El Teatro Colón celebra 118 años con un detalle que hoy parece indisoluble de su sala principal, aunque la cúpula pintada por Raúl Soldi solo data del 25 de mayo de 1966. Ese día se presentó “Alegoría a la música, al canto y al baile”, la obra que ocupó el espacio vacío dejado tras la desaparición de la decoración anterior y que transformó la forma en que el público mira hacia arriba al ingresar al coliseo.
La pintura de Soldi congrega 51 personajes en una superficie de 318 m² alrededor de la araña central de 552 lámparas. Antes de esta intervención, los asistentes no encontraban ese conjunto visual al entrar a la sala principal del teatro.
El escritor Manuel Mujica Lainez, amigo del pintor y asiduo del Colón, se adjudicó en el programa de mano de la función inaugural la responsabilidad de impulsar lo que denominó una “obra audaz y bella”. Allí relató que la idea surgió tres años antes, al conocer los trabajos de Marc Chagall en la Ópera de París y recordar, según sus palabras, “el ancho espacio vacío, opaco, absurdo, pobre, que rodeaba a la inmensa araña central del Colón”.
En ese mismo texto, Mujica Lainez afirmó que en Buenos Aires la cúpula pintada anterior “se había esfumado” más de 30 años atrás, debido a humedades que arruinaron la obra de Marcel Jambon, el artista francés fallecido en 1908 poco después de la inauguración del teatro. Según el escritor, esa pérdida había dejado “un desierto color de arenas tristes”.
La propuesta de pintar una nueva cúpula se volvió una meta personal de Soldi. El artista deseaba donar su trabajo al teatro, pero las gestiones demoraron hasta que una cadena de coincidencias abrió el camino administrativo.
El episodio comenzó cuando Soldi vendió un dibujo a lápiz con un trazo tan tenue que la compradora pidió repasarlo con tinta. Al retirarlo en la casa del pintor, la atendió la esposa de Soldi y la conversación derivó en el anhelo de su marido de pintar la cúpula del Colón.

La compradora era Zulema Zuberbühler de Hueyo, esposa del director de Abastecimientos de la Municipalidad. A partir de ese encuentro, ella se comprometió con el proyecto y aceleró los trámites para hacerlo realidad.
A Soldi le tomó un año preparar los bocetos y colocarlos en una maqueta a escala. Después transfirió el diseño a las telas que se instalarían en la cúpula y realizó esos trabajos junto con artistas del área de escenotécnica del Colón en el taller del Teatro Municipal San Martín.
Finalizada la temporada de 1965, se montó en la platea un gran andamio que permitió instalar un taller provisional en altura. El artista declaró en una entrevista que, “sin exageraciones”, vivió allí más de tres meses: diciembre, enero, febrero y parte de marzo de 1966.

Luis Alberto Ballester, periodista especializado en la arquitectura de la ciudad de Buenos Aires, describió en el programa de mano de la inauguración ese espacio de trabajo montado sobre la sala. “Arriba, sobre los andamios, fulgían las luces del improvisado taller, al cual se llegaba desde el ‘paraíso’ por una estrecha pasarela”, escribió Ballester, y precisó que la cúpula tiene 21 metros de diámetro y una superficie de 320 m².
Ballester también detalló en ese texto que Soldi empleó pinturas y telas traídas desde Francia para esa labor. Según el periodista, el pintor incorporó además un fragmento del antiguo paño decorado por Marcel Jambon como homenaje al artista que lo antecedió en la cúpula.
El propio Ballester citó a Soldi para explicar el sentido de la obra: “Interpretar todo lo que aparece en el escenario: cantantes, bailarines, músicos, etc. Pintar instrumentos y diversas figuras en trajes de ópera, en malla de baile, cantantes y comparsas, como también una figura pintada de blanco, el ‘duende’ del teatro, que acompaña a los músicos, los cantantes, los bailarines, el público y sus aplausos”.

Ese “duende” quedó integrado entre las 51 figuras humanas de la pintura. La obra buscó trasladar a la cúpula la vida escénica que ocurre abajo, en el escenario, y convertir el techo en una prolongación del espectáculo.
La relación de Soldi con ese universo teatral venía de su infancia. Su padre era violonchelista y también interpretaba pequeños papeles en algunas óperas, en una época anterior a los elencos estables del Teatro Colón, cuando los artistas contratados llegaban desde el extranjero, pasaban la temporada en Buenos Aires y luego regresaban o seguían gira por Latinoamérica.
El padre de Soldi, nacido en Italia, cruzó dos veces el Atlántico bajo ese esquema de trabajo. En el tercer viaje conoció a la madre del pintor y se radicó en Argentina.

El artista nació además en un caserón situado detrás del Teatro Politeama, cuyas habitaciones estaban alquiladas a artistas. En el libro Soldi por Soldi, el pintor recordó: “Apenas salías al zaguán, en la primera habitación se veía a una bailarina ensayando; en la antesala había un cantante; la casa entera era una caja de resonancias musicales y nadie podía quejarse de que su vecino molestara haciendo ruido”.
En ese mismo libro, Soldi evocó lo que sintió la noche de la inauguración del 25 de mayo de 1966, para la que también diseñó los figurines de los trajes usados en la función. “Por momentos se tenía ilusión de estar frente a un doble juego o de un ballet reflejado en un espejo, porque, en realidad, era la cúpula entera la que bailaba en el escenario”, escribió.
Tiempo después, en Soldi por Soldi, el artista volvió sobre la integración de la pintura con el teatro: “Han pasado tres años; no sé si la pintura se ha incorporado al teatro o el teatro a la pintura, porque allá arriba se han ido quedando el tiempo, el polvo, el reflejo de las luces, la música, el sonido de las voces humanas, el movimiento de los espectadores, los aplausos; la vida, en fin, del teatro”.
Sesenta años después de su inauguración, la cúpula de Soldi sigue siendo el punto hacia el que se dirige la mirada al entrar en la sala principal del Teatro Colón.
Fuente: Infobae