¿Qué es el amor sino el verdadero motor de la existencia? Ni el poder, ni la fama, ni las riquezas logran igualar su poder. El amor es un refugio que protege del mundo hostil. Eso fue lo que descubrieron Jeff Bridges y Susan Geston durante sus más de cinco décadas juntos. Lo importante no es quiénes son, sino cómo construyeron un espacio donde la vanidad y el ruido de Hollywood no pudieron entrar.
Una mesera, un actor famoso y un rotundo «no»
En 1975, cuando Jeff Bridges tenía 26 años, filmaba una parodia del Lejano Oeste titulada «Vidas sin Barreras» en Paradise Valley, Montana, Estados Unidos. Era hijo del reconocido actor Lloyd Bridges y hermano de Beau Bridges. Ya empezaba a acumular nominaciones a premios importantes.
Durante una tarde de rodaje, en el resort Chico Hot Springs, Jeff reparó en una joven mesera que trabajaba para pagar sus estudios. Ella tenía los dos ojos morados y la nariz visiblemente fracturada. No lo sabía, pero esas lesiones eran producto de un reciente accidente automovilístico.

Jeff no podía creer que ella no hubiera intentado maquillar sus heridas. Caminaba entre las mesas con una seguridad arrolladora. Para él, aquella mujer era lo más auténtico que había visto en años en un mundo lleno de ficciones y personajes. En ese instante, supo que aquella chica no era una actriz más: era alguien real.
Jeff, lejos de ser un santo, era un aventurero romántico que coqueteaba con las drogas psicodélicas y las fiestas sin compromiso. No buscaba enamorarse para siempre. Curioso, averiguó que ella se llamaba Susan Geston.
Esa misma tarde, el actor de 1,85 metros se acercó con toda su labia de galán para invitarla a salir. ¿Quién podía decirle que no a un actor en ascenso?
Ella lo hizo.
Susan lo rechazó sin titubeos. Jeff quedó tan descolocado que ella, por compasión, le dijo que en un pueblo tan pequeño seguro volverían a encontrarse. Él se marchó caminando sobre el aire: el rechazo solo había aumentado su deseo de conquista.
Insistió y días después terminaron bailando. Jeff entendió que su fama no sería la herramienta para conquistarla. Un día, mientras visitaban una propiedad que él quería comprar a orillas de un río, sintió algo parecido a una premonición. Tal como él mismo lo relató, fue como si una voz le susurrara: «Estás mirando una casa con tu futura esposa».
Se rió para sus adentros y se dijo: «¡Ay! No te metas en esto». Para él, casarse era «acercarse un paso más a la muerte», según les contaba a sus amigos.

La relación avanzó durante dos años, entre viajes y trabajos sin horario. Hasta que Susan lo puso contra la pared: o se casaban o la relación terminaba. Jeff cedió pensando: «Siempre puedes divorciarte».
Un matrimonio que desafió a Hollywood
Jeffrey Leon Bridges nació el 4 de diciembre de 1949 en Los Ángeles. Sus padres fueron Lloyd Bridges y Dorothy Dean Simpson. Sus hermanos son Beau, Garrett (fallecido a las seis semanas de vida) y Lucinda, la menor.
Jeff debutó en el cine cuando apenas caminaba. Estudió actuación en Nueva York y, en 1969, trabajó en una película para televisión. Al año siguiente llegó Odio en las aulas y, doce meses después, La última película, que le valió una nominación al Oscar como mejor actor de reparto.

Su carrera despegó con fuerza. En 1976 se estrenaron King Kong, con Jessica Lange, y Stay Hungry, con Sally Field y Arnold Schwarzenegger. Para entonces, Jeff ya conocía a quien sería el amor de su vida: la mesera que trabajaba en Chico Hot Springs.
Susan Geston nació el 20 de abril de 1953 en una familia de clase media de North Dakota. Tenía un carácter fuerte. Jeff, por su parte, tenía que vencer su fobia al compromiso. Un día, imaginó una escena futura: verse a sí mismo de viejo preguntándose por qué no se había casado con aquella chica de Montana. Eso lo decidió.
Le propuso matrimonio y fijaron la fecha: 5 de junio de 1977.
La vida en pareja transcurrió entre Santa Bárbara, California, y Montana. Jeff estaba cada vez más requerido por Hollywood. Acordaron mantener su vida familiar en reserva. En 1981 nació Isabelle Annie; en 1983, Jessie Lily; y en 1985, Hayley.

Susan se dedicó a proteger el hogar de los «virus» de Hollywood: romances, infidelidades, fiestas interminables y drogas. Se refugiaron en la discreción. Jeff era uno de los galanes más codiciados del cine, y los rumores de posibles romances con Michelle Pfeiffer (en Los Fabulosos Baker Boys, 1989), Jessica Lange (en King Kong) y Barbra Streisand (en El espejo tiene dos caras) circulaban en la prensa. Sin embargo, nunca se confirmó ningún escándalo importante.

La filmografía de Jeff siguió sumando éxitos: El gran Lebowski (1998), Iron Man (2008) y Crazy Heart (2009), que le valió el Oscar al Mejor Actor al año siguiente. Susan sostenía a la familia a una distancia prudencial de la meca del cine.
Isabelle, la hija mayor, estudió artes y fotografía y escribió un libro sobre su padre. Jessie es guitarrista, cantante y actriz. Hayley es diseñadora y fotógrafa. Hoy, Susan y Jeff tienen dos nietos: Grace y Ben, hijos de Isabelle.
Tanto Jeff como Susan son de temperamento fuerte. Han contado que desarrollaron un sistema de discusión que les funciona: primero, cada uno expone su problema sin interrupciones; luego, trabajan en las soluciones. Jeff aseguró públicamente: «Cada vez la amo más». También acepta que nunca han dejado de discutir: «No nos conocemos del todo. Pero con cada batalla estamos más cerca de entender que ese no conocerse es lo que tenemos en común».

La dura prueba del cáncer y el COVID-19
El año 2020 trajo la pandemia y, para Jeff, un diagnóstico devastador. El 19 de octubre, con 70 años, le detectaron linfoma no Hodgkin, un cáncer de la sangre que afecta el sistema linfático. Estaba filmando The Old Man cuando recibió la noticia. Él mismo la comunicó en redes sociales:
«Me han diagnosticado un linfoma. A pesar de que es una enfermedad seria, soy un afortunado de tener un gran equipo de doctores y un buen pronóstico. Voy a empezar tratamiento y los mantendré informados de mi recuperación. Estoy profundamente agradecido por el amor y el apoyo de mi familia y amigos».
Inició el tratamiento, pero en enero de 2021 se contagió de COVID-19. Estaba en casa tras una sesión de quimioterapia que le había dejado las defensas por el suelo. Lo contactaron del sanatorio para revelarle que había estado expuesto al virus. Una ambulancia lo trasladó a él y a Susan al hospital, donde ingresaron a terapia intensiva por separado. Ella se recuperó en una semana, pero Jeff estuvo cinco semanas internado y casi perdió la vida.

Susan dio una sola orden a los médicos: «Sálvenle la vida». Los profesionales le exigían a Jeff que no bajara los brazos: «Debés pelear. No estás peleando lo suficiente». Necesitaba oxígeno y no podía ni darse vuelta en la cama. El COVID-19 le resultó mucho más grave que el cáncer.
Cuando le dieron el alta, su vida transcurría entre salas de quimioterapia y sesiones de rehabilitación física para superar el COVID prolongado. Susan le regaló un cachorro Cavapoo (cruce de Cavalier King Charles Spaniel y Poodle), al que llamaron Monty, en honor al estado de Montana.

Jeff posteó en redes: «… ¿Quién podría querer tener cáncer y COVID al mismo tiempo? Bueno, resulta que yo… Yo querría, porque he aprendido más del amor y he aprendido tantas cosas que no hubiera sabido si no me hubiera pasado. Tiene que ver con la gratitud y con la alegría de estar vivo».
Un nuevo objetivo lo impulsó a recuperarse: su hija Hayley Bridges se casaría el 21 de agosto de 2021 en Santa Ynez, California, ante 123 invitados. Jeff sería el padrino. Para lograrlo, tuvo que entrenar para poder estar de pie más de 45 segundos y estabilizar su respiración.

El resultado fue alentador: no solo acompañó a su hija hasta el altar, sino que también bailó con ella al ritmo de Sweet Thing, de Van Morrison, y luego Ain’t That Love, de Ray Charles. Además, tomó el micrófono y dedicó unas palabras que hicieron llorar a los invitados.
Tiempo después, Jeff pudo volver a los sets de grabación. En junio de 2022 se estrenó The Old Man, la película que había quedado interrumpida por la pandemia y su salud.
Hoy, con 76 años, el actor, músico, productor, fotógrafo y bodeguero sigue adelante. Practica un budismo sui generis que abraza desde los años 70, lo que lo ayuda con los miedos, la enfermedad y el ego. Atribuye el éxito de su matrimonio a la comunicación fluida, el respeto y la madurez emocional. Susan agregó: «Supimos mantener la diversión».
En 2022, Jeff tuvo COVID-19 por segunda vez, pero esta vez fue más leve, gracias a las vacunas.
El próximo 5 de junio cumplirán 49 años de casados (51 desde que se conocieron). Jeff y Susan, el actor y la mesera accidentada, siguen mirando hacia adelante, donde se coloca el futuro.
Fuente: Infobae