No data was found

El mago del Kremlin: una mirada al teatro del poder en la Rusia de Putin

La historia universal está colmada de personajes que operan en las sombras, esos ‘hombres detrás del hombre’ que controlan los engranajes del poder. La película El mago del Kremlin, bajo la dirección de Olivier Assayas, se presenta como una obra de ficción con fines artísticos, pero se nutre de la figura real de Vladislav Surkov, un influyente político y empresario ruso que fue un pilar del entorno del presidente Vladímir Putin hasta su sorpresiva destitución en 2020. Para muchos analistas, Surkov fue una eminencia gris, un verdadero gurú de la manipulación mediática y el control político.

En la pantalla, ese personaje cobra vida en Vadim Baranov, interpretado por Paul Dano. Se trata de un hombre de carácter afable, amante del arte y la literatura. El libreto, escrito por Assayas en colaboración con Emmanuel Carrère y basado en la novela de 2022 de Giuliano da Empoli, presenta a Baranov a través del periodista estadounidense y experto en Rusia Lawrence Rowland (Jeffrey Wright). Rowland ha publicado un artículo polémico titulado “Vadim Baranov y la invención de la democracia falsa” en la revista Foreign Affairs, lo que parece haber despertado el interés del propio Baranov. Durante una estadía en Moscú en 2019, Rowland mantiene una conversación en redes sociales con un interlocutor anónimo sobre la novela distópica Nosotros, escrita en 1924 por Yevgueni Zamiatin. Acepta una invitación para reunirse en una casa de campo, donde descubre que su misterioso contacto es el mismísimo Baranov.

A partir de ese encuentro, El mago del Kremlin adopta la estructura de una historia dentro de otra. Baranov guía a Rowland por su trayectoria vital, confirmándole algunos aciertos y corrigiéndole errores de su artículo. Sin embargo, la impresión que queda es la de un hombre que revisa su pasado en busca de una respuesta que ni él mismo logra formular.

El relato comienza en la década de 1990, en los días de estudiante de Baranov, cuando la “nueva Rusia” emergía tras el colapso soviético. Era una época de posibilidades infinitas, donde el dinero corría sin control. Baranov recuerda aquellos tiempos como una fiesta permanente, casi una orgía, donde no era raro ver a un hombre desnudo y encadenado siguiendo a una cantante punk. Siendo un joven vanguardista del teatro y luego director, Baranov compartía su vida con su novia Ksenia (Alicia Vikander). La entrada en escena de Dmitri Sidorov (Tom Sturridge), el excéntrico creador del primer banco privado ruso, transforma sus vidas de manera inicialmente deslumbrante y luego amarga.

Sin embargo, Baranov avanza y acepta producir programas de telerrealidad de bajo costo, momento en que la narrativa principal toma forma. La cinta retrata cómo Rusia transitó desde la efervescencia postsoviética hasta el auge de los oligarcas y la consolidación de Vladímir Putin (Jude Law, en una actuación inquietante) como presidente. Putin, un exagente del KGB, valora el poder por encima del dinero. Los oligarcas que lo eligen como sucesor de Borís Yeltsin se percatan demasiado tarde de que este hombre no será un títere. “Lo que me interesa es devolverle la integridad a la Federación Rusa”, le dice Putin a Baranov, frase que resume su objetivo de centralizar el poder.

Baranov, con su habilidad para fabricar narrativas, se convierte en una herramienta clave para Putin, y para entonces ha perdido gran parte de su idealismo. A medida que se vuelve nihilista, convencido de que la verdad es lo que él decida que sea, su país sigue ese mismo camino. Su formación en teatro y telerrealidad le resulta invaluable: demuestra ser un genio de la comunicación, capaz de moldear el teatro político no solo para reflejar la realidad, sino para inventarla. Es apodado “el nuevo Rasputín”.

Jude Law personifica a un inquietante Vladimir Putin

Como se deduce del elenco, la película no está hablada en ruso sino en inglés, lo que indica que está concebida para audiencias no rusas. Con una duración de 136 minutos, la cinta avanza a un ritmo ágil, lo que genera un efecto dramático particular: vemos la historia a través de los ojos de Baranov, y figuras como Putin, habituales en los titulares, adquieren un aire de personajes teatrales.

Esta simplificación, aunque pueda resultar excesiva para una persona real, resulta útil para comprender sus motivaciones. En el cine, los personajes tienen roles, rasgos psicológicos y motivos que guían sus actos. En esta versión ficticia de un autoritario, la fuerza motriz no es el dinero, como en los oligarcas, sino el deseo de poder. Proyectar una imagen de fuerza es parte de esa ambición, y la propaganda es el vehículo para alcanzarla.

Esta perspectiva es valiosa para entender a líderes alrededor del mundo, y Baranov es el canal perfecto: alguien que conoce íntimamente la facilidad con que las mentes humanas pueden ser influenciadas y moldeadas. Esa mirada detrás del telón es el mayor acierto de El mago del Kremlin y, a la vez, su aspecto más inquietante: la idea de que, en una era donde la verdad puede fabricarse, quienes la fabrican controlan gran parte de la realidad. Sin embargo, incluso ellos pueden ser desechados cuando dejan de ser útiles. Al final, la pregunta que queda es: ¿valió la pena tanta magia?

Fuente: Infobae

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
Twitter

FACEBOOK

TWITTER