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Perú ante la encrucijada: el voto que define su rumbo democrático

En medio de la polarización que domina la conversación pública, cuando los eslóganes reemplazan al debate profundo y la desconfianza se convierte en moneda corriente, las naciones se enfrentan a un desafío crucial: la capacidad de decidir con prudencia, con visión de país y con una mirada a largo plazo. El Perú está viviendo exactamente ese instante decisivo.

La jornada del próximo 7 de junio no representa un día más en el calendario electoral. Constituye una ocasión única para consolidar un sendero de institucionalidad, libertades y progreso, en un contexto regional donde se evidencian las consecuencias de permitir que la demagogia opaque la lógica, el estatismo limite la iniciativa privada y el enfrentamiento constante erosione la gobernabilidad.

En la coyuntura actual, Perú requiere un liderazgo que no profundice las divisiones, sino que las trascienda; que no administre el poder desde el resentimiento, sino desde la responsabilidad; que no ofrezca utopías, sino que asegure lo fundamental: estabilidad, respeto absoluto por la democracia y una auténtica voluntad de congregar a la ciudadanía en torno a un objetivo común. Esa clase de liderazgo lleva un nombre: Keiko Fujimori.

Su postulación representa un faro para quienes entienden que el Perú no puede desperdiciar lo que ha edificado con tanto esfuerzo. Una economía abierta, un tejido productivo competitivo y una población que, a pesar de las convulsiones institucionales recientes, ha exhibido una resiliencia encomiable. Defender la economía de mercado no responde a un dogma ideológico, sino al reconocimiento honesto de que el crecimiento, el empleo y la inversión florecen cuando hay reglas claras, seguridad jurídica y fe en las instituciones. No existe política social perdurable sin una economía robusta; no hay reducción efectiva de la pobreza sin productividad; y no hay porvenir posible cuando el país está sumido en una incertidumbre perpetua.

El Perú ha padecido ese desgaste a través de gobiernos endebles, disputas entre los poderes del Estado y un ambiente de tensión institucional que ha minado la confianza interna. En este escenario, Keiko Fujimori ha evidenciado algo que las épocas de crisis vuelven valioso y necesario: la capacidad de forjar consensos, de ejercer la autoridad democrática sin convertirla en un instrumento de persecución, y de comprender que gobernar implica unir antes que dividir, persuadir antes que imponer.

Keiko Fujimori saluda sonriente a sus seguidores en un evento público (AFP)

Keiko incursionó en la política portando el apellido más influyente y polémico de la historia peruana reciente, pero resultaría un error limitarla a ese origen. Con el transcurso de los años y las contiendas, ha forjado un liderazgo propio, templado no en el privilegio sino en la adversidad: cuatro campañas, tres derrotas en segunda vuelta y procesos judiciales que habrían quebrado a cualquier político sin una convicción auténtica. Sin embargo, por el contrario, Keiko asimiló las lecciones más severas que la política puede ofrecer y construyó una voz independiente que ya no se sustenta en el fujimorismo, sino en sus propias certezas. Hoy enfrenta una responsabilidad histórica: demostrar que una mujer curtida en las batallas más duras de la democracia peruana es capaz de unir lo que otros han fragmentado.

En este momento, más que nunca, el Perú necesita unidad. Ante un panorama de polarización aguda y fragmentación profunda, Keiko surge como la figura con mayor capacidad real para articular acuerdos, tender puentes entre sensibilidades diversas y construir la gobernabilidad que el país reclama con urgencia. Las naciones no avanzan en medio del enfrentamiento permanente; progresan cuando logran establecer consensos mínimos en torno a la democracia, la estabilidad y la confianza en las instituciones. Y en esa tarea, hay un componente que no puede ser ignorado: la defensa de las libertades.

La libertad no es un concepto abstracto reservado a la Constitución; es la posibilidad de emprender, de trabajar, de defender las ideas propias sin temor a la intimidación, de progresar mediante el esfuerzo personal y de vivir sin que el Estado se erija como un juez arbitrario de la vida económica y social de los ciudadanos. Es la garantía de una prensa libre, del equilibrio entre los poderes públicos con pesos y contrapesos efectivos, y de que la democracia se preserve como un patrimonio intransferible. Porque cuando se debilitan las libertades, se deteriora la dignidad humana, y cuando se erosionan las instituciones, se compromete también el futuro de toda una generación.

La historia latinoamericana ha demostrado, con dolorosa recurrencia, que los países no se transforman destruyendo sus cimientos, sino fortaleciéndolos. Que las reformas necesarias y urgentes se implementan con responsabilidad, con diálogo y con una visión de largo plazo.

Perú merece pasar la página de la incertidumbre. Merece una agenda de unidad, crecimiento y empleo, asentada sobre el fortalecimiento democrático y el respeto a las libertades que constituyen la base de cualquier progreso sostenible. Votar por Keiko Fujimori el 7 de junio es optar por ese sendero. La política en su expresión más elevada no es el arte de dividir: es el arte de unir. Y en este momento crucial, el Perú merece ese arte ejercido con grandeza.

*Iván Duque, ex presidente de Colombia.

Fuente: Infobae

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