Centenario de «El juguete rabioso»: el legado de Roberto Arlt

En el año 2024 se conmemoran 100 años desde que viera la luz El juguete rabioso, la obra cumbre de Roberto Arlt. Sin embargo, esta efeméride ha pasado casi inadvertida, opacada por los homenajes a Jorge Luis Borges al cumplirse 40 años de su muerte. Tampoco ha tenido mayor eco el recuerdo, más bien aislado, del centenario de otra obra fundamental: Don segundo sombra, de Ricardo Güiraldes.

¿A qué se debe que Arlt quede relegado? Quien escribe, borgesiano confeso, ha centrado su atención en los tributos a Georgie Borges. Pero Arlt, sinceramente, no se puede ignorar a Arlt, pues también forma parte de la biblioteca esencial de la Argentina, y aún más allá de sus fronteras.

El escritor mexicano Carlos Fuentes declaró que “la novela latinoamericana nace de una realidad desgarrada, urbana, violenta… en la que Arlt es uno de sus primeros testigos”. Entonces, cabe preguntarse: ¿por qué no merece un recuerdo el autor de Los siete locos?

Un rescate necesario

Roberto Arlt nació en el barrio porteño de Flores en 1900, en el seno de una familia de inmigrantes pobres. Su padre era alemán y su madre, italiana. Durante su adolescencia, abandonó su hogar y se fue a “patear la calle”. En 1942, al momento de su muerte, no parecía haber mejorado mucho su situación económica. Aunque su nombre era más o menos conocido entre algunos círculos literarios, sus obras cosechaban elogios en el Teatro del Pueblo, fundado por Leónidas Barletta, y sus aguafuertes ayudaban, significativamente, a aumentar las ventas del diario El mundo. La muerte lo encontró en una pensión de Belgrano. Su novela El juguete rabioso había sido la única en tener una modesta segunda edición. Pero el falle, el fallecimiento lo borró del mapa literario.

Tapa original de

En su época de mayor producción, frecuentó el grupo Boedo y participó en los debates (el término es exagerado) con el grupo Florida. No obstante, el partido Comunista comunismo argentino lanzó contra él el anatema de ser un escritor antipopular y fascista que escribía en contra de los intereses del pueblo. Hoy, leer que Arlt era considerado antipopular, nos obliga a releer la frase sospechando de un error. Pero no lo era. La Doctrina Zhdánov, impulsada a nivel global por el Kominform de la URSS, era muy clara: todo escritor o artista que no fuera abiertamente comunista era sospechoso de ser enemigo del pueblo y abanderado del Capitalismo.

Arlt, cuya literatura se enfocaba las márgenes de la ciudad y las periferias existenciales, fue despreciado por la elite cultural y cancelado (diríamos hoy) por los sectores culturales que debieron haber impulsado su obra. Para 1950, su obra era inhallable. Y aquí se vuelve fundamental la figura de Raúl Larra.

En 19500, Larra fundó la editorial Futuro con un objetivo muy claro: rescatar la obra de Roberto Arlt. No solo la reeditó, sino que escribió una biografía que aún hoy es canónica: Roberto Arlt, el torturado.

La contracara de Borges

En la década siguiente, Larra y David Viñas, que habían abandonado el tajante dogmatismo comunista por una izquierda popular —pues, aunque no eran peronistas, no despreciaban las bases populares del justicialismo (una vez más, la doctrina de Perón le arrebataba un campo popular a la doctrina de Marx)—, lograron situar a Roberto Arlt en un lugar más visible dentro del panorama cultural argentino. En este caso, con otro fin, además del literario: ser el antagonista de Jorge Luis Borges.

A Roberto Arlt le tocó ser el antagonista de Jorge Luis Borges (Imagen Ilustrativa Infobae)

El escritor de las orillas, con habla popular y escritura realista y descuidada, parecía el contrapunto ideal del escritor porteño y antiperonista mimado por la elite cultural, que comenzaba a forjar una fama internacional avasallante. Su literatura fantástica, elegante y compleja, como una partida de ajedrez, era considerada antirevolucionaria por estar encerrada en una torre de marfil ajena a las cuestiones sociales que sacudían al mundo. Arlt, entonces, se presentaba como un arquetipo para el escritor de izquierdas que quisiera (y aunque no quisiera) hacer literatura comprometida.

Lamentablemente, ser solo la antítesis de Borges también perjudicó la obra de Arlt. Como si no hubiera tenido méritos literarios propios y solo funcionara mientras existiera el rival. Arlt no fue únicamente un “anti Borges”. Fue, en palabras de Beatriz Sarlo, un escritor con un estilo propio, “urbano y lingüísticamente innovador”.

Un mal escritor

Durante mucho tiempo se consideró a Arlt un mal escritor. Alguien poco leído, incluso. Sus errores gramaticales, sintácticos y sus usos caóticos de los tiempos verbales se encuentran en casi cada página arltiana. También el uso de españolismos arcaicos (incluso para su época), que habrían sonrojado a Enrique Larreta.

Pero llegado a este punto, conviene recordar el juicio de Julio Cortázar: “Es imperfecto pero único”.

El escritor de las orillas, de habla popular y escritura realista y descuidada, parecía el contrapunto ideal del escritor porteño y antiperonista mimado por la elite cultural

El objetivo de la literatura no puede ser solo una cuestión de formas. Hay otra cosa, otro peso que tiene que ver con lo que se quiere contar. Parafraseando una sentencia de la película Ratatouille, no cualquiera puede ser un gran escritor, pero un gran escritor puede estar en cualquier lado. Cervantes es un ejemplo. Las dos partes que cuentan las andanzas y hazañas de don Quijote están llenas de errores, incluso erratas (por las modificaciones hechas a la apurada antes de mandarlas a la imprenta), que a lo largo de cuatro siglos se han impreso. Sin embargo, nadie dudaría del lugar que esa obra ocupa en la literatura universal. Sobre este punto reflexionó Borges al afirmar que Quevedo podría haber corregido cada página del Quijote, pero nunca haberlo escrito.

Un Quijote del arrabal

Seguir afirmando hoy que Arlt era un escritor sin lecturas es una picardía. Bebió, al igual que Borges, de abundantes fuentes populares. Arlt consumía con fervor novelas de aventuras y bandoleros, sagas de Rocambole y de españoles como Luis de Val. Obras muy populares, escritas en un español adornado y artificial o traducidas a un pésimo castellano (lo que ayudaría a explicar el lenguaje arltiano). Obras consideradas populacheras. Pero Borges y Bioy también las leían. La literatura policial, el fantástico y la ciencia ficción también son considerados (aún hoy) géneros menores. Figuras que hoy se veneran como Chesterton o Wells eran considerados, en su tiempo, menos que escritorzuelos.

Una novela como El juguete rabioso, al estilo borgesiano, está llena de referencias librescas. Astier, en el primer capítulo, revolea a diestra y siniestra nombres de autores y personajes. Y Arlt, se evidencia, conocía al detalle a esos escritores que le habían dado horas de felicidad. Esto imposible que no nos recuerde a uno de sus autores favoritos: Miguel de Cervantes. Sí, el autor de El jorobadito también compartía con Borges la veneración por don Alonso Quijano.

Roberto Arlt

No es descabellado leer El juguete rabioso como una obra inspirada en el Quijote. Ambos protagonistas son lectores voraces de un género popular y ambos sueñan con una vida de aventuras al estilo de sus héroes literarios.

Cervantes nos revela su conocimiento profundo de las novelas de caballería. Cuando el cura y el barbero, en su afán benefactor, pretenden curar a Alonso Quijano deshaciéndose de los libros de caballería, nos dan una clase sobre el valor de varios títulos. Incluso ellos, que encuentran la razón del mal de su amigo en la biblioteca, no pueden dejar de ponderar el valor moral y literario de algunos libros que salvan de la destrucción.

Borges pensaba que Cervantes, para curarse de su gusto por las novelas de caballería, escribió el Quijote. Siguiendo esta tesis, Cervantes escribió una novela de caballeros andantes desde la sátira y la picaresca. Arlt, en este sentido, podríamos inferir que escribió una novela de bandidos y aventureros, pero desde la tragedia. Y también, para exorcizarse de las ilusiones que la literatura puede crear en la mente casi infantil de un adolescente arrancado de su inocencia para habitar el cruel y duro mundo adulto de las márgenes. Los adolescentes, lejos de la ensoñación romántica de la literatura argentina de finales de siglo, encuentran en Arlt a quien mejor los representa.

Una novela para nuestro tiempo

Silvio Astier no es un recuerdo del pasado. No es una sombra en una ciudad literaria. Silvio Astier está vivo. Roberto Bolaño decía que los personajes arltianos eran “marginales y extremos”. Silvio Astier es un ejemplo de eso. Es, de alguna forma, el heredero de los hijos de Martín Fierro, a quienes podemos imaginar, como tantos otros hombres de campo, llegando a instalarse en la ciudad. Silvio Astier es el padre del pibe chorro que hoy sirve de chivo expiatorio de tantos temores de la clase media argentina.

El joven Astier hoy sería el ejemplo de la vindicta pública que reclama un régimen penal juvenil ominosamente severo. Astier también sufre en esa novela el desprecio de una sociedad que lo pisotea y lo ignora, pero que luego se sorprende de que no haya optado por el estudio y el trabajo. Astier, al margen de los “ciudadanos de bien”, se vuelve central en una Argentina que, a 100 años de la publicación de El juguete rabioso, aún sigue ignorando las periferias existenciales.

En este enfrentarnos a lo incómod, Arlt encuentra la merecida pátina de clásico.

Fuente: Infobae

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