El 24 de mayo de 2006, el cadáver de Rey Rivera fue hallado en una sala de conferencias en desuso del hotel Belvedere de Baltimore. Ocho días antes había desaparecido. Tenía 32 años, llevaba menos de un año casado y había alquilado una oficina para el fin de semana siguiente con la intención de concluir un proyecto editorial. El médico forense dictaminó que la causa del fallecimiento era “indeterminada”, mientras que la policía dio el caso por cerrado al considerarlo un suicidio.
Quienes conocían a Rivera nunca aceptaron esa doble conclusión. De acuerdo con su esposa Allison, quien fue la principal vocera de la familia en múltiples entrevistas, Rivera no tenía historial de enfermedades mentales ni había mostrado cambios repentinos de conducta. Por el contrario, ella aseguró que estaban planeando mudarse de regreso a Los Ángeles para que él pudiera dedicarse al guion cinematográfico.
Rivera se había instalado en Baltimore por pedido de su amigo de toda la vida, Porter Stansberry, director de The Rebound Report, un boletín de inversiones financieras editado por Agora, una casa editorial ubicada en el barrio de Mount Vernon. Allí trabajaba como editor, aunque diversas fuentes señalaron que no estaba conforme con el cargo: las acciones que recomendaba rara vez cumplían el “rebote” prometido a los lectores.

Además de su empleo, Rivera era entrenador asistente del equipo masculino de waterpolo de la Universidad Johns Hopkins. George Akopyan, quien fue su compañero durante dos temporadas en la secundaria Burroughs de Burbank, California, recordó que los jugadores se acercaban a él durante los descansos para escuchar sus acertadas indicaciones.
Rivera era de contextura grande, medía casi 1,95 metros y tenía un carácter extrovertido, lo que le permitió crear nuevos lazos en Baltimore en poco tiempo. Cuando desapareció, miembros del equipo de waterpolo de Johns Hopkins y vecinos de diversos círculos se sumaron activamente a la búsqueda.
Allison se hallaba fuera de la ciudad por trabajo, en Richmond, Virginia. En la casa estaba Claudia, una colega suya, quien fue la última persona que vio a Rivera con vida.

De acuerdo con el relato reconstruido por la escritora Mikita Brottman en su libro de investigación An Unexplained Death: The True Story of a Body at the Belvedere, Rivera estaba concentrado en una tarea cuando, cerca de las 16:00, sonó su celular. Respondió, dijo “Oh, mierda”, como si hubiera olvidado algo, y salió corriendo por la puerta trasera. Regresó rápidamente, tomó algo y volvió a salir. Antes de irse, dejó las luces y la computadora encendidas, un detalle que sorprendió a Claudia por ser inusual, lo que indicaba que no planeaba una ausencia larga. Se llevó las llaves, el celular, 20 dólares y una tarjeta de crédito. Nada más.
Esa llamada fue rastreada hasta su lugar de trabajo en Agora. Nunca se determinó quién la hizo ni qué dijo. De aquella desaparición misteriosa se cumplen 20 años.

El automóvil de Allison —que Rivera había usado esa tarde— apareció el 23 de mayo en un estacionamiento de Mount Vernon. Estaba estacionado en diagonal, como si el conductor hubiera llegado apurado y no hubiera querido perder tiempo en acomodarlo.
Al día siguiente, un excompañero de Agora que pasaba por el hotel Belvedere notó un agujero en el techo de la sala de conferencias del segundo piso. Dentro, la policía encontró el cuerpo en avanzado estado de descomposición de Rey Rivera. Habían transcurrido ocho días desde la última vez que alguien lo vio.
El agujero en el techo y la ubicación del cuerpo llevaron a las autoridades a concluir que Rivera había saltado desde el piso 14 del edificio. El análisis forense indicó que, para terminar donde terminó, no solo debió haber caído: debía haber tomado impulso con carrera.
Pero en el hueco del techo, intactas, estaban sus sandalias y su celular. Ninguno de los objetos presentaba daños.

El hotel Belvedere era, en 2006, un edificio de uso mixto: parte hotel, parte condominios, con un bar en la planta baja llamado Al Bar que Rivera solía frecuentar. Los periodistas de investigación Taya Graham y Stephen Janis, ambos de The Real News —un medio local especializado en reportajes profundos—, señalaron que el lugar tenía un flujo constante de personas, especialmente por la entrada principal, donde normalmente había personal de seguridad.
Las cámaras que vigilaban la escalera que conducía al techo habían sido borradas o no registraron nada útil aquella noche. La periodista Jayne Miller, reconocida comunicadora de Baltimore y parte del equipo de Unsolved Mysteries, confirmó que ningún testigo logró ubicar a Rivera en el interior del edificio antes del hallazgo.
Graham y Janis, en reportajes para The Real News, sugirieron la hipótesis de que Rivera pudo haber muerto en otro lugar y haber sido trasladado posteriormente a la sala de conferencias —accesible tanto desde la avenida Charles como desde el estacionamiento contiguo— y que el agujero en el techo se habría hecho después para simular una caída.
En la computadora de Rivera, los investigadores hallaron una nota manuscrita en letra pequeña, plastificada y pegada junto a la pantalla, acompañada por un cheque en blanco.

El texto empleaba un lenguaje dirigido a “hermanos y hermanas”, mencionando “un juego bien jugado”. Entre los nombres citados, aparecían personas fallecidas célebres como Christopher Reeve y Stanley Kubrick, además de personas del círculo íntimo de Rivera. El escrito pedía restar cinco años de vida a todos ellos —y a sí mismo— y comenzaba y culminaba con fórmulas propias de la liturgia masónica, claramente referidas por especialistas en el tema. El FBI analizó el documento y determinó que no era una carta de suicidio.
Un representante de una logia masónica de Maryland confirmó que Rivera había consultado cómo afiliarse a los Francmasones el mismo día de su desaparición. En las semanas previas, según las fuentes reunidas por el libro An Unexplained Death y las investigaciones de Unsolved Mysteries, Rivera había mostrado interés y leído textos sobre masonería, incluyendo el tratado clásico The Builders.
Porter Stansberry, el amigo y empleador que gestionó su llegada a Baltimore, evitó hablar con la policía durante la investigación. Diversos testigos interpretaron esa actitud como un modo de proteger a Agora de la posible mala publicidad, aunque ninguna prueba concreta estableció el vínculo de la empresa con la muerte de Rivera.

Un dato no incluido en el episodio de Unsolved Mysteries, pero revelado por Terry Dunn Meurer —creadora y directora del programa de culto true crime en Netflix— en el podcast You Can’t Make This Up, fue que cuando Allison fue a retirar la computadora de Rivera de la comisaría, el detective comentó que alguien había llamado en múltiples ocasiones para preguntar por el estado de los equipos y mostraba gran interés en recuperarlos.
La creadora lo describió así en el podcast:
“Cuando Allison fue a la comisaría a buscar la computadora de Rey, el detective le mencionó que alguien había llamado un par de veces preguntando por las computadoras y muy interesado en su estado. Allison manifestó preocupación por la situación”.
Nunca se identificó a esa persona.
Allison relató que en las semanas previas a la desaparición, notó un cambio en Rivera: estaba ansioso de una forma poco habitual. La alarma del hogar se activó en dos ocasiones a pesar de que no se detectaron intentos de ingreso, lo que inquietó al entorno al no haber explicación clara. A eso se sumó un episodio en el que un desconocido lo abordó en un parque y Rivera regresó alterado.
Rivera no reveló a Allison las razones de ese temor, ni se lo comentó a ningún familiar ni amigo, según documenta el libro An Unexplained Death.
En ese contexto, la llamada telefónica del 16 de mayo —la que provocó que saliera abruptamente de su casa— adquiere otra relevancia. Dunn Meurer lo resume así en el podcast:
“Alguien hizo esa llamada a Rey y nunca se presentó. Nos encantaría que esa persona se presentara y nos dijera de qué se trató”.

La muerte de Rey Rivera reúne una acumulación de elementos que ninguna teoría logra explicar de manera concluyente. La física del impacto apunta a una velocidad incompatible con una caída simple; las cámaras de seguridad… habían sido borradas o no registraron nada útil para esa noche; la ausencia de testigos; las sandalias intactas en el techo; la nota de mensaje masónico; el interés anónimo en las computadoras; y la llamada cuya autoría y contenido nunca se esclarecieron conforman un dossier que le permitió a la policía cerrar el caso como un suicidio.
El episodio de Unsolved Mysteries en Netflix, estrenado en 2020, llevó el caso a una audiencia masiva y se convirtió en uno de los más vistos de la plataforma en Estados Unidos. Esa nueva ola de atención generó denuncias y testimonios, pero ninguno fue suficiente para reabrir la investigación oficial.
El médico forense nunca cambió su veredicto: la causa de muerte fue declarada “indeterminada”. La policía nunca cambió el suyo: suicidio. Y la familia de Rivera nunca aceptó ninguno de los dos.
Fuente: Infobae