No hubo consuelo en el silencio. Juan apretó las muñecas, las marcas todavía visibles bajo la manga, mientras buscaba el número de un terapeuta. Nadie lo empujó. La decisión de pedir ayuda fue suya, sin aplausos ni testigos.
La orfandad y el peso de la ausencia
La infancia de Juan se partió en dos fechas: a los ocho años perdió a su madre por enfermedad; antes de cumplir los diez, la violencia de pandillas en El Salvador le arrebató a su padre. La casa se llenó de rutinas solitarias.
El sobrepensamiento se transformó en un enemigo cotidiano. Juan explica:
“últimamente lo más difícil es sobrepensar demasiado. No logro ordenar mis ideas, no me puedo concentrar”, según recoge Infobae.
Durante meses, la soledad fue la única constante. Pensó que vivir ya no era opción.
El malestar se agudizaba en los momentos de mayor ansiedad. Juan reconoce:
“Hay momentos que me encuentro… que me siento solo, que necesito la compañía de alguien, ya sea en este caso sentimental o de un amigo”.

El respaldo de sus dos hermanos es uno de los pocos lugares donde el peso mental se aligera.
“Cuando estoy con mis hermanos, el tiempo pasa largo, lo disfruto, se me olvida sobrepensar y me siento acompañado”.
La ansiedad traía preguntas sin respuesta: miedo a estar solo. Miedo a morir solo. Miedo al fracaso. Cada regreso a un espacio vacío aumentaba la sensación de cansancio mental y vacío.
El abismo y la decisión de buscar ayuda
Juan inició tratamiento psicológico, pero no fue inmediato. En los momentos críticos, la idea de hacerse daño apareció como única salida.
“Lo que hice y nadie me motivó fue, fue mi valentía, fue mi decisión buscar ayuda, porque si no lo hacía, creo que no estuviera aquí. Estuviera mal psicológicamente”.
La búsqueda de ayuda profesional llegó después de autolesionarse las muñecas. En ese fondo, la consulta con el terapeuta marcó el primer cambio concreto.
El dolor emocional lo llevaba a lastimarse:
“Sentía que, al hacerme daño, al herirme o cortarme las muñecas, era mi consuelo, era la forma de que yo me sentía bien”.
Hoy, relata, esa conducta quedó atrás.
La fuerza inesperada de una mascota
El equilibrio llegó a través de rutinas simples: caminar, hacer ejercicio, escuchar música, y la presencia de un pequeño gato.
“Ese gatito me ayudó bastante. Jugaba, lo mimaba y se me olvidaban mucho los problemas”.
Los pensamientos de autolesión disminuyeron.
“Hoy ya logro equilibrar esos pensamientos. Al principio sí tenía, esa necesidad de hacerme daño, porque como al ver de que no podía contarle esto a alguien de confianza… no me sentía escuchado”.

El rol del acompañamiento profesional y fraterno
El apoyo de sus hermanos y el diálogo con el psicólogo son ahora herramientas de desahogo.
“Puedo a veces contarle esto a alguien de confianza, pues puede ser a mi hermano. Puedo contarle esto a mi psicólogo. Me ayuda bastante porque me siento desahogado”.
Juan insiste en que la salida es posible:
“Que se pueda salir adelante. Primero antes que nada de la mano de Dios. Pedirle mucho a Dios. Luego la ayuda profesional”.
El tiempo compartido, la música y la cercanía con sus hermanos marcan el presente.
Fuente: Infobae