El Partido: un viaje emotivo al 22 de junio de 1986 que revive a Maradona

Olavarría, junio de 1986. Cursaba tercer año de secundaria y el frío característico de la pampa bonaerense se hacía sentir. El Mundial marchaba bien para la selección argentina, y como en cada hogar del país, el domingo 22 los minutos previos al partido contra Inglaterra en el Estadio Azteca se hacían eternos. Tras el almuerzo, me instalé en el Renault 12 verde de mi padre, estacionado al sol frente a casa, para escuchar Radio Argentina. La voz de Víctor Hugo Morales, mi relator favorito, llenaba el habitáculo mientras yo hojeaba la sección deportiva de Clarín, el diario que comprábamos a diario durante aquel bendito mundial. A las 3 de la tarde, puntual, comenzó EL partido. El de la mano de Dios. El del mejor gol de la historia. Aquel que nos hizo sentir que, de algún modo, las Malvinas cobraban venganza.

Ese partido lo vimos mis padres y yo, frente a un televisor en blanco y negro, en la cocina de la casa ubicada en el predio de la Escuela Técnica Luciano Fortabat. Allí gritamos los dos goles —con mucha más efervescencia el segundo, por razones obvias—. Al terminar el encuentro, con el sufrimiento de los últimos minutos ya superado, el cielo comenzaba a oscurecer. Hacía frío, pero la felicidad nos envolvía. Faltaban dos partidos para ser campeones. El miércoles siguiente, antes del duelo con Bélgica, y el domingo 29 de junio, previo a la final contra Alemania, repetí el ritual con devoción: auto al sol, diario en mano, radio encendida y, a las 3 de la tarde, frente al televisor.

Así como el sabor de una magdalena mojada en té desata los recuerdos en Por el camino de Swann de Marcel Proust, todo aquello volvió a mí mientras veía el magnífico documental El Partido, escrito y dirigido por Juan Cabral y Santiago Franco. Presentado en el Festival de Cannes y con estreno previsto para el jueves 21 de mayo, la cinta se basa en el libro homónimo de Andrés Burgo, que también devoré con fruición cuando se publicó hace una década. La obra narra el antes, durante y después del choque entre Argentina e Inglaterra por los cuartos de final del Mundial de México 1986.

El Partido dura 91 minutos —replicando el tiempo de juego de aquel histórico encuentro— y reúne por primera vez a futbolistas argentinos e ingleses para reconstruir no solo el partido de 1986, sino también los procesos históricos que lo precedieron. Como narradores principales destacan Jorge Valdano y Gary Lineker, lúcidos y por encima de la media del futbolista promedio. A ellos se suman los testimonios de Ricardo Giusti, Julio Olarticoechea, Oscar Ruggeri, Peter Shilton y John Barnes. La puesta en escena los coloca frente a una pantalla que proyecta imágenes del partido, acentuando el efecto dramático de la revisión. Hay material inédito de los entrenadores Bobby Robson y Carlos Bilardo, el testimonio auditivo del árbitro tunecino Ali Bennaceur, y un vasto archivo de la época. La mirada abarca la tensión —casi ancestral— entre Argentina e Inglaterra (o más bien el imperio británico), que involucra las invasiones inglesas, el pacto Roca-Runciman, la deuda con Baring Brothers, los ferrocarriles, el fútbol, la carne, las Malvinas y, desde mediados del siglo XX, el fútbol mismo. Bien podría reformularse la frase de Clausewitz: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, para reemplazar “política” por “fútbol”.

El film, basado en el libro de Andrés Burgo, ofrece material inédito y testimonios de figuras como Valdano, Lineker, Shilton y Ruggeri

El documental estructura su relato en torno a la dimensión simbólica de un partido de cuartos de final mundialista, pero aborda este encuentro como un fenómeno que transciende lo deportivo y se inscribe en la política, la pasión, los conflictos históricos y la vida misma de dos naciones. Esos 91 minutos fueron, en sí mismos, un hecho histórico que reunió belleza, pasión, astucia, trampa y una dolorosa historia previa flotando en el aire del caluroso mediodía mexicano. El filme se remonta al desembarco inglés en las Islas Malvinas, la invención del fútbol, las rivalidades deportivas —incluido el episodio del Mundial de 1966 con la expulsión de Rattin en Wembley— y otros intercambios culturales, como la llegada de Queen a la Argentina en 1981, hasta alcanzar el conflicto bélico de 1982 y sus secuelas. Un repaso por los años previos de ambas selecciones, con cuerpos técnicos y planteles cuestionados, y los partidos anteriores en el Mundial de México, prepara el terreno para el desarrollo del partido en sí.

'El Partido' reúne a exfutbolistas argentinos e ingleses para reconstruir el memorable encuentro del mundial de fútbol de 1986

La propuesta de El Partido rehúye el análisis futbolístico-técnico y se centra en las reacciones y comentarios de los protagonistas, induciendo un encuentro entre los antiguos rivales. De estos intercambios surge el mensaje más valioso: narrar una historia marcada por tensiones, rivalidades y desconfianza para desembocar en un presente de respeto y admiración mutua. Sin spoiler, la escena final resulta muy gratificante —con Borges incluido—.

Y por sobre todo, ÉL. Sin quien esta historia no hubiera existido. Diego Maradona, “un marciano” según su hermano. El que dice al inicio del documental: “Es sólo fútbol, y punto”. Él sabía que no era así, que nunca es así. A lo largo de la película, su figura —incluso cuando no está presente— sobrevuela el relato, y considero un logro de los realizadores que ayude a las jóvenes generaciones a entender quién fue en su verdadera dimensión emocional. Antes de aquella tarde del 22 de junio de 1986 era un extraordinario futbolista (el mejor de todos los tiempos, opinión personal) y un ídolo popular; después de aquel día, pasó a ser una deidad. “Un dios sucio que se nos parece”, escribió Eduardo Galeano. Con sabiduría, el documental juega con el tiempo anterior y posterior, deteniéndose en detalles que cambiarían la historia. Dos de mis momentos favoritos: el gol que Diego no hizo en Wembley seis años antes (ay, también lo vi por tele y lo lamenté) y que, en aquel instante mágico, volvió a su mente para hacerle caso a su hermano y gambetear al arquero en lugar de buscar el segundo palo. Y también, lo que sabiamente se titula “la nuca de Dios”: cuando nos tenían contra un arco, John Barnes desbordó, tiró el centro, y Olarticoechea se tiró en palomita para sacar la pelota con la nuca de la línea de gol. Nunca lo vi en persona al Vasco, pero juro que siempre lo he pensado: algún día le diré “gracias, gracias por ese nucazo”. Nos salvó la vida.

22 de junio de 1986: Diego Maradona convierte el mejor gol de todos los tiempos (Foto: Action Images / Juha Tamminen)

Por supuesto, está desarrollado el mito de la frase que pasó a la historia. Si la “mano de Dios” fue una invención periodística o un rayo de inspiración creativa del protagonista, queda claro. Tampoco quiero spoilear aquí.

Volviendo a Diego. Está el relato de Víctor Hugo (que escuchábamos en vivo mientras veíamos el partido, porque en casa se bajaba el audio de la tele y se ponía la radio) y después, todo lo que vino hasta la fatídica tarde del 25 de noviembre de 2020 cuando se nos fue. Mientras veía las imágenes de El Partido —que tiene sentido porque él existió— se me cayeron unas lágrimas. Me pasa seguido cuando su recuerdo me viene. Me pasa con las memorias de la pasión por Boca que me une a él y también a mi viejo, a mi abuelo, a mi hermano, a mis sobrinos, a mis hijos y a mis amigos. Llevo una imagen de Diego Maradona con la camiseta azul y oro en la billetera como si fuera una estampita, y la he exhibido orgulloso en Londres, Río de Janeiro, Nueva York, Madrid y Doha. Siempre camina conmigo.

Cuando terminó la película y salí caminando al mundo exterior de una Buenos Aires soleada de otoño, mientras iba por Córdoba hacia Callao, volvieron a mí esas imágenes y, sobre todo, esas sensaciones de aquella tarde de junio de 1986: la radio, Víctor Hugo, el Renault 12, mis viejos tomando mate mientras mirábamos el partido, los goles, la alegría. El vértigo previo a ganar un mundial. Tenía 16 años, pasaron 40, ahora tengo 56. Ese instante mágico volvió a mí por una película. Parece poco relevante para una vida, siendo nada más que fútbol. Pero no es solamente fútbol, lo sabemos. Y El Partido, impecablemente relatado y con una bella realización audiovisual, nos lo hace sentir.

Fuente: Infobae

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