No data was found

Bullying escolar dejó secuelas: a los 33 años pudo viajar solo en bus

En Bowen, una localidad mendocina del departamento de General Alvear que hace 34 años albergaba a menos de seis mil personas, todos se conocían. La ausencia de anonimato podía resultar implacable. Para Iván Nesteruk, la tranquilidad solo llegaba dentro de su casa. «Era mi respiro del día cuando llegaba mamá y nos poníamos con mi hermana a ver la tele, a jugar a algo», recuerda. Lo que no era un respiro, era un sufrimiento constante que ocurría fuera del hogar. Sin embargo, en ese refugio familiar, Iván optó por callar. No quería que sus problemas perturbaran la paz que experimentaba al estar puertas adentro. La historia que tiene para contar es la del bullying, pero también la de sus consecuencias a largo plazo.

Encerrarse en sí mismo, evitar la controversia y rehuir cualquier conflicto fueron mecanismos que, con el paso de los años, detonaron. Lo comprendió con la crudeza de una revelación cuando su psicóloga, durante un ejercicio de memoria, le preguntó: «¿Te das cuenta de que esto es lo mismo que te está pasando ahora pero en otra situación?«. Entonces vinculó su trastorno de ansiedad generalizada y sus crisis de pánico con la raíz del acoso, la intimidación y las agresiones verbales y no verbales que soportó en su infancia y adolescencia.

Hoy enfrenta un proceso de transformación. La principal diferencia es que ahora se muestra y visibiliza su lucha. En una entrevista, con el micrófono y las luces de estudio apuntándole, declaró: «No me quedo en el ‘sufrí bullying’: sufrí bullying y acá estoy. Tengo trastornos de ansiedad generalizada. Tengo ataques de pánico. Me pongo re nervioso ahora. Pero estoy acá. Estoy plantado. Se puede seguir». Esa es su principal enseñanza. Escribió un libro autobiográfico titulado No soy el ansioso, en el que narra «el miedo, los síntomas, las preguntas sin respuesta y el lento aprendizaje de separarse de una etiqueta que parecía definirlo todo», según sus propias palabras.

Todo comenzó en la década de los ochenta, en ese pequeño pueblo mendocino. «Tengo recuerdos de una primera infancia linda, antes de entrar a la escuela primaria -aclara-. Los pocos recuerdos o lo que sacás de fotos o anécdotas son lindos. Muy acompañado y siempre muy pegado a mi hermana, que hoy también está acá conmigo. Es más, cuando busco fotos me es difícil encontrar una foto solo, siempre está ella al lado. Y eso habla mucho de ella. Recuerdos agradables con mi familia que se empiezan a opacar un poco cuando entro a la escuela primaria«.

Los años de acoso escolar

—¿Qué pasa cuando empezás la primaria?

—Cuando empiezo la primaria empieza la época más dura de sufrir bullying desde primer grado hasta séptimo. Después para pasar a una escuela, pasé a una escuela secundaria, que allá es de octavo y después tenés el Polimodal. Yo pensé «paso a la secundaria y me libero», pero se transformó el bullying en las formas. Fue toda una infancia y una adolescencia marcada por el bullying.

—¿Desde primer grado?

—Desde primer grado. Empezó siendo el bullying por mi físico, por mi tono de voz, por mi espalda, tengo problemas de curvatura de espalda, mis orejas, mi voz, hasta la ropa que usaba, porque tenía muy buen desempeño académico, entonces eso también era motivo de bullying. Un bullying que llamamos hoy, ¿no? Hace 20 años ni siquiera usábamos la palabra bullying.

—¿El bullying era verbal o pasaba a lo físico?

—El bullying era constante verbal pero pasaba a lo físico, a empujones, y llega a dos situaciones que fueron las que más me marcaron a mí: empujándome y pegándome me llevan y me encierran en un baño, me dejan encerrado ahí hasta que alguien entra y abre. No obstante yo hablo con la maestra ahí. Vas y le contás a la maestra lo que te pasó. La consecuencia fue que volvieran a hacerlo. No teníamos palabras para nombrar esto como bullying. Creo que también los docentes en esa época no tenían muchas herramientas. Pero tampoco justificó lo que pasaba.

—¿Ese episodio que duele tanto te acordás en qué grado sucedió?

—Sí, fue en sexto grado. Un año antes de terminar la primaria.

—¿Dónde te encerraron?

—En el baño de varones. Eran baños de una escuela pública que no estaban en las mejores condiciones, entonces tirado en el piso ya sabrás en las condiciones que estaba ese baño. Y lo peor de todo eso era que yo sabía que salía de ahí, me limpiaba un poco y me iba a sentar al aula…

—¿Te habían pegado ese día?

—Sí, sí, sí. Hasta encerrarme.

La violencia verbal fue una constante. «Lo otro eran episodios más aislados. Pero la violencia verbal, que en ese momento era un chiste, era una jodita, era un juego del chico, a mí me terminó marcando en mi juventud», relata.

El silencio como mecanismo de supervivencia

Iván nunca compartió su sufrimiento en casa. «Yo creo que nunca conté nada porque nosotros íbamos a la escuela al turno tarde, salíamos a las seis de la tarde. Mis papás siempre trabajaron doble jornada, doble turno. Y mi mamá llegaba de trabajar a las ocho, ocho y media y era mi tiempo de ser feliz. Con 8, 9, 10 años, mi mamá llega recontra cansada del laburo, mi papá también, yo no voy a estar trayendo otro problema más. Era mi respiro del día cuando llegaba mamá y nos poníamos con mi hermana a ver la tele, a jugar a algo. En ese momento no demostraba nada. Siempre lo callé», confiesa.

Iván Nesteruk:

Su hermana, que asistía al mismo colegio, se enteró de lo sucedido apenas hace dos años. Sus padres conocieron la historia a través del libro que publicó este año. «La única vez que yo intenté hablar fue peor lo que me pasó, entonces yo dije ‘no es este el camino evidentemente'», recuerda. Tras quejarse con una maestra, la represalia fue mayor: lo volvieron a encerrar y a golpear en el mismo baño.

Las burlas se centraban en su aspecto físico, su voz, su ropa e incluso sus intereses. Recuerda una anécdota de séptimo grado cuando llevó unas zapatillas de la marca que se popularizó por la novela Floricienta. Fue objeto de burlas hasta que, un mes después, todos los demás alumnos comenzaron a usar el mismo modelo.

A pesar de todo, Iván destaca que nunca intentó cambiar quién era. «Había cuestiones que no las podía cambiar y cuestiones de personalidad dije no las voy a cambiar», afirma. Pero el costo fue alto: terminó creyéndose que merecía el maltrato. «Eso creo que es lo más duro de pasar por esa etapa», añade.

Los primeros síntomas físicos y el paso a la secundaria

El cuerpo comenzó a dar señales de alarma desde la primaria. Iván sufría fuertes dolores de estómago que lo doblaban. Los médicos le realizaron múltiples estudios sin encontrar ninguna causa física y solo le recomendaron una dieta. «Ahora pienso que puede ser que mi cuerpo estaba tratando de decirme algo que la boca no decía», reflexiona.

En la secundaria, la situación se agravó. El acoso se volvió exclusivamente verbal, pero más cruel, centrándose en su rendimiento académico. Llegó a recibir amenazas graves: un compañero dijo textualmente «a estos dos hay que acuchillarlos» al pasar junto a él y otro estudiante. En ese momento, no dimensionaron la gravedad de la amenaza y no la reportaron a nadie.

La rutina antes de ir a la escuela se volvió sistemática: comer, ir al baño, vomitar e ir al colegio. «Limpiarme las lágrimas, que nadie sepa que yo había vomitado e ir a la escuela. Esa era mi rutina del día a día», relata. En casa, la situación familiar era compleja: su madre atravesaba un cáncer de mama y había perdido su trabajo. Iván sentía que no podía añadir más problemas a los que ya existían.

Iván Nesteruk:

La fuga a San Luis y el primer ataque de pánico

Al terminar la secundaria, Iván se mudó a San Luis para estudiar Licenciatura en Bioquímica. Allí experimentó un alivio momentáneo al comenzar de cero, sin que nadie lo conociera. «Me pasa mucho en el día a día que mi cuerpo habla no cuando está en el pico de lo heavy, cuando relaja es cuando habla», explica. Fue entonces cuando sufrió su primer ataque de pánico, a los 22 años.

«El primero lo recuerdo muy claramente porque fue volver de la Facultad y acostarme y yo sentir una presión en el pecho terrible, palpitaciones, sudoración en las manos. Me temblaba todo el cuerpo, no sentía las manos y los pies. Y la idea era que me estoy muriendo. Estaba clarísimo, me estaba dando un infarto«, recuerda. Al estar solo en su departamento, salió a caminar sin rumbo. Al regresar, llamó a su madre y regresó a Mendoza para realizarse chequeos médicos que resultaron normales.

Un sábado, tras un segundo ataque, su madre lo llevó al médico de urgencia. Fue allí donde el doctor le hizo una pregunta que le cambió la vida: «¿Tenés miedo?«. Iván no pudo responder y rompió en llanto. Fue derivado a un psiquiatra y, tras varios meses de evaluación, recibió el diagnóstico de trastorno de ansiedad generalizada y crisis de pánico.

—¿Qué es el trastorno de ansiedad generalizada?

—Es genial lo que me preguntás porque a mí también cuando me diagnostican digo ‘¿qué es esto?’. Me gusta aclarar que la ansiedad es una emoción normal, como la tristeza. Lo tenemos todos y no va a desaparecer. El trastorno de ansiedad generalizada es cuando hay una preocupación que es constante, no se va, por situaciones que son completamente normales, donde no hay ningún peligro, y que te impide o que te limita las cosas que hacés en la vida. Cuando te empieza a limitar ya hablamos de que es un trastorno.

Las limitaciones cotidianas de la ansiedad

El trastorno lo llevó a aislarse socialmente. «Empecé a quedarme solo, a no juntarme con gente, porque yo pensaba: me invitaban a algún lado, ¿en qué momento voy a hablar? ¿Voy a hablar? ¿No voy a hablar? ¿Les irá a caer bien lo que voy a decir? ¿No les irá a caer bien? ¿Cómo voy vestido? Todos los finales de esos pensamientos son los peores», describe. Incluso tareas simples como viajar en colectivo se volvieron una odisea. Durante sus prácticas profesionales, necesitó que una amiga lo acompañara durante tres semanas para familiarizarse con el recorrido. Recién el año pasado, a los 33 años, logró viajar solo en colectivo a Potrero de los Funes, un trayecto de apenas quince minutos desde San Luis.

«Es tan agotador vivir así porque es por todo. Es por todo», sentencia. El miedo se centra en lo que no se puede controlar. Incluso para la entrevista, pasó la noche anterior imaginando posibles preguntas. «Hoy tengo muchas más herramientas que antes para cuando vienen esos pensamientos que son intrusivos poder bajarlos. Y para poder estar sentado y acá. Hace dos años esto era inimaginable para mí», asegura.

Iván Nesteruk escribió

El momento más oscuro y el clic para escribir

El punto más bajo llegó a principios de este año, antes de la publicación del libro. Los ataques de pánico se volvieron recurrentes, llegando a tener tres por semana. «Terminaba yo destruido no solo mentalmente, emocionalmente, físicamente», confiesa. A pedido de su familia y médicos, renunció a su trabajo. Su padre, con quien tenía una relación distante, le dijo: «Si vos me querés hacer feliz, renunciá a ese trabajo y vení a estar con nosotros».

Fue durante un ataque de pánico en su oficina, estando solo en el primer piso, cuando encontró una salida. Con hojas y una lapicera, escribió todo lo que le estaba sucediendo. Luego, su compañero Horacio lo ayudó a calmarse y le sugirió convertir esa experiencia en un libro. «Ahí fue cuando yo hice el clic: estuve mucho tiempo solo y mi refugio siempre fue la escritura. Entonces tal vez hay otro Iván ahí afuera que está necesitando sentir que… Abajo del título dice ‘no te doy una solución, yo te ofrezco mi historia'», relata.

El vínculo entre el trauma infantil y los trastornos actuales lo hizo explícito su nueva psicóloga. «Ella me va vinculando, me dice ‘¿te das cuenta de que esto es lo mismo que te está pasando ahora, pero en otra situación?’. Tu forma de actuar ante esa situación es lo mismo, es el evitar, el no exponerme porque el estar escondido era menos posibilidades de que algo me haga mal», explica. Esto se manifestaba en su vida adulta con un aislamiento extremo: no hablaba con nadie desde el viernes al lunes.

Iván Nesteruk con Tatiana Schapiro en Infobae.

Un mensaje de superación: «No soy el ansioso»

El título del libro, No soy el ansioso, fue cuidadosamente elegido. «Una patología no nos define, ya sea de salud mental, ya sea física, ya sea cualquier limitación que tengamos, no nos define«, afirma Iván. «Cuando terminé de escribir ese libro, que fue juntando todo lo que había escrito durante muchos años, me di cuenta de que yo no soy solo eso. Yo soy mucho más. Iván es mucho más que un trastorno de ansiedad y que una crisis de pánico», agrega.

Los mensajes de apoyo que recibe le reafirman su propósito. Madres le escriben diciendo que sus hijos pudieron hablar gracias a su libro. «En la mesa de casa pudimos hablar de este tema», le cuentan. Esto lo motiva a seguir compartiendo su historia.

Consultado sobre qué les diría a quienes lo acosaron, Iván responde sin rencor: «Yo no los culpo. Tampoco los justifico, pero creo que son personas que la están pasando muy mal, muy mal. Y que necesitan en ese actuar elevarse, sentirse seguros, sentir lo que no sienten en casa. Entonces yo nunca los culpé. Nunca hablo de victimarios, siempre hablo de la persona que hace bullying y de la víctima».

Hoy asegura ser feliz. «Hoy es un momento feliz para mí. El poder compartir este viaje con mi hermana para mí… Vengo de una semana con una actividad muy feliz en una escuela de teatro donde me invitaron a hablar con los chicos adolescentes y lo marqué como una de las experiencias más lindas de mi vida porque se abrieron a hablar. Hoy estoy contenido por mi familia. Hoy estoy haciendo un proceso de cambio. Y el poder ayudar a otros desde mi historia, hace que eso que yo pasé hoy cobre sentido», concluye. Y repite su lema: «Sufrí bullying y acá estoy. Tengo trastornos de ansiedad generalizada. Tengo ataques de pánico. Me pongo re nervioso ahora acá. Pero estoy acá. Estoy plantado. Se puede seguir».

Fuente: Infobae

COMPARTIR ESTA NOTICIA

Facebook
Twitter

FACEBOOK

TWITTER