No data was found

Carlos Cuevas: talento joven, humildad firme y un cine que abraza la madurez

En el mundo del entretenimiento, donde el brillo suele deslumbrar, existen figuras que logran mantener intacta su esencia. Carlos Cuevas (Moncada i Reixach, 1995) es un claro ejemplo de ello. El intérprete catalán llegó con retraso a la cita con los medios, pues venía de realizarse un análisis de sangre. «Mira, aquí tengo la marquita», comentó mientras se subía la manga de su jersey para mostrar el algodón sujeto con esparadrapo en el brazo. Al arribar a los cines Embajadores Río en Madrid, saludó cordialmente a todo el equipo antes de pedir un café solo, sin olvidar los por favor y gracias.

Aunque su gran salto a la fama ocurrió en 2015 al interpretar al carismático y rebelde Pol Rubio en Merlí, la trayectoria de Cuevas es mucho más larga: lleva más de dos décadas actuando, principalmente en televisión y teatro, a pesar de tener apenas 30 años. Sin embargo, recién este año asumió su primer rol protagónico en cine. En La fiera, estrenada a principios de año, encarnó a Carlos Suárez, alpinista y pionero del salto BASE en España. Ahora, el actor da un giro completo hacia el mundo rural, con una vaca incluida. Cuevas es uno de los protagonistas de Cowgirl, comedia romántica dirigida por Miguel Llorens y Cristina Fernández, que llegó a los cines el viernes 22 de mayo. «Me ofrecía la posibilidad de interpretar un tipo de personaje del que estoy menos acostumbrado. Uno más rural, de un entorno más complicado», señaló el actor.

La cinta está protagonizada por la actriz y directora de teatro valenciana Isabel Rocatti (Verano 1993, Señoras del (h)AMPA). La historia sigue a Empar, una mujer de 60 años que, tras la pérdida de su esposo y su único hijo, encuentra apoyo en Tona, su vaca, que necesita quedar embarazada para salvar su granja. En el pueblo de Morella, Castellón, llega el joven Riqui (Cuevas), mientras Bernat (Pep Munné) intenta acercarse a Empar, de quien siempre ha estado enamorado.

«Me interesó todo lo que habla la película: que esté protagonizada por una mujer de más de 60 años, que hable del entorno rural y de la amistad intergeneracional. Creo que es bueno contarle al mundo que esto también existe», explicó Cuevas sobre su motivación para aceptar el papel. En la ficción, Riqui es un joven de veintitantos que llega al pueblo «para desconectar», mientras Empar es una mujer que lo ha perdido todo. «Es una peli que habla de que juntos estamos mejor. Que a veces tenemos mala suerte y vivimos épocas de aislamiento, pero que cuando el ser humano cobra su esplendor es en comunidad», afirmó.

Carlos Cuevas en 'Cowgirl'

Rocatti y Cuevas se conocieron en 2005, cuando el actor tenía apenas 10 años y comenzaba en la interpretación tras haber incursionado en publicidad. Ambos formaron parte de Ventdelplà, serie de TV3 que se emitió hasta 2010, con 365 capítulos y siete temporadas. Allí, Cuevas coincidió con actores como Jordi Boixaderas, quien interpretaba a su padre, Emma Vilarasau y la propia Rocatti. «No la he dejado nunca de ver, porque nos hemos encontrado por teatros y por estrenos y somos vecinos. Vivimos en el mismo barrio», reconoció sobre la actriz. «Cuando me dijeron que Isabel era la protagonista, me hizo mucha más ilusión; me acercó más al proyecto porque le tengo mucho cariño. Es su primer prota en cine. No entiendo cómo eso ha podido pasar, porque en Cataluña es una superhabitual de la tele y del teatro. Es que es una anomalía. No se han priorizado históricamente este tipo de historias protagonizadas por mujeres de más de equis años».

Como destaca el intérprete, la cinta reivindica el amor en la vejez, una realidad con escasa representación en la pantalla. En los últimos tiempos han surgido ficciones con personajes mayores como Maspalomas, con José Ramón Soroiz (ganador del último Goya a mejor actor protagonista); Calle Málaga, con Carmen Maura; el corto Sexo a los setenta; o series como Cochinas. «La creación siempre admira a la juventud, donde somos bellos, fuertes y poderosos, pero cada vez más caminamos hacia una sociedad geriátrica, donde la gente mayor va a ser mayoritaria», reflexionó Miguel Llorens, codirector de la película. La también directora Cristina Fernández reivindicó la necesidad de mostrar cuerpos y relaciones fuera de los cánones tradicionales: «A partir de los sesenta también se hace el amor, también se desea, también se folla. Necesitamos esos referentes porque vamos a llegar ahí y no vamos a saber ubicarnos».

Cristina Fernández Pintado, Miguel Llorens Cano, directores de la película 'Cowgirl'.

Ver a una pareja de adultos mayores volverse a enamorar resulta especialmente relevante, porque las historias románticas se vinculan casi siempre con la juventud. «Siempre es lo que hemos visto: comedias románticas entre hombre y mujer, probablemente blancos entre 30 y 40 años, ¿no?», comentó Cuevas, antes de corregirse: «No, entre 25 y 35. El amor existe en muchas otras edades, facetas, momentos, contextos, personalidades. Está guay contarlas. Diversificar y trasladar los puntos de vista en el cine me parece precioso».

La película destaca por su sencillez y, como bien dice Cuevas, por sus anomalías. Entre ellas, que el corazón de Cowgirl es una vaca, Tona en la ficción y Canela en la vida real, que atraviesa los 110 minutos de metraje. «Teníamos mucha escucha y mucho respeto por el animal con el que estábamos y es bonito entender que tú no mandas». Tampoco en el set de rodaje, que es «lo más construido por el humano del mundo». Riqui encuentra en el bovino «una manera de relacionarse más tranquila y descubrir unos cuidados que probablemente no entendía». «Somos víctimas de lo urbano porque no conocemos lo otro. Y a veces, abriéndonos a un mundo más rural y más natural, descubrimos facetas de nosotros que nos representan».

Isabel Rocatti en 'Cowgirl'

Con «lo otro», Cuevas se refiere al entorno rural, un ámbito con el que no está muy familiarizado. Nació en Montcada i Reixac, un municipio de unos 37.000 habitantes en el área metropolitana de Barcelona. Tampoco tiene pueblo. «Mi familia y yo somos de ciudad. No tengo una segunda residencia en el campo ni unos abuelos que tuvieran una casa. Toda mi gente es de ciudad. El campo es muy exótico para mí, pero lo trato con mucho respeto y con mucho cariño. Intento cuidarlo cuando voy», afirmó.

Una de las escenas clave ocurre a los 20 minutos de película, cuando Riqui debe comparecer ante la junta de vecinos del pueblo, al que ha llegado para «desconectar» con su abuela. Mientras, los habitantes discuten un problema que afecta a buena parte de la España rural: «El pueblo se está muriendo», dice el alcalde. Su solución es crear una página web para atraer turistas. La secuencia crea un espejo de contradicción: mientras la España rural necesita gente, las grandes capitales se ahogan de población, con el consiguiente problema de vivienda.

La vivienda: un eje entre la ciudad y la vida rural

Como Riqui, hay quienes ven el campo como una solución a esta problemática. «Quien se quiera ir al campo, que se vaya a ir al campo, pero no debe ser la obligatoriedad. Creo que en la ciudad hay muchos pisos vacíos que podrían ponerse al servicio del pueblo». Sobre la turistificación, aseguró que en las dos capitales mencionadas «no cabe más gente». «Supongo que es un problema que no viene de ahora, es de cómo se ha gestionado el país en los últimos 50 años», reflexionó. Por eso, valora que Cowgirl no idealice la vida rural: «Me gusta que en la película no se entienda el entorno rural como solo un paraje vacacional y un paraíso, sino que es un lugar donde la gente vive, hace comunidad, tienen su vida y donde la gente también las pasa bien y mal. No es el destino de vacaciones de los ricos de la ciudad».

Cuevas atraviesa uno de los momentos más prolíficos de su carrera, si es que alguna vez no le ha ido bien. Lleva más de dos décadas trabajando casi sin pausa: primero como niño prodigio de la televisión catalana en Ventdelplà (de los 9 a los 15 años); luego como fenómeno internacional con Merlí (2015-2018) y su continuación Merlí: Sapere Aude (2019-2021); y, en paralelo, consolidándose en el teatro con montajes como Jauría o La herencia, la ambiciosa adaptación de la obra de Matthew López que le exigía seis horas diarias en el escenario. El cine también le da un lugar cada vez más protagonista. En los últimos años ha sumado títulos como El 47, La abadesa, Wolfgang, También esto pasará y La fiera.

Toda esa experiencia se nota. «Carlos tiene esa parte tierna y canalla al mismo tiempo», ponderó Fernández. «Es una persona que lleva toda la vida trabajando, lo sabe todo, él juega siempre a favor. Es muy técnico pero tiene muchísima verdad. Cuando esas dos cosas se juntan, todo fluye». A ello se suma la cantidad de trabajo que acumula. Sabe que es un privilegiado. «No es normal viendo a mis compañeros de profesión y a mis amigos, pero es mi normalidad», reconoció. «Me siento muy afortunado y espero que siga siendo así mucho tiempo».

En cine, este año aún tiene pendiente promocionar El anfitrión, largometraje de origen griego dirigido por Miguel Ángel Jiménez, con un reparto internacional liderado por Willem Dafoe. «Ha sido un aprendizaje precioso. Dos meses en Grecia con este señor. Un sueño», resumió sobre el filme que se estrenará el 24 de julio. Pese a que el actor imponía, se encontró con alguien «familiar, cariñoso y tranquilo que te hace que te olvides de su figura en un momento». En televisión, Netflix es consciente de su condición de estrella. Con la plataforma tiene pendiente el estreno de dos series (en realidad tres): Los secretos de la cortesana, un romance de época donde interpreta a un príncipe heredero, y El acercamiento de la mujer cactus y el hombre globo, basada en la novela debut del rapero Rayden, junto a Macarena García. En otoño presentará Gènesi, una serie sobre Ferran Adrià que se emitirá en TV3 y luego en Netflix.

A pesar de llevar más de veinte años frente a las cámaras, el actor asegura que aún siente que tiene mucho por demostrar. «Tengo mucho que explicar en el cine aún. Siento que no he hecho nada todavía«. También en teatro. «Me da mucho miedo, pero me encantaría enfrentarme a un monólogo pronto». Mientras sigue sumando proyectos como intérprete, empieza a mirar hacia detrás de la cámara, un reto que se fijó al cumplir 30, algo que hizo en diciembre pasado. Ya tiene alguna idea en mente, aunque no puede adelantar nada. «Me muero por hacerlo».

Lo que sí tiene claro es qué tipo de historias quiere contar: «No distingo entre géneros, sino entre miradas. Me interesa qué cuentan los proyectos, qué aportan al mundo y qué mensaje hay detrás«. Conseguir un Goya es secundario. «Si llega, será una alegría, pero nunca escojo los proyectos con esa voluntad. No es algo que me quite el sueño o que viva con ansiedad», concluyó. En realidad, es cuestión de tiempo.

Fuente: Infobae

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
Twitter

FACEBOOK

TWITTER