El nerviosismo crece en Bruselas. A medida que Pekín adopta medidas comerciales cada vez más ofensivas, los líderes y empresarios europeos observan con preocupación cómo su dependencia de los productos chinos se convierte en un problema de seguridad económica. El segundo socio comercial de la Unión Europea, detrás de Estados Unidos, se ha vuelto un foco de tensiones que amenazan con desembocar en una guerra comercial abierta.
Kaja Kallas, la máxima diplomática de la Unión Europea, comparó recientemente la situación con un tratamiento médico doloroso:
“Acabar con la dependencia del continente respecto a China era como intentar curar una enfermedad. Podría ser necesaria la ‘quimioterapia’, y probablemente sería dolorosa.”
Sus declaraciones reflejan el tono que hoy domina en las instituciones europeas: una mezcla de alarma y determinación.
El desequilibrio comercial se ha disparado. Según un análisis del boletín Soapbox y del Instituto Mercator de Estudios sobre China, las importaciones chinas hacia Europa alcanzaron niveles récord durante el primer trimestre de 2026, impulsadas sobre todo por la llegada masiva de vehículos eléctricos. El déficit comercial de bienes de la UE con China cerró en 2025 en unos 418.000 millones de dólares, una cifra que enciende todas las alarmas.
Jeromin Zettelmeyer, director del centro de estudios Bruegel, resumió el ambiente en Bruselas:
“El tono es básicamente de pánico. Hay una sensación de colapso inminente de la industria, de peligro inminente.”
China responde con fuerza
La ansiedad europea choca con la hostilidad de Pekín. Funcionarios chinos ya han advertido que responderán con represalias ante cualquier medida proteccionista. El año pasado, China prohibió en dos ocasiones la exportación de minerales de tierras raras e imanes, materiales esenciales para la industria de alta tecnología y energías verdes en Europa. La interrupción del suministro evidenció la fragilidad de las cadenas de valor europeas.
En abril, Pekín publicó normas que permiten a sus autoridades revisar registros empresariales, interrogar empleados e incluso impedir que ejecutivos salgan del país si se sospecha que colaboran en trasladar cadenas de suministro fuera de China. La Cámara de Comercio Europea en China calificó la medida como un riesgo sin precedentes para la economía europea.
Líderes europeos divididos pero alarmados
Emmanuel Macron, presidente de Francia y crítico habitual de Pekín, ha instado a la Unión Europea a adoptar medidas similares a las que Estados Unidos emplea para proteger industrias estratégicas. Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, considerado uno de los líderes más proclives a China, declaró durante un viaje a Pekín que el continente necesita que China se abra para no tener que cerrarse.
Recientemente, España se sumó a Francia, Italia, Lituania y los Países Bajos en un documento que pide a la UE una respuesta agresiva, incluyendo nuevas herramientas comerciales. Aunque el texto no menciona directamente a China, critica a los socios con “exceso de capacidad industrial sistémico y estructural”.
Brad Setser, economista del Consejo de Relaciones Exteriores, señaló que muchos líderes europeos temen represalias chinas, pero que el miedo a perder su base manufacturera podría terminar pesando más, incluso en países como Alemania, tradicionalmente reacios a enfrentarse a Pekín.
Las medidas que ya se toman
La Unión Europea ha comenzado a moverse. Destaca la propuesta conocida como Ley de Aceleración Industrial, un ambicioso plan para reconstruir la base manufacturera del bloque. El diseño impediría que empresas chinas accedan a subvenciones clave, favoreciendo especialmente a los vehículos eléctricos fabricados en Europa. Pekín ya ha calificado la iniciativa como proteccionista y ha advertido que tomará represalias.
Sin embargo, la estrategia europea enfrenta obstáculos internos. Los consumidores siguen comprando productos chinos más baratos —en particular vehículos eléctricos—, pese a los aranceles que la UE ya ha impuesto sin éxito para frenar la inundación del mercado. Rebecca Arcesati, analista del Instituto Mercator de Estudios sobre China en Bruselas, explicó:
“No estamos en una buena situación. Nuestros sistemas no se diseñaron para hacer frente a semejante desafío.”
La dependencia es mutua, pero asimétrica. Mientras China necesita exportar para sostener su crecimiento tras la crisis inmobiliaria, Europa necesita tiempo para reindustrializarse. La pregunta que flota en las cumbres del G7 y en las reuniones de los 27 es si habrá espacio para la cooperación o si el enfrentamiento se volverá inevitable. Noah Barkin, del Grupo Rhodium, resumió la postura china:
“El mensaje de Pekín a Europa es: ‘Su Mejor Amigo para Siempre se ha ido e incluso los estadounidenses buscan la estabilidad con nosotros, así que no nos pongan a prueba’.”
El próximo mes, los líderes mundiales discutirán los desequilibrios económicos en la reunión del Grupo de los 7 en Evian, Francia. Poco después, los 27 jefes de Estado de la UE abordarán el tema en su propia cumbre. Mientras tanto, el brazo ejecutivo europeo tiene previsto un debate preliminar el viernes que podría marcar el tono de las próximas decisiones.
Fuente: Infobae