El peligro oculto de la IA: rendir más hoy cuesta caro mañana

Imagine a una persona resolviendo ejercicios de matemáticas con un chatbot a su lado. Acierta más, va más rápido y se siente capaz. Pero luego le retiran el chatbot sin previo aviso y le dan tres problemas del mismo tipo problemas similares. No solo no regresa a su punto de partida, sino que cae por debajo de quien nunca tuvo el asistente. Y algo aún más preocupante: abandona, dejando problemas sin resolver.

Esa es la escena central de un estudio realizado por Carnegie Mellon, la Universidad de Oxford, el MIT y la Universidad de California en Los Ángeles, una de las concentraciones de investigación en cognición humana y aprendizaje más sólidas del mundo. Los investigadores llevaron a cabo tres ensayos controlados con 1.222 participantes, en áreas de aritmética y comprensión lectora. El hallazgo se repitió en los tres casos.

La creencia que este estudio desmonta es la creencia más cómoda del momento: que la inteligencia artificial es una herramienta que potencia y que luego se guarda cuando ya no se necesita. Los resultados muestran otra realidad. Mientras la IA está presente, el rendimiento sube. Pero cuando desaparece, queda un saldo negativo. En la prueba de comprensión lectora, el grupo que había trabajado con IA resolvió el 76% de los ejercicios finales sin ella. El grupo que nunca la usó resolvió el 89%. Es decir, una diferencia de 13 puntos porcentuales en contra de quienes tuvieron ayuda artificial.

El daño no lo hace la IA, sino pedirle la respuesta

Aquí está el dato que lo explica todo. Los investigadores preguntaron a los participantes cómo habían utilizado el asistente. El 61% admitió que lo usó para obtener la respuesta directa. Otro 27% lo usó para pedir pistas o aclaraciones. Y el daño no se reparte de manera uniforme: se concentra casi por completo en el primer grupo. Los autores aclaran que esta parte del análisis es correlacional, no causal como el hallazgo central. Aun así, la dirección es clara.

Quienes pidieron la solución completa obtuvieron un 65% en la prueba final. Quienes, dentro del mismo experimento, no usaron el asistente, lograron un 89%. Es decir, 24 puntos de diferencia. Quienes usaron la IA solo para pedir pistas quedaron en 76%, mucho más cerca del grupo que no recibió ayuda. La herramienta es la misma. Lo que cambia es la pregunta que se le hace.

Pedir soluciones completas a la IA mostró efectos más negativos que utilizarla como guía. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esto desactiva el reflejo defensivo de siempre, ese que compara la IA con la calculadora. La calculadora no decide por usted cuánto esfuerzo mental pone. El chatbot sí, porque puede entregarle el proceso completo o puede negarse y empujarlo a pensar. Hoy en día, casi siempre entrega la respuesta. Nunca dice que no, salvo por razones de seguridad.

La persistencia es el músculo que se atrofia

El segundo hallazgo es el que más debería preocupar, y no se trata de acertar o no. Se trata de rendirse. El grupo que había usado IA saltaba ejercicios sin siquiera intentarlos con mucha más frecuencia que el grupo de control. No es que no supieran la respuesta. Es que dejaban de probar.

Los autores ofrecen un mecanismo, y es importante señalar que es una explicación propuesta, no un resultado medido directamente. Cuando la IA resuelve todo en segundos, se corre la vara de lo que debería costar una tarea. El esfuerzo propio comienza a sentirse desproporcionado. Y cada vez que uno delega el trabajo, esa vara se mueve un poco más. El proceso se alimenta a sí mismo.

La persistencia no es un detalle motivacional. Es, según décadas de investigación que el estudio cita, uno de los predictores más fuertes del aprendizaje a largo plazo y de la adaptabilidad laboral. No se trata de tener la razón, sino de la capacidad de seguir adelante cuando todavía no se tiene la respuesta.

Los investigadores advierten que resolver todo en segundos modifica la percepción del esfuerzo necesario. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Hay un límite que el estudio reconoce y que se debe respetar: midió sesiones de 10 a 15 minutos, no años de uso. La extrapolación a una vida entera con chatbots es una hipótesis, no un dato. Pero es razonable: si 10 minutos dejan una marca, la pregunta sobre el uso diario y sostenido queda abierta y es seria.

Lo que el experimento deja probado alcanza para una reflexión sobre las empresas. Cualquier organización que mide su transformación con IA por velocidad y volumen está capturando solo el rendimiento asistido, el que sube. El día que el asistente no esté, por cualquier motivo, esa organización descubrirá cuánto músculo perdió sin haberlo notado.

La IA no lo vuelve a uno tonto. Lo vuelve cómodo. Y la comodidad sostenida, cuando ya nadie recuerda cómo empujar solo, es otro nombre para la dependencia.

Fuente: Infobae

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