Lograr una buena fotografía sigue siendo una meta difícil para muchos, incluso en la era de los selfies y los filtros. De acuerdo con una editora de belleza de Vogue, el problema va más allá de la iluminación o las poses: intervienen la autopercepción, la presión estética y el impacto digital en la imagen personal.

La especialista explica que el principal obstáculo es el desfase entre cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos captura la cámara, una brecha que la tecnología y los filtros agrandan.
La psicóloga Marta Calderero señala que el uso de filtros que “mejoran” el rostro genera una versión irreal, distorsionando la autopercepción y afectando la salud mental. Esta diferencia entre la imagen filtrada y la real puede repercutir en el estado de ánimo y generar una presión constante por alcanzar estándares inalcanzables, sobre todo en jóvenes que buscan validación en redes como Instagram y TikTok.
La nutricionista Raquel López Rubio coincide en que esta disonancia provoca frustración y vergüenza, impactando la autoestima y el bienestar emocional de los usuarios habituales.

Muchas personas experimentan insatisfacción al verse en fotos, aun siguiendo consejos populares. La editora de Vogue recuerda que antes recibía recomendaciones poco prácticas sobre cómo posar. Antes era raro encontrar una foto propia; hoy, con los móviles, la facilidad no elimina el nerviosismo ni la inconformidad.
Actualmente, la incomodidad persiste. Para algunos, la falta de fotografías representa un vacío de identidad visual, como si años enteros quedaran sin registro.

Los límites de los consejos para fotos
En TikTok abundan tutoriales —desde el “zoom 1,4x” hasta ensayar poses y sonrisas— que prometen mejorar el resultado. Sin embargo, la editora de Vogue advierte que estas fórmulas rara vez solucionan la insatisfacción de fondo.
La razón principal es que el verdadero problema radica en la autopercepción. Las cámaras interpretan la realidad distinto al ojo humano, aplanando gestos y eliminando matices del movimiento y la tridimensionalidad. Por eso, la imagen capturada casi nunca coincide con la autoimagen.

La cultura digital intensifica esto. La omnipresencia de videollamadas, selfies y cámaras genera una autoevaluación constante y una visión hipercrítica de la apariencia.
Según la teoría social, la escritora Susan Sontag planteó que la fotografía no solo registra la realidad, sino que es un mecanismo de control y afirmación personal. Sostuvo que fotografiarse implica apropiarse de la experiencia y presentarla como versión idealizada, lo que en redes se traduce en una “violencia autoafirmativa”.

Esta búsqueda de confirmación visual convierte la fotografía en un rito social y herramienta de poder, desplazando la experiencia real hacia la necesidad de validación estética y social.
Tecnología y estándares de belleza condicionan la imagen
La tecnología no solo multiplica los retratos, sino que establece cómo deben ser los rostros atractivos. Desde la Antigüedad, la proporción áurea ha sido canon de belleza.

Hoy se usa en aplicaciones y por cirujanos estéticos como plantilla para calificar rostros, perpetuando patrones eurocéntricos, según la editora de Vogue.
Filtros, aplicaciones y algoritmos de reconocimiento facial refuerzan una apariencia uniforme, unificada por la inteligencia artificial y limitada por la poca diversidad en las bases de datos. Estos sesgos tecnológicos afectan la representación y la autoestima, perpetuando exclusiones.
El resultado técnico depende de factores como la calidad de la cámara, la iluminación o el ángulo, fuera del control del fotografiado. Así, la búsqueda de la imagen “perfecta” lleva a tomar cientos de fotos para rescatar una que a menudo se modifica antes de compartir.

La satisfacción fugaz con la foto digital puede aumentar el deseo de cambiar la apariencia real y nutrir un ciclo de autoexigencia continuo.
Aprender a aceptar lo que muestra la fotografía
Ante la presión técnica y tecnológica, la editora de Vogue propone reflexionar sobre el objetivo real: si es salir mejor en fotos o reconciliarse con la propia imagen.

Para la revista, es clave dejar de culparse por una supuesta “falta de fotogenia” y evitar intentar encajar en moldes inalcanzables. Reconocer que la fotografía solo refleja una parte limitada de la identidad puede aliviar la tensión. Aceptarlo transforma el acto de fotografiarse en una afirmación genuina de autenticidad, alejándose de la perfección imposible.
Fuente: Infobae