El pasado 28 de abril, durante el Digital Workplace Summit en Londres, la firma Gartner lanzó una cifra que pone incómodo a todo el sector tecnológico: para el año 2028, una empresa Fortune 500 promedio tendrá en funcionamiento más de 150.000 agentes de inteligencia artificial, frente a menos de 15 que operaban en 2025. Esto representa un crecimiento de más de diez mil veces en apenas tres años. Sin embargo, solo el 13% de las organizaciones considera que cuenta con la gobernanza adecuada para gestionar semejante volumen.
Esta proyección llegó justo cuando The Wall Street Journal reveló la otra cara de la moneda. Cowork, la plataforma de Anthropic que permite a cualquier empleado, sin conocimientos de programación, crear sus propios agentes de IA para automatizar tareas, se ha convertido en una de las herramientas que ha disparado este problema.
Empresas como Lyft, DaVita, GitLab, FICO y Magnum Ice Cream (dueña de Ben & Jerry’s) han reconocido abiertamente que han perdido el control sobre la cantidad de agentes que operan dentro de sus organizaciones.
Una promesa de libertad que se convirtió en un dolor de cabeza
Durante los últimos dos años, los proveedores de inteligencia artificial promocionaron una idea atractiva: cualquier trabajador, sin saber programar, podría crear sus propios agentes. Plataformas como Claude Cowork, de Anthropic, y herramientas de código abierto como OpenClaw (lanzada en noviembre de 2025 y con más de 100.000 estrellas en GitHub) hicieron realidad esa promesa.

El resultado no se hizo esperar. DaVita, la cadena estadounidense de diálisis renal, cuenta con más de 10.000 agentes creados por sus propios empleados, según declaró su director de tecnología, Madhu Narasimhan, al WSJ. Por su parte, FICO, la compañía detrás del puntaje crediticio más usado en Estados Unidos, suma decenas de agentes nuevos cada día entre sus 3.500 empleados. Mike Trkay, director de tecnología de FICO, lo describió sin filtros: se crean agentes “literalmente todos los días, y en casi cada nivel de la estructura jerárquica”.
Lo que se vendió como una democratización del acceso a la IA terminó convirtiéndose en un problema clásico para los departamentos de tecnología: nadie sabe con certeza cuántos agentes existen, dónde se ejecutan, a qué datos acceden ni cuánto cuestan.
Los costos ocultos ya empiezan a pasar factura
Michael Friedlander, director de tecnología para las Américas de Magnum Ice Cream, fue directo al grano:
“Va a haber tokens, después va a haber costo, y después terminás con: ¿cómo manejamos esto para que sea financieramente responsable?”
Cada vez que un agente trabaja, consume tokens, las unidades de cómputo por las que las empresas de inteligencia artificial cobran por cada operación. Esos tokens los paga la empresa. Y nadie midió ese gasto antes de la implementación masiva.
Para intentar controlar la situación, DaVita construyó una plataforma interna que permite recortar el cómputo de los agentes que rinden poco y aumentar el gasto en los que sí lo hacen. Esta es la admisión más clara de que el problema ya no es técnico, sino financiero.
La tecnología en la sombra, pero con esteroides
Hace quince años, los responsables de tecnología lidiaban con empleados que instalaban Dropbox sin permiso. La industria llamó a eso tecnología en la sombra: software que ingresa a la empresa sin control. Lo que ocurre ahora es esa misma tecnología en la sombra, pero potenciada: los agentes ejecutan acciones, se conectan con otros programas, acceden a bases de datos y toman decisiones a velocidad de máquina.
Microsoft, en su informe Cyber Pulse 2026, reveló que el 80% de las empresas Fortune 500 ya opera agentes activos, pero solo el 10% tiene una estrategia formal para gestionarlos. El reporte documenta casos concretos de compañías que descubrieron decenas de agentes autónomos corriendo en unidades de negocio que nunca los habían aprobado ni inventariado.

Max Goss, analista senior de Gartner que firmó el comunicado, advirtió contra la tentación de bloquear estas herramientas por la vía regulatoria. “Si los empleados no pueden trabajar con herramientas autorizadas, van a esquivar los controles de la organización y usar IA en la sombra, que presenta riesgos mucho mayores”, señaló en Londres, en referencia al uso de inteligencia artificial por fuera de los canales aprobados por la empresa.
Lo que se viene
Anthropic y los demás vendedores de plataformas de creación de agentes están en una posición incómoda: vendieron la facilidad de uso como ventaja competitiva, y esa misma facilidad es ahora el problema que sus clientes corporativos no saben cómo administrar.

La empresa ya anunció nuevas funciones para administradores de tecnología: control de gastos, analítica de uso, registros de auditoría y bibliotecas curadas de complementos. Sin embargo, llegan tarde a un fenómeno que ya está fuera de control.
La pregunta que realmente importa no es si las empresas tendrán 150.000 agentes en 2028. La pregunta es quién pagará la factura de los tokens, quién los auditará cuando algo salga mal y qué pasará cuando un agente con permisos de escritura borre una base de datos de producción, como ya ocurrió en Replit y quedó documentado en el Cyber Pulse de Microsoft.
La promesa de democratización ya cobró su costo: lo paga el departamento de tecnología, en silencio, mientras intenta inventariar lo que sus propios proveedores los empujaron a desplegar sin control.
Fuente: Infobae