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La rebelión poética de Alejandra Pizarnik según sus versos

Hay frases que no se leen; se padecen. Actúan como fragmentos que se incrustan en la retina y permanecen encendidos mucho después de cerrar el libro. En la literatura argentina, pocas líneas poseen la intensidad de aquel postulado que escribió Alejandra Pizarnik: “La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos”. Ese destello poético pertenece a Árbol de Diana, un poemario clave publicado en 1962, que redefinió los límites de la vanguardia lírica en español.

Para comprender el origen de esta frase hay que trasladarse al París de principios de los años sesenta. Alejandra Pizarnik residía en la capital francesa en un ambiente de ebullición intelectual y dificultades económicas. Trabajaba para la revista Cuadernos, realizaba traducciones y absorbía las obras de los surrealistas franceses como André Breton y Antonin Artaud. Allí se sumergió en una comunidad de expatriados latinoamericanos, entre ellos su compatriota Julio Cortázar y el mexicano Octavio Paz.

Paz actuó como impulsor intelectual de Árbol de Diana, redactando un famoso prólogo donde definió la poesía de Pizarnik como una cristalización de la noche. El contexto de escritura está marcado por esa dualidad: la libertad absoluta que brindaba París y, en contraste, el desgarro de la extranjería, el insomnio crónico y una obsesión cada vez más intensa con la muerte y la infancia perdida. La obra fue publicada por la mítica Editorial Sur de Victoria Ocampo. Son 38 fragmentos breves e independientes; representa el cuarto poemario de la autora.

Portada de la primera edición del poemario

La relevancia de este volumen en la literatura hispánica es fundacional. Pizarnik provenía de una poesía más discursiva en La última inocencia y Las aventuras perdidas, pero en Árbol de Diana llevó a cabo una poda radical del lenguaje. El poema se convierte en aforismo, herida limpia, silencio condensado. La autora elimina el adorno y deja el hueso. Es una estética de la miniatura donde cada palabra pesa toneladas. El libro inauguró una forma de misticismo profano que influyó a generaciones de poetas en toda América Latina.

Los versos en cuestión forman parte del poema 23 del libro, que en su totalidad dice, siempre en minúscula:

“una mirada desde la alcantarilla / puede ser una visión del mundo / la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos”.

Es un contraste violento de opuestos donde la “alcantarilla” (lo subterráneo, lo sucio, el desecho) se convierte en el refugio para entender la totalidad del universo. No se necesita un altar para ver la verdad; el margen es el mejor mirador.

La segunda parte introduce el concepto de la “rebelión”. Para la autora, la insurrección es un acto de resistencia estético e individual. La “rosa” representa el arquetipo clásico de la belleza y la pureza en la tradición poética (desde Rainer Maria Rilke hasta Jorge Luis Borges). Mirarla hasta “pulverizarse los ojos” implica llevar la experiencia de la contemplación hasta sus últimas consecuencias físicas y psicológicas. Una mirada kamikaze. El precio que se paga por acceder a la belleza absoluta.

Alejandra Pizarnik nació en Avellaneda, Argentina, en 1936, en el seno de una familia de inmigrantes judíos ucranianos (Wikimedia Commons)

Esta idea resume el pensamiento y el destino de Alejandra Pizarnik. Toda su biografía —que concluyó trágicamente en 1972 tras una sobredosis de seconal a los 36 años— fue una puesta en práctica de estos versos. Para ella, la literatura era una ontología: se vivía para escribir y se moría en el intento. Creía que el lenguaje corriente estaba muerto y que la única forma de revivirlo era forzarlo hasta el límite de la locura o el silencio. Estos versos son su manifiesto definitivo: la belleza, si es verdadera, siempre duele.

¿Quién fue Alejandra Pizarnik?

Alejandra Pizarnik nació en Avellaneda, Argentina, en 1936, en el seno de una familia de inmigrantes judíos ucranianos. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires y también se adentró en las artes plásticas bajo la guía del pintor Juan Batlle Planas. Su juventud estuvo marcada por crisis de ansiedad, asma, tartamudez y una compleja relación con su cuerpo, problemáticas que plasmó con maestría en una literatura de carácter marcadamente autobiográfico. Entre 1960 y 1964 vivió en París.

Alejandra Pizarnik murió en la madrugada del 25 de septiembre de 1972

Esa etapa en la capital francesa fue crucial para su carrera: consolidó su madurez poética, trabajó para la revista Cuadernos y forjó vínculos intelectuales y afectivos con figuras icónicas de la literatura. Con Julio Cortázar tuvo una amistad entrañable, al punto de dedicarle poemas y cartas desesperadas. Publicó poemarios inolvidables: La última inocencia, Las aventuras perdidas, Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de locura, y la prosa La condesa sangrienta.

Al regresar a Buenos Aires, su salud mental se deterioró de forma progresiva, atravesando internaciones psiquiátricas y graves cuadros depresivos. El desenlace fatal llegó en la madrugada del 25 de septiembre de 1972. Aprovechando un permiso de fin de semana para salir del hospital psiquiátrico Pirovano, tomó cincuenta pastillas de seconal. Sobre el pizarrón de su cuarto quedaron escritas sus últimas y desgarradoras líneas: “no quiero ir / nada más / que hasta el fondo”. Tenía apenas 36 años.

Fuente: Infobae

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