Los Simpson se mantienen como una de las series más influyentes y mencionadas de la historia de la televisión. Desde su estreno en 1989 por la cadena FOX, la familia de Springfield cruzó fronteras y generaciones, instalándose como un ícono imborrable de la cultura popular. Sus episodios y personajes forman parte del habla diaria, y profesionales de todo tipo han acudido a ella para explicar fenómenos sociales, todo envuelto en un humor absurdo y sagaz.
Durante los años 90, Los Simpson dominaron su franja horaria como el programa más visto. Críticos y seguidores coinciden en señalar que su era dorada abarca desde la temporada 1 hasta la 12, es decir, de 1989 a 2001. En ese período se produjeron los episodios más memorables, aparecieron personajes secundarios que aún perduran en la memoria colectiva —Gordo Tony, el doctor Nick Riviera, Snake— y se gestó una densidad de humor que mezclaba la comedia física, las referencias literarias y el comentario político sin perder el equilibrio.
Esa etapa también fue la del guionista John Swartzwelder, quien escribió 59 capítulos, un récord absoluto dentro de la serie. En una entrevista publicada en 2021 por The New Yorker, Swartzwelder reveló los métodos poco ortodoxos que él y su equipo utilizaron para dar forma a uno de los momentos cumbre de la animación televisiva.
Un equipo fuera de lo común: el casting que lo cambió todo
La base creativa de aquella época se apoyó en un principio de selección de personal muy particular, según detalló Swartzwelder en la misma entrevista: el productor Sam Simon armó la sala de guionistas buscando personas “muy buenas en sus trabajos, pero que no pudieran encontrar empleo en otro sitio”. Esta fórmula, en apariencia contradictoria, logró reunir a talentos excéntricos con poca empleabilidad en la televisión tradicional y, precisamente por eso, sin incentivos para moderar sus ideas.
Un acuerdo clave protegía la voz del equipo: el pacto que el productor ejecutivo Jim Brooks firmó con FOX impedía que los ejecutivos de la cadena recibieran copias previas de los guiones o asistieran a las lecturas iniciales. “Todo lo que teníamos que hacer era complacernos a nosotros mismos”, afirmó Swartzwelder.
“Esa es una forma muy peligrosa de llevar una serie, dejando a los artistas a cargo del arte, pero funcionó realmente bien al final. Hizo que lloviese un montón de dinero sobre FOX durante 30 años”. — John Swartzwelder.
Esa libertad también marcó el criterio de escritura. No existía un público objetivo definido. “No escribimos para niños o adultos. Solamente intentamos hacernos reír mutuamente, a los guionistas de comedia. Ese era nuestro público. Afortunadamente, a un montón de gente, tanto niños como adultos, le gustaron las mismas bromas que a nosotros”, explicó el guionista.

Ocho meses y siete revisiones: así nacía un episodio
De acuerdo con Swartzwelder, el proceso de producción era un sistema de depuración por acumulación. Un guionista recibía el encargo de una historia —normalmente propia— y pasaba dos días en la sala colectiva para enriquecerla con bromas y tramas adicionales. Luego elaboraba un resumen, regresaba a la sala, redactaba un primer borrador, volvía a reescribir tras la lectura, después de la primera proyección de la animática, durante la grabación de voces y, finalmente, al recibir la animación desde Corea. “Si una broma sobrevivía a todo eso, probablemente es bastante buena”, señaló.
El ciclo completo de un episodio tomaba entre 6 y 8 meses, con varios capítulos en distintas etapas de producción al mismo tiempo. “Siempre reaccionaba con gran consternación, rabia e incluso horror cuando se cortaba una de mis bromas. Los otros guionistas eran más maduros al respecto y mira para lo que les sirvió”, reconoció Swartzwelder sobre cómo sus guiones lograban conservar más bromas que los de sus colegas.
En cuanto al primer borrador, el guionista aplicaba un truco contra el bloqueo creativo: escribía el guion completo de principio a fin en un solo día, sin detenerse en la calidad, usando diálogos de relleno como: “Homero, no quiero que hagas esto” / “Entonces no lo haré”. “Después de levantarme al día siguiente, el guion está escrito, es terrible, pero es un guion”, relató.
“Es como si un pequeño y cutre elfo se hubiese metido en mi oficina para hacer malamente por mí todo el trabajo para luego irse dando un toque en su sombrero cutre. Todo lo que tengo que hacer desde ese punto es arreglarlo”. — John Swartzwelder.
La lógica es clara: escribir es difícil, reescribir es manejable, y convertir la reescritura en la tarea principal elimina la parálisis del folio en blanco.

Finalmente, el guionista también dio pistas sobre cómo debían escribir a Homero Simpson. La clave la planteó el exshowrunner Mike Reiss, quien describió al personaje ante NPR como un “perro grande”. Esa teoría fue confirmada y ampliada por el propio Swartzwelder en su diálogo con The New Yorker.
“Sí, es un perrazo parlante. Un momento es el hombre más triste del mundo, porque ha perdido su trabajo, se le ha caído un sándwich o ha matado accidentalmente a su familia, y al siguiente momento es el hombre más feliz del mundo porque acaba de encontrar un centavo, quizá debajo de uno de sus familiares muertos. No es realmente un perro, por supuesto, es más listo que eso, pero si lo escribes como un perro, nunca lo harás mal”. — John Swartzwelder.
Fuente: Infobae