy joven a la vez. Estaba a punto de inaugurar una retrospectiva de su obra en la Tate Modern de Londres, una más entre las muchas que exhibió en su carrera. En Argentina, su trabajo se pudo apreciar en espacios como el Museo Nacional de Bellas Artes, Córdoba, Mendoza, Malba, el Palacio Libertad y el MACA de Uruguay. También en lugares públicos como la terminal de partidas del aeropuerto internacional de Ezeiza o el foyer del Palacio Libertad, donde maravilló tanto a expertos como a curiosos.
Nacido en Mendoza en 1928, en una familia humilde y un pueblo pequeño, Le Parc era nieto de un inmigrante francés al que no conoció, detalle que lo impulsó a viajar a París. Allí y en Argentina se nutrió de las vanguardias, pero su obra siempre mantuvo un sello original. Integró el Grupo de Investigación de Arte Visual (GRAV) y el Grupo Denuncia. Fue autor de obras abstractas, de arte cinético, de op-art, de los famosos Móviles de luz continua y de la pieza Patear al Establishment (1971), una instalación de bolsas de boxeo con rostros de figuras poderosas (policías, directores) que el público podía patear. Aunque residía en París, nunca fue ajeno a los sufrimientos de Argentina.

La búsqueda estética de Le Parc se centró en la luz, el movimiento y el color, ya fuera en pintura, impresión, instalación lumínica o escultura. También involucraba al espectador, estableciendo un diálogo: el arte es para quien lo quiera mirar, sin necesidad de ser experto.
Su obra impacta e invita a participar. Los trucos ópticos, el aire o el mecanismo que impulsa sus móviles, el juego de espejos: todo está diseñado para operar sobre la percepción del espectador y sumergirlo en una experiencia memorable.
El inicio de un genio
Resulta fascinante imaginar sus inicios: la familia humilde y el pueblo pequeño en 1928, el joven Julio que decide y revela su deseo de ser artista. Su formación en la Academia de Bellas Artes, su obsesión con los colores que ya habría registrado en la naturaleza que lo rodeaba. Su obra temprana, esos papeles pintados con cuidado y belleza, donde los colores puros se encuentran, se interrogan, se tornan masa crítica que luego explota y da lugar a una obra pionera, universal, inspiradora para artistas y público de todo el mundo.
*La autora es coordinadora general de Malba Puertos y ex Secretaria de Cultura de la Municipalidad de San Isidro.
Fuente: Infobae