Un equipo de especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) logró recuperar, durante las labores de salvamento arqueológico del tramo 7 del Tren Maya, una urna funeraria que ofrece nuevas pistas sobre las prácticas mortuorias de los antiguos habitantes de la península de Yucatán. La restauración de esta pieza concluyó recientemente, según informaron las autoridades.
La secretaria de Cultura del Gobierno de México, Claudia Curiel de Icaza, destacó que el proceso de restauración y digitalización de esta urna zoomorfa demuestra cómo el salvamento arqueológico «permite recuperar memoria, producir conocimiento y abrir nuevas formas de acceso al patrimonio». En sus declaraciones, agregó: «Cada pieza atendida por el Instituto Nacional de Antropología e Historia nos acerca a la profundidad del pensamiento de los pueblos mayas, a sus formas de comprender la vida y la muerte, y reafirma que preservar el patrimonio arqueológico es proteger el derecho de México a conocer su historia».
El hallazgo se produjo al interior de un contexto ritual, al oeste de la comunidad de Nicolás Bravo, en el municipio de Othón P. Blanco. La pieza fue elaborada con arcilla, empleando las técnicas de enrollado, modelado y engobe. Lo que más llama la atención es que contiene la representación de un ave nocturna. Según explicó Ramón Carrillo Sánchez, el arqueólogo que coordinó el salvamento en ese tramo del sistema ferroviario, para los mayas prehispánicos las aves de hábitos nocturnos, como los búhos, estaban vinculadas con distintos significados: podían aludir a la muerte y la guerra, o bien, a las prácticas adivinatorias y al ámbito celestial del inframundo.
Carrillo Sánchez apuntó que el ave no solo funcionaba como un símbolo de poderío económico y militar, sino también como un animal guía hacia la vida posterior. Debido a que el objeto fue acompañado de materiales culturales de origen cerámico, lítico y malacológico, los expertos teorizan que pudo haber alojado restos óseos o cenizas de algún personaje de élite. Sin embargo, no se encontró elemento alguno en su interior.
La urna, de cuerpo cóncavo convergente y tapa modelada, tiene 10 centímetros en la base y 23 centímetros de altura (18 el cuerpo y 5 la tapa). Por su estilo y la cerámica asociada, se estima que fue diseñada durante el periodo Clásico maya (600-900 d.C.).
Restauración y sistema digital

Con el objetivo de facilitar su lectura, impulsar su conservación y ponerla al alcance del público, en 2025 la urna fue trasladada a un laboratorio del INAH, habilitado en el Museo de la Cultura Maya de Chetumal, para someterse a un proceso de restauración.
Félix Camacho Zamora, coordinador del Área de Conservación del proyecto Tren Maya, detalló que la pieza, calificada con un estado de conservación regular al momento de su hallazgo, fue intervenida entre el 17 y 20 de noviembre del año último. El proceso, al igual que el de las más de 1987 piezas ya atendidas en los laboratorios del proyecto, comenzó con un registro fotográfico para determinar sus características y deterioros: concreciones de tierra, suciedad superficial, grietas ausentes, fragmentación, desgaste, velos blanquecinos, despostilladuras y manchas.
Para solucionar estos problemas, se realizaron labores de limpieza superficial a nivel físico-químico con materiales compatibles. Posteriormente, se unieron fragmentos y se colocaron resanes, finalizando con una reintegración cromática que buscó brindar uniformidad estética a la pieza.
Antes de dar por concluido el trabajo, el INAH añadió que se llevó a cabo un levantamiento de imágenes por fotogrametría, con el cual se creó un modelo en tercera dimensión de la urna. Este modelo servirá para futuros estudios e iniciativas de divulgación. Hasta la fecha, el objeto continúa bajo resguardo en el citado centro de trabajo del instituto.
Fuente: Infobae