En el imaginario de Silicon Valley, pocas leyendas laborales resultan tan persistentes como la de las jornadas de 90 horas semanales en los albores de Apple. Pero, ¿hasta qué punto esa narrativa se ajusta a los hechos históricos? Más allá del mito, la realidad de aquellos años se tejió entre jóvenes entusiastas, una presión creativa desbordante y una cultura empresarial que convertía el exceso de trabajo en un símbolo de pertenencia y devoción.
La célebre frase “90 horas a la semana y me encanta” no fue solo un eslogan corporativo; encapsuló un estilo de vida que, visto desde la óptica actual, resulta casi incomprensible para las nuevas generaciones de trabajadores.
Cultura laboral en Apple en los años 80: entre el mito y la realidad
A lo largo de la década de 1980, Apple se consolidó como el epicentro de una ética de trabajo llevada al extremo. En ese contexto, superar con creces las 40 horas semanales no era una excepción, sino una práctica habitual, fomentada tanto por la directiva como por los propios empleados.

Steve Jobs, la figura rectora de la compañía, promovía un entorno donde la dedicación absoluta era la regla, no la anomalía. El equipo encargado del desarrollo del software de la Macintosh estaba compuesto mayoritariamente por personas en sus veinte y treinta años, muchas de ellas sin grandes vínculos familiares.
Esa composición demográfica favorecía la disposición a invertir una cantidad desorbitada de tiempo en el trabajo, sacrificando sueño, vida social y bienestar personal. Andy Hertzfeld, uno de los ingenieros del equipo, relató cómo la pasión por el proyecto los llevó a relegar otros aspectos de sus vidas, al menos de forma temporal.

“Nos apasionaba el proyecto y estábamos dispuestos a subordinarle, más o menos, el resto de nuestras vidas, al menos por un tiempo. A medida que aumentaba la presión para terminar el software a tiempo para cumplir con la fecha límite de enero de 1984, empezamos a trabajar cada vez más horas. En el otoño de 1983, no era raro encontrar a la mayoría del equipo de software en sus cubículos cualquier noche, día laborable o no, todavía tecleando a las 11 de la noche o incluso más tarde”, recordó.
Esta dinámica se reforzaba mediante competencias internas para detectar fallos o someter el sistema a pruebas de resistencia, donde el verdadero premio era el reconocimiento y el sentido de pertenencia al grupo selecto.
El origen del lema “90 horas a la semana y me encanta”
La frase que se erigió en emblema nació en un ambiente donde la autoexigencia se consideraba un timbre de orgullo. La cultura interna de Apple alentaba la autoexplotación como el camino para alcanzar logros extraordinarios, y ese nivel de sacrificio se veía como parte del pedigrí de quienes integraban el equipo Macintosh.

Debi Coleman Coleman, miembro del área financiera de Apple en esa época, concibió una forma de inmortalizar esa experiencia colectiva: diseñó una prenda especial para el equipo. Según relató Hertzfeld, se eligió una sudadera con capucha de alta calidad y el lema “90 horas a la semana y me encanta”, inspirado en una declaración pública de Steve Jobs sobre la intensidad del trabajo en la empresa.
El gesto buscaba que el equipo se sintiera parte de algo único, reforzando la narrativa de que el esfuerzo extremo era una insignia de pertenencia. Este tipo de iniciativas reflejaba cómo el exceso laboral no solo era tolerado, sino aplaudido y celebrado dentro de la compañía. Las largas jornadas no se vivían como una imposición, sino como una prueba de compromiso personal y colectivo frente a un objetivo común.

De la mística del sobretrabajo al rechazo de la Generación Z
El culto al sobretrabajo, que en los años 80 funcionó como motor de motivación y orgullo en empresas tecnológicas como Apple, ha perdido vigencia ante el cambio de valores en el mundo laboral actual. Para la Generación Z, la idea de sacrificar bienestar y tiempo personal por el empleo resulta ajena y poco atractiva.
Lo que antes se presentaba como ejemplo de entrega, hoy se percibe como abuso y motivo de crítica, especialmente en redes sociales. Las nuevas generaciones no asocian la productividad con la cantidad de horas trabajadas ni consideran aceptable dormir en la oficina o presentar una máquina de vending como un incentivo laboral. El equilibrio entre la vida personal y profesional, así como la salud física y mental, se han convertido en prioridades innegociables.
Este cambio de paradigma también cuenta con respaldo institucional, como lo evidencia un informe del Foro Económico Mundial. Según este documento, la adopción de una semana laboral de cuatro días puede incrementar la productividad, mejorar la salud de los empleados y reducir el impacto ambiental.

Símbolos y dinámicas del trabajo extremo en Apple
Dentro del equipo de Macintosh, las largas jornadas no solo eran toleradas, sino que se convertían en motivo de competencia y camaradería. Se organizaban maratones de pruebas, donde los participantes competían para encontrar el mayor número de errores o realizar los test más exigentes.
El premio no era material, sino la satisfacción de contribuir de manera decisiva al desarrollo del producto y el reconocimiento entre pares. Estos rituales reforzaban una identidad común y la sensación de estar participando en algo trascendente. El grupo se sentía protagonista de una misión que justificaba sacrificios personales, y la presión por cumplir con los plazos se asumía como un desafío colectivo.
Fuente: Infobae