La historia de amor de este domingo tiene como narradora a Solana, una mujer de 46 años que es la hija de Marisa Falivene y Eduardo Calderón. Ella se encarga de relatar, como un homenaje, los capítulos de la vida de sus padres desde el inicio hasta el desenlace, convencida de que su amor fue excepcional. Y tiene pruebas sólidas para respaldarlo.
A continuación, el relato en primera persona de aquella unión que los genes apasionados de Marisa y Eduardo crearon.
El encuentro en México
Marisa Falivene nació el 25 de enero de 1957 en Vicente López, Buenos Aires, bajo el signo de Acuario. Por el trabajo de su padre, llevó una vida nómada: vivió en Perú, México y Argentina. Fue precisamente en México, en el aula del colegio Loyola en Pedregal, donde conoció al amor de su vida. Ella tenía 15 años y Eduardo, 17. Él justificaba su retraso escolar porque su padre, un hombre acaudalado, se había jubilado a los 40 y viajaba por el mundo con la familia.
“Se pusieron de novios cuando mi papá cumplió 17 años, en el balcón de su casa en la ciudad de México. En ese sitio ocurrió el primer beso. Ese departamento todavía existe y es donde vive una tía mía, pero nunca había prestado atención a un detalle. Hace poco me di cuenta de que ese balcón es hoy parte del living porque en algún momento fue techado”, cuenta Solana, buscando a sus padres en los lugares donde transcurrió su historia.

El noviazgo fue anunciado con entusiasmo, pero la familia de Marisa tuvo que regresar a Buenos Aires. Parecía el fin, pero el amor continuó a través de cartas.
“Apenas mi papá cumplió los 18 años en México, su padre le regaló un auto. Él tomó una decisión: lo vendería para comprarse un pasaje a la Argentina y tener dinero para estar con su novia. No le iba a pedir nada a nadie para que no intentaran disuadirlo de su objetivo. Vendió el coche y se marchó. Primero se instaló en el departamento que su padre tenía en la zona del botánico, porque a mi abuelo le encantaba Buenos Aires y venían con frecuencia. Todos pensaron, bueno, se va un tiempo y después vuelve. Pero no, papá se quedó muy decidido. Al tiempo dejó el departamento y se instaló en la casa de los padres de mi madre en Vicente López, en el cuarto de invitados de la planta baja que tenía baño”, recuerda Solana.
Los padres de Marisa temían que Eduardo quisiera llevársela a México, pero no ocurrió. Marisa terminó el colegio y, al cumplir los 18, fijaron la fecha de la boda para el año siguiente.

“Se casaron en el Liceo Naval el 1 de julio de 1976. ¡A las dos de la mañana los obligaron a terminar la fiesta… Mamá se amargó mucho porque no entendía el apuro por acabar con el baile. ¡Después se enteró de que había sido por una amenaza de bomba! No les habían contado a los novios para que no entraran en pánico”, relata la hija. “Se fueron a vivir a un depto que les regaló mi abuelo materno, en Liniers. En 1977 nació mi hermano Daniel; en el 79, llegué yo”.

Eduardo trabajaba en el área comercial y Marisa cuidaba de sus hijos. Eran felices. Un año después, con una oferta laboral para Eduardo, se mudaron a Alicante, España. La experiencia no funcionó y regresaron un año más tarde.
“Vendieron el apartamento de Liniers y compraron uno en Vicente López donde crecimos nosotros. Terminé yendo al mismo colegio que mi madre y mi tía. Crecí viendo a mis padres siendo carne y uña. No tengo memoria de haber visto entre los padres de mis amigos una relación parecida a la de ellos, tan unida. Nunca. Obviamente, tenían sus peleas, pero siempre estaban para apoyarse. Mamá era muy posesiva y celosa. ¡A papá le gustaban Andrea Frigerio y Michelle Pfeiffer! Y mamá, que era muy pasional, podía tirarle con un plato por la cabeza por los celos que le daba. Era muy graciosa. Ella, en cambio, jamás le provocaba celos a papá con nada. No hacía viajes ni salía sola con sus amigas, simplemente quería estar con él. Eran muy amigos entre sí y tenían, para nosotros como hijos, una relación demasiado idílica. ¡Es difícil tener esa vara tan alta sobre lo que es una pareja!”, cuenta riendo. “Mi mamá no trabajó en ese tiempo y papá siguió como gerente de ventas de una compañía de celulares. Unos años después decidieron abrir con mi mamá un local de decoración en Barrancas de Belgrano. Terminó mal y perdimos todo. Papá volvió al área comercial. En el año 2008 pusieron con mamá una inmobiliaria. Les fue super bien y trabajaron juntos el resto de sus vidas. Se complementaban mucho. Ella era la estricta y mi papá el bueno. Esos eran sus roles naturales. Estaban 24/7 juntos y jamás se sintieron asfixiados. Si ella iba al gimnasio, él la iba a buscar. Eran muy amigos, se contaban todo y, también, eran super pegajosos. ¡Ella lo seguía viendo como cuando eran jóvenes! Te diría que era una pareja un poco simbiótica, pero sumamente feliz”.
La promesa incumplida
Ambos fumaban. Cuando nació su primera nieta, prometieron dejarlo. Marisa lo logró; Eduardo volvió al cigarrillo. Fue la única vez que tomaron caminos separados.
En noviembre de 2020, durante la pandemia, la neumonía los atacó a la vez. “Estaban los dos con neumonía bilateral y los internaron en la misma habitación del sanatorio. Juntos hasta en eso. Estuvieron complicados y parece que por eso, en esos días, mamá nos escribió varias cartas a los hijos, por si les pasaba algo. Nunca nos las dio, las debió haber tirado cuando se recuperaron. El tema es que papá se mejoró antes que mi madre y le dieron el alta. ¡Podés creer que se negó a irse! Dijo que se quedaría hasta que ella también tuviera el alta. Estuvo cinco días más en la habitación. La enfermera nos contó que cuando entraba a monitorearlos papá siempre decía que revisaran primero a mamá. Se desvivían el uno por el otro. Por supuesto, como ellos querían, terminaron saliendo juntos de la internación”.

La pandemia tuvo consecuencias graves. Durante la cuarentena, Eduardo no pudo atenderse adecuadamente por unos pólipos en la vejiga.
“Cuando las cosas se relajaron y se hicieron los estudios en el 2021 esos pólipos ya eran tumores malignos, invasivos. Tenía el cáncer diseminado por el cuerpo, había compromiso a nivel de los ganglios. El primer año le hizo efecto la quimioterapia y, también, realizó inmunoterapia. Papá era muy coqueto y nunca perdió el pelo porque le contratamos algo que se llama cascos fríos. Fue un golazo y super funcionó porque no perdió el pelo. Pero el cáncer era muy agresivo. En febrero de 2022 nos enteramos de que la inmunoterapia ya no le hacía efecto y que tenían que estudiar qué tratamiento aplicar porque el cáncer era mutante y tenía memoria sobre los tratamientos que habían funcionado, por lo que repetirlos no tenía sentido. Intentamos que entrara en un protocolo de investigación nuevo y se enviaron dos muestras a los Estados Unidos pero una se perdió. Su caso quedó fuera. En diciembre del 2022 mi hermano habla con el médico y este le dice que no hay mucho más para hacer. Intentamos no decirle mucho a mamá porque no lo iba a aceptar y a papá para que no bajara los brazos”, relata Solana.

El 11 de noviembre de 2022, Marisa y Eduardo renovaron sus votos matrimoniales en San Miguel, la misma parroquia donde se casaron por Iglesia, con una comida en casa de Solana en Pilar. Ese día se cumplían 50 años de su primer beso en el balcón.
El desenlace
“En enero de 2023 mamá lo notaba muy desmejorado y se lo decía a los médicos. Al final le mandaron a hacer un PET y el resultado fue malísimo: el cáncer había avanzado mucho. Mamá no hablaba de este tema con nadie. No quería que nosotros lo cuidáramos, quería estar siempre ella. No se despegaba de papá y, además, seguía como podía con la inmobiliaria. Tampoco nos dejaba contar de la enfermedad de papá porque creía que eso podría traer malas vibras. Estaba convencida de que ella tenía que salvarlo como fuera. Lo llevó a todos lados, a misas de curas sanadores, a terapias alternativas. Y siempre le repetía a él una frase que era como una clave entre ellos: ¡Acordate de la promesa que me hiciste! Mi papá se sostenía solamente por mamá y no se quejaba. En casa no se hablaba de la muerte o del final o de lo que estaba pasando. Mamá lloraba sin que él la viera, estaba pasada de rosca. ¡Un día se perdió al volver de la clínica de lo mal que estaba! Era increíble porque papá estaba a la miseria, había bajado unos 30 kilos y aún así ella podía celarlo”, dice Solana.

Los médicos recomendaron prepararse para el final y asignaron internación domiciliaria. Solana y Daniel se instalaron con sus padres para ayudar a Marisa y despedir a Eduardo.
Marisa repetía que si él se iba, ella se iría con él. La noche del sábado 15 de abril de 2023, Eduardo ya casi no hablaba. En la madrugada del domingo 16, Marisa se durmió. Solana notó que su padre respiraba diferente. “Y después, de pronto, me pareció que dejó de respirar. Fui corriendo a buscar a mi hermano. Llamamos a emergencias y la chica por teléfono me pidió que le hiciera RCP. No sé qué hice, ni cómo lo hice. Mamá lloraba. Yo estaba nerviosa. Cuando vinieron los médicos, mamá estaba en shock total. No pudo ni decirles que papá tenía cáncer terminal. Cuando se los dije yo, ella decía que no, que no era cáncer. Parecía confundida. Los médicos me pidieron la epicrisis y fui a buscarla. Dejé sola a mamá un minuto. Un minuto de reloj exacto. Cuando volví con el papel estaba tirada en el sillón. Desmayada. Le había bajado la presión, pensaron. Le levantaron las piernas. No reaccionó. Pasaron al desfibrilador. Tampoco. Teníamos a papá muerto… y a mamá que la estaban intentando reanimar. Era una pesadilla. Salí corriendo desesperada hacia la cocina y metí la cabeza en el freezer porque no podía respirar. Mamá había muerto. No sabía qué hacer. Llamé a mi marido llorando y a la mejor amiga de mi mamá. ¡Entre la muerte de papá y la de mamá no pasaron más de 15 minutos!”.
No hubo autopsia. Se dictaminó que Marisa murió de un infarto masivo. Solana y Daniel quedaron huérfanos en cuarto de hora.
A Marisa, literalmente, se le rompió el corazón al saber que Eduardo se había ido.
“Al principio me enojé un poco porque sentí que mamá le había robado a papá el momento de su muerte. Fue horrible. También estuve enojada porque ella no hubiera querido seguir viviendo por nosotros y por sus cinco nietas. Me llevó un tiempo entender que la muerte de papá la detonó. Que no se la bancó. No pudo. Para nosotros, los hijos, fue un caos porque jamás habíamos hablado de esas cosas, no sabíamos qué hubieran querido ellos en esa situación, ni qué teníamos que hacer con los cuerpos”.
Marisa falleció a los 66 años; Eduardo, a los 68. Desde el aula mexicana hasta ser velados juntos en Buenos Aires, eternamente unidos.

El padre Eduardo que ofició la ceremonia de despedida fue el mismo que les celebró la renovación de votos.
Solana concluye: “Los admiré un montón por cómo se amaron. Se dejaban notitas de amor, se esperaban en todos lados, andaban siempre abrazados y de la mano, se besaban todo el tiempo. Papá le llevaba el desayuno a la cama y le hablaba con diminutivos. Para ellos, pasara lo que pasara, la vida era bella cuando estaban juntos. Sus mundos giraban alrededor de ese amor único. Eran una pareja indisoluble. Nosotros quedamos huérfanos de golpe, en un cuarto de hora. Fue muy fuerte. Tengo conmigo los diarios personales de mamá. Algún día me animaré a leerlos. Todavía no puedo, los extraño demasiado”.
Fuente: Infobae