En el corazón de la Ciudad de México, donde las capas de la historia se acumulan bajo cada piedra, ha surgido un espacio que combina el placer del chocolate con el escalofrío del pasado prehispánico. Se trata del Museo del Cacao y el Chocolate, una edificación que integra una casa del siglo XVII con un ala contemporánea, todo ello asentado sobre un macabro vestigio azteca: el Huei Tzompantli, un altar de cráneos humanos.
El arquitecto Javier Sánchez, al frente del estudio JSa, explicó que preservar estructuras históricas en el centro de la capital es una labor titánica y llena de complejidades. Sin embargo, el factor que lo impulsó a rehabilitar una casa del siglo XVII, ubicada a pasos del Zócalo, fue precisamente el cacao. “El cacao ofrece una conexión entre el pasado y el presente”, afirmó Agustín Otegui, cuya familia encomendó el proyecto en 2013. El grano, utilizado por mayas y aztecas, representa —según Otegui en una entrevista en video— un vínculo con la historia que sigue vigente en la actualidad.
La tarea no fue sencilla. El estudio JSa ya conocía los desafíos del centro histórico, pues había diseñado una ampliación del Centro Cultural de España, donde se descubrieron ruinas de una escuela prehispánica. En esta ocasión, los arquitectos sospechaban que bajo el edificio del siglo XVII yacía otra estructura antigua. La inclinación del inmueble, explicó la socia de JSa, Aisha Ballesteros, era la pista clave. Mientras muchos edificios de la ciudad se hunden por el lecho lacustre, el ángulo particular de esta casa sugería que algo la apuntalaba desde abajo. Y así fue: el gobierno mexicano calificó el hallazgo como uno de los más relevantes del país: una sección del Huei Tzompantli, un estante de madera que exhibe más de 650 cráneos humanos, datado del siglo XV y vinculado a los reyes aztecas Itzcóatl, Ahuízotl y Moctezuma Ilhuicamina.
Tras el descubrimiento, se inició un proceso de 11 años para excavar y estabilizar el tzompantli bajo tierra, mientras se trabajaba simultáneamente en el edificio colonial. Además, los arquitectos diseñaron una ampliación de cinco plantas, una de las pocas estructuras contemporáneas erigidas en el casco histórico en las últimas dos décadas, para llenar el espacio vacío detrás de la construcción del siglo XVII. “Nos enfrentábamos a tres historias importantes: la nuestra, la prehispánica y la colonial. Era crucial recordar que solo somos una pequeña parte de esta línea de tiempo de 500 años”, señaló Ballesteros.
El diseño se enfocó en mostrar de manera segura el antiguo estante de cráneos y realzar la arquitectura colonial, mientras que el nuevo edificio se concibió como un elemento discreto para programas adicionales del museo. Para estabilizar la estructura colonial, los constructores hundieron pilotes de 30 metros de profundidad, creando una base sólida. El nuevo volumen se revistió con travertino local color arena, un guiño a la piedra volcánica predominante en el centro histórico, logrando una presencia sutil entre los espacios más antiguos.
Ambas edificaciones del museo se acercan pero nunca se tocan. “Separamos el edificio nuevo para que se pudieran ver los muros históricos, además de por requisitos sísmicos”, detalló Ballesteros. En varios puntos, los ángulos rectos del añadido contemporáneo resaltan la inclinación de la casa colonial, generando “un juego entre lo viejo y lo nuevo, lo oblicuo y lo recto”.
Entre ambos inmuebles se extiende un patio donde los visitantes pueden disfrutar de una bebida en la cacaotería, una tienda de chocolate y café en la planta baja, y observar a los chefs preparando chocolate en la cocina contigua. Un pasillo al aire libre, iluminado con lámparas de cobre martillado a mano, conduce a un patio arbolado con asientos. Quienes adquieran boleto podrán acceder a las exposiciones en el segundo nivel, que narran la historia del cacao desde sus orígenes mayas hasta el chocolate moderno. El recorrido alterna entre interiores y terrazas, ofreciendo múltiples perspectivas de la arquitectura.
En la azotea, JSa diseñó el restaurante Charco, desde donde se contemplan el Palacio Nacional, el Templo Mayor, la Catedral Metropolitana y la Torre Latinoamericana. En cada rincón del museo se aprecia el tejido arquitectónico en capas que conforma el pasado y el presente de la ciudad. “El proyecto muestra la riqueza patrimonial de México sin restar importancia a nuestra herencia contemporánea”, concluyó Sánchez. “Es posible recuperar nuestra historia y, al mismo tiempo, permitir que nuestra ciudad viva”.
Fuente: Infobae